Un análisis sobre la vigencia de Rivera y el país que nos negamos a mirar

 - Los Therians y La Vorágine: cuando el verdugo ya no es extranjero, sino colombiano

Alguien algún día mencionó el paso de un poeta por la ciudad. Un vecino bolsiverde expresó: “¿Poeta? Poeta el de mi tierra. Don Fulano no podía hablar de otra manera que no fuera en verso decasílabo, endecadasílabo o alejandrino de rima consonante sin errores de métrica”.

Así pensaban y hablaban muchos colombianos herederos de los grandes poetas del siglo de oro: Garcilaso de la Vega (petrarquismo), Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz (misticismo), los barrocos Lope de Vega y Luis de Góngora (culteranismo); Tirso de Molina y Francisco de Quevedo (conceptismo). El “Siglo de Oro” dura más de un siglo y va desde 1492 hasta la muerte del último de sus poetas: Pedro Calderón de la Barca, en 1681.

En la época de José Eustasio Rivera Salas (comienzos del siglo XX) los viejos eran cultos, los herederos del último rescoldo de ese pensamiento ilustrado propio de la revolución independentista; esta fue su literatura y la de los próceres; muchos ya hacían sonetos y hablaban en verso solo por costumbre: los declamaban para amenizar las fiestas familiares, estaban presentes en los aniversarios, matrimonios, bautismos y hasta para agasajar quinceañeras. Ahora, Rivera como heredero de ese siglo XIX, bisnieto de Francisco de Paula Salas Vargas, hermano carnal del prócer nacido en Neiva, don Benito Salas Vargas (ancestro del otro gran sonetista grantolimense de su época, don Joaquín García Borrero), hizo decenas de ellos, todos de mi mayor gusto por su sabor místico y auténtico (casi inexplicable en un poeta nacido en la bélica cuna del batallón Neiva; normalista y abogado estudiado en Bogotá e internado en la selva del Casanare de comienzos de siglo), nutridos estos de algunas características que lograron su cometido universal: profundos, sugerentes, adelantados a su tiempo como poemas arraigados, capaces de nombrar la selva y también telúricos (ver "Tierra de Promisión"). Luego aparece su obra "La Vorágine" a manera de denuncia sobre el problema del abuso de los derechos humanos en las caucheras que beneficiaban a la infame Casa Arana y sus socios como la Ford.

La importancia de ambas obras se ha diluido porque ya nadie hace sonetos en Colombia ni lee los poetas del siglo de Oro; y esa denuncia que es La Vorágine parece que perdiera vigencia porque a nadie le preocupa la explotación que ya no hacen las multinacionales sobre los indios de las caucheras, sino las mismas guerrillas nacionales (de izquierda y derecha) atravesadas por el narcotráfico, esclavizando indígenas y campesinos para “raspar” la coca; como morir por balas del Ejército y de otros carteles en sus primeras filas; y mientras el Gobierno habla del alza del salario mínimo, el 56% de los colombianos trabajadores no recibe ni siquiera un mínimo: esa es la discusión que debería tener un nuevo Rivera y una nueva “Vorágine” en el país.

Un siglo de la segunda edición de La Vorágine

Al evaluar su nivel literario, es posible sostener que, si bien La Vorágine posee una fuerza narrativa trepidante, quizás no alcance las cimas de universalidad estructural de obras contemporáneas como Ulises(1922) ni el despliegue humanista de otras anteriores a ella como “Los Miserables” (1862). Eso dificulta que se lea por su valor literario y que hoy busque sobrevivir a través del comic y de series de Netflix (que en mi opinión no ha sido tan buena debido a problemas guionísticos, actorales y de adaptación). Quizás ese José Eustasio Rivera hoy solo sobreviva en el mundo onírico de Calderón de la Barca: del sueño dentro de un sueño, pues los sonetistas y valientes escritores, parecen estar en peligro de extinción.

Dejo hoy con ustedes, en esta columna muy atípica, un soneto escrito por mi pluma para pensar por un rato en algo diferente al odio que nos embarga a los colombianos que preferimos estar bravos con el otro que llorando; a la euforia que invade las casas de los constituyentes primarios para evitar lidiar con cualquier atisbo de duda existencial; a las esposas tristes con tiroides mal tratadas; a los maridos deprimidos de sueldos sin aumento; a la anhedonia del sabio que se esconde en tiempos de ‘therians’, que se creen jaguares y tigres y cacarean como palomas, pero que en verdad son avechuchos, roedores e insectos dentro de la fábula de un Protoestado (pues estamos gobernados por protozoos):

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SONETO

Muda escala rítmica, Tu orquesta se ha dormido
un lago de cristal en invierno lo silencia
y tras el Anand sacro por su dicha ya extinguido
despierta un dolor hondo, de milenaria herencia.

Busca entre la hoguera la raíz de su amargura
es una sed de siglos que en el fuego se encona
mientras la Luz se apaga y en lueñe noche oscura
la pálida existencia su vacío corona.

¡Oh, visión del abismo! La vida, ya nublada
se asoma al precipicio por su sorda huesa de hielo
ya no queda el orgullo de la vieja jornada

ni el oro de la tarde, con el alma encontrada
¡Solo queda el entierro de un sol que fue de cielo
en la estéril memoria de una lanza olvidada!

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