Los secretos que guarda el sepulturero de La Macarena

Don Jesús Hernández enterró más de 400 cadáveres, la mayoría de guerrilleros, que botaba el Ejército en bolsas y que ahora la Fiscalía se propone identificar

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marzo 10, 2016
Los secretos que guarda el sepulturero de La Macarena

Jesús Antonio Hernández sepultó solo y en silencio centenares de cadáveres que entre 2002 y 2008 llevó el Ejército en helicópteros, a cualquier hora, en bolsas negras, sin identidad, para que él los inhumara en el cementerio La Macarena, en Meta. El sepulturero –de sombrero de paja y 60 años de edad– concentró las tumbas de los llamados N.N. en un sector y a falta de datos de identidad relacionó cada tumba con el número de la necropsia correspondiente al occiso. Ese ingenioso registro y la sepultura misma fue lo único que tuvieron tantos cadáveres anónimos antes de desaparecer de la faz de la tierra. Y mientras que las troneras con muertos huérfanos crecían, por las calles y veredas del país cada vez más vivos deambulan llorando la desaparición de sus familiares ausentes, temiendo pensamientos de muerte. Ahora, para amainar la pena de los vivos, Hernández ayuda a remover la tierra con que ayer abrigó a los muertos.

Junto a un equipo de antropólogos forenses, fotógrafos legistas, topógrafos, auxiliares de campo y fiscales, el sepulturero de La Macarena trabaja en la exhumación de los cadáveres para ayudar a devolverles la identidad que tuvieron en vida. El registro que hizo al sepultarlos ahora resulta de gran ayuda dentro de los análisis que hace Medicina Legal para identificar los cadáveres. Cuando se logra establecer la identidad de algún cadáver los dolientes pueden cerrar el ciclo del duelo ofreciendo un funeral digno a su familiar.

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“Cada uno coge la vida como le toque: unos se van para el Ejército, otros para la Policía, otros para la guerrilla… Todos son gente, seres humanos, y al que sea hay que enterrarlo”. Hernández lleva una década repitiendo ese argumento y actuando en consecuencia. El Ejército bien le podía entregarle uno o hasta diez cadáveres, y algunas veces los afanes impedían que los militares trasladaran los cuerpos hasta el cementerio. El sepulturero tenía entonces que acudir a la cabecera del helipuerto con una carreta y él mismo cargar los cuerpos hasta la morgue. Allí se ponía una bata, desnudaba los cadáveres y procedía con la necropsia, para luego sepultarlos.

Dice que todo empezó cuando el alcalde de La Macarena lo contrató en 2002 para despejar el monte del cementerio, y que ante la llegada constante de cadáveres le ofrecieron ocuparse de estos. Observó con atención al médico que hacía las necropsias, luego fue por un tiempo su ayudante hasta que terminó remplazándolo en definitiva, cuando aquel se marchó del pueblo alegando que era mucho trabajo, y muy mal pago. “Fui aprendiendo, aprendiendo, hasta que aprendí bien a hacer las necropsias”, explica con la sencillez propia de los campesinos.

Hernández, oriundo de Muzo, Boyacá, llegó a La Macarena en 1978 huyendo de la violencia. Sus padres y varios hermanos fueron asesinados en su pueblo, donde él apenas cursó hasta primero de primaria. Esa fue toda su formación académica. Desde niño empezó a trabajar como agricultor, vocación que continuó al llegar al Meta. En paralelo al oficio de sepulturero fue mejorando un pedazo de tierra donde vivía, cultivaba y adonde además criaba algunas vacas. Por su trabajo en el cementerio lo acusaron de estar “asociado” con el Ejército. Vinieron amenazas de muerte y el saqueo de su parcela: una mañana despertó y encontró que las vacas habían desparecido. Acudió a la Personería y le pidieron los documentos, él trató de explicar que eran animales criados por lo que no tenía títulos y le dijeron que no se podía hacer nada. Abandonó su terreno y pasó a ser un desplazado más. “Tengo eso perdido. Me dicen que vuelva, que vuelva, y hasta ahora, tantos años ya, y no me han dado ni para un tinto”, responde cuando se le pregunta por su situación de desplazado. A pesar del volumen de trabajo que tuvo este sepulturero, y aún más, de los riesgos que enfrentó, su trabajo siempre fue juicioso: cavó fosas individuales para cada cuerpo.

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El orden de las sepulturas  y el registro de los datos básicos de los cuerpos sin nombre es algo que agradece el equipo forense de la Fiscalía que ahora tiene la misión de exhumar e identificar cada una de las sepulturas. Hernández, sin comprometerse con un número exacto, calcula haber enterrado  entre 400 y 500 N.N. a lo largo de los años. De lo que no tiene dudas es que la mayoría eran hombres jóvenes “por ahí alguna mujer” y que sin excepción todos murieron violentamente, abaleados o bombardeados

Este cementerio, específicamente el área donde están enterrados los cadáveres sin identificación, es uno de los puntos priorizados como resultado de las primeras medidas humanitarias que se tomaron en la mesa de diálogo entre el gobierno y Farc, con el fin de buscar, identificar y entregar de forma digna los restos de personas dadas por desaparecidas en razón del conflicto armado. Este trabajo de campo se complementará con análisis de ADN en laboratorios, para establecer con certeza la identidad de los cadáveres y entregarlos a sus familias “Es algo doloroso, pero saber la verdad es parte del proceso de reparación. La labor que hacemos contribuye con eso”, concluye Diego Casallas forense del CTI. En apenas dos semanas de trabajo en La Macarena, la misión forense de la Fiscalía ha logrado exhumar 66 cadáveres que poco a poco identificar y devolver a sus dolientes.

Twitter: @josemonsal

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