Los Rolling Stones o la prueba de que una raya de cocaína no mata a nadie

Hace 60 años arrancaron y nada los detiene. Una vida de excesos coronada por la gloria de llenar estadios a los 79 años. Historia de Sus Majestades Satánicas

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julio 24, 2022
Los Rolling Stones o la prueba de que una raya de cocaína no mata a nadie

Entre 1968 y 1970 los principales ídolos del rock habían muerto a los 27 años y por abusar de las drogas. Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison habían sucumbido ante el duro encanto del pinchazo de una aguja hipodérmica. Incluso uno de los creadores de los Rolling Stones, Brian Jones, moría ahogado en la piscina de su casa de las afueras de Londres, después de abusar de la cocaína y su inhalador para el asma. En 1971 la revista Time sacó una lista de los próximos rockeros que morirían, el número uno era Keith Richards.

Han pasado cincuenta y un años y el guitarrista, fundador de los Rolling Stones, acaba de terminar un concierto en Bruselas. Unos días después tendrá una presentación en Praga, Viena, todo el imperio Austrohúngaro. Está al borde de los ochenta y ha soportado todo: atrás quedaron las rumbas de nueve días que terminaba con él inconsciente, tirado en el piso, la cabeza rota, atrás quedaron amores devastadores como los que tuvo con Anita Pallenberg, suprema sacerdotisa Stone, quien se dedicaba en plena gira para crear sortilegios que la volvieran aún más sabia, o su eterna adicción a la heroína. Cada vez que le preguntaban en los años setenta a Keith Richards de por qué no había muerto él respondía con frases que hicieron más grande su leyenda: “Voy a Suiza cada tanto a que me cambien la sangre”, “Tengo una cajita negra que me renueva la energía”, “Yo me morí hace rato y este que ustedes ven no soy yo”. El secreto de la vida eterna de Richards lo tiene él mismo, vampiro supremo por excelencia. Se cree que Richards fue adicto a la heroína hasta el año 2006 cuando después de tantas desintoxicaciones recayó en unas vacaciones en las islas Fiji en donde cayó de una palmera y el golpe en la cabeza le creó un coagulo que casi lo mata. Hasta el momento se mantiene a punto de Jack Daniels, Marlboro y porros en cantidades industriales.

Su amigo de la niñez, Mick Jagger, llevó una vida más sana que su amigo. Hijo de un profesor de educación física, Jagger nació haciendo ejercicio y ese físico le sirve para comerse los escenarios del mundo a sus 79 años recién cumplidos. Porque, escuchen, los Stones siguen de gira, sesenta años después de su fundación en el sector londinense de Richmond, 1962, cuando en una estación de metro Jagger y Richards se encontraron, cada uno con un disco de blues debajo del brazo, recordando una amistad fugaz en la niñez y quedando para crear lo que después se conocería como La banda de rock más grande del mundo.

En una época tan fugaz como un video de Snapchat, que una banda tenga 60 años haciendo conciertos es una barbaridad. Son tan viejos que crearon esto. Porque en el riff de Satisfaction Keith Richards se inventó el rock, porque en el sótano de un viejo cuartel de la Gestapo al sur de Francia hicieron Exile on main Street y casaron el rock con el Rhythm and blues, porque ellos inventaron esta mierda y por eso es que han dejado, a su paso, un reguero de cadáveres, desde Gram Parsons, rey del Country cuya amistad con Richards y la jeringa terminaría aniquilándolo, como Ian Stewart, Billy Preston y un rosario de músicos que recientemente los tocó con la partida de Charly Watts, baterista que durante décadas fue el corazón de este monstruo que no se detiene ante nada, que no se cansa de romper records.

Y Mick está bien, incólume, invicto, moviendo el culo con las mismas contorsiones provocadoras con los que le despertaba la homofobia de su amigo y rival John Lennon.

Y así a Sting le parezca de pésimo gusto que estos octogenarios se sigan soyando en público para nosotros, los nacidos después de 1980, es un milagro ver a esta banda aún viva, como si un científico loco decidiera devolverle a la vida a un tiranosaurio Rex. Y eso es lo que sentimos al ver a Mick moverse como una vieja puta sobre un escenario: la fuerza de un animal prehistórico.

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