Los restaurantes malditos de Colombia

Ya sea por una masacre o por la presencia de fantasmas, estos lugares guardan secretos que ahondan aún más su leyenda

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marzo 30, 2021
Los restaurantes malditos de Colombia

Nada más poético que una casa encantada. La realidad es demasiado aburrida y a veces el misterio es más interesante que cualquier ciencia. Colombia está llena de lugares en los que, si te acercas lentamente a sus paredes, podrás escuchar viejos gritos del pasado. Este es un viaje por los restaurantes más tenebrosos de Colombia

La Bruja: La Candelaria en Bogotá es famosa por sus calles empedradas, sus casa centenarias y sus fantasmas por supuesto. Si quieres vivir toda la experiencia paranormal de una ciudad de quinientos años debes pasar por La Bruja. Hace tres siglos Ernestina Rivas visitaba frecuentemente los calabozos que quedaban en esa casa para preguntar por un hijo perdido. Se ganaba la vida leyendo el tarot y sabía burlar con sus artes ocultas a la Santa Inquisición que la perseguía.  La mujer enloqueció después de saber que su vástago había muerto y es ella la que se le aparece a los visitantes, comensales y empleados de este exquisito lugar.

El duende Rumbero: En plena barrio de la Magdalena en Barranquilla, había una casa en los años noventa cuyos habitantes salieron despavoridos. Había un duende que les movía las cosas, que les hablaba al oído mientras dormían o les respiraba en la nuca a los que iban al baño a hacer su ablución. Vendieron la casa y los nuevos dueños pusieron un restaurante pero la cosa siguió estando extraño y uno a uno los negocios fueron quebrando porque nadie era capaz de resistir la presencia del duende. Se supo que en ese lugar había una clínica clandestina de abortos a principios del siglo XX y los barranquilleros, llevados por su machismo ancestral, afirmaban que por eso ese lugar está maldito. Hoy funciona un local de comidas rápidas al que bautizaron el Tizón Rojo

Pozetto: La ola de muerte empezó muchas horas antes de lo que dijo la versión oficial. Campo Elías Delgado, excombatiente de Vietnam de 52 años estaba desesperado. Las deudas lo tenían acorralado. Una y otra vez le pedía a Doña Rita Elisa Morales, su mamá, que le hiciera un préstamo. Vivían en un amplio apartamento en Chapinero en la carrera séptima con calle 52, que se había convertido en un pequeño infierno. Vivían solos desde que su papá Elías Delgado se pegó un tiro a finales de la década del cincuenta. Doña Rita no lo dejaba usar el baño principal, lo enviaba a hacer sus necesidades en el baño auxiliar. Cada vez que podía Campo Elías la golpeaba. En la noche del tres de diciembre Campo Elías, después de una extenuante discusión, le pegó con un martillo en la cabeza y luego la acuchilló cuatro veces en el estómago. Pasó la noche en el lugar, muy cerca del cadáver de su madre. En la mañana le prendió fuego al apartamento. Salió al pasillo con el revólver que había comprado en los días previos, en el maletín que cargaba estaban tan bien cinco cajas de munición y el chuchillo de caza con el que apuñaló a su mamá. Tocó cinco puertas, todas se abrieron, a todos mató.

Ya llevaba seis muertos cuando entró a la sede del Banco de Bogotá en Chapinero. Retiró sus ahorros, $49. 896. 93. La leyenda cuenta que el cajero, al no darle los centavos que pedía, hizo estallarle la locura a este hombre nacido en Chinacota el 14 de mayo de 1934. Con la plata en el maletín se desplazó hasta el barrio La Alhambra del norte de Bogotá. Allí le daba clases de inglés a la joven Claudia Marcela Rincón de 15 años de edad. Campo Elías vivía orgulloso de haber prestado servicio en Vietnam. Hablaba de que algún día regresaría a Nueva York, ciudad en la que vivió durante cuatro años. Bogotá lo espantaba, le parecía una ciudad demasiado insegura. Además no había trabajo para él. Los pocos ahorros que tenía los destinó a pagarse una carrera de idiomas en la Universidad Javeriana. Lo poco que ganaba venía de las clases de inglés que daba a particulares. Pero las cosas iban mal. Claudia Marcela, en ese momento, era su única alumna. Al mediodía llegó al apartamento de la muchacha. A la primera que mató fue a su mamá, Nohra Becerra Rincón y luego a Claudia Marcela. Con ellas usó el cuchillo de caza.

Almorzó con tranquilidad. La policía lo buscaba pero él se refugió en el norte hasta las siete de la noche. A esa hora Juan Guillermo Ríos en el Noticiero de las Siete anunciaba las macabras muertes que había cometido. Sin afugias llegó a Pozzeto. El restaurante, ese jueves por la noche, estaba lleno. Aunque había empezado como un restaurante italiano la gente lo frecuentaba por su especialidad: la cazuela de mariscos. Campo Elías lo frecuentó durante un tiempo pero en ese momento lleva más de un año de no sentarse en una de sus mesas.

Llegó a las siete de la noche. Pidió una mesa cerca a una de las ventanas que daba a la carrera Séptima. Ordenó un vodka al mesero y le pidió que le diera unos minutos para ver la carta y escoger lo que comería. El lugar estaba tan atestado a esa hora que un hombre que venía solo le pidió a Campo Elías si podía sentarse en su mesa. De mala gana lo dejó hacerlo. Ese hombre fue el primer en caer. Al escuchar el primer tiro el lugar se volvió un pandemónium de gritos y miedo. Campo Elías disparó otra vez, se dirigió a los clientes y les dijo que esto era un robo, que no les pasaría nada si entregaban sus joyas, sus billeteras. De pronto una señora muy elegante, muy bonita, se le quedó mirando. Sin mediar palabra le pegó un tiro en la cabeza. Desde ahí ya no hubo marcha atrás: a todo el que se quedara mirándolo le pegaba un tiro entre los ojos. Un niño de seis años fue su segunda víctima.

Mientras tanto el Mayor Alvaro Perez quien cenaba con su esposa intentaba infructuosamente destrabar su pistola 9 milimetros. No alcanzó a hacerlo para impedir que Campo Elías disparara sobre su esposa. Se levantó y forcejeó con el veterano de guerra. Perdió. Campo Elías era alto como un oso y pudo dispararle en el pecho tres veces. Recargó y siguió disparando. En ese lugar mató a 22 personas. La policía no tardó en llegar. Le pegaron cuatro tiros en el pecho. Esa es otra de las mentiras que se divulgaron gracias al libro de Mario Mendoza: Campo Elías no se mató, nunca tuvo fuerzas para empuñar el revólver y llevárselo a la sien para darle el disparo final.

El testigo principal de esa horrible noche del 4 de diciembre de 1987, la casa esquinera de Chapinero donde funcionó por más de cuarenta años Pozetto, será demolido esta semana. En la noche del 10 de julio del 2019 se llevó a cabo una venta de garaje llevándose los últimos vestigios, los últimos recuerdos que se perderán en el tiempo como lágrimas en las lluvia.

El bar Cuenca de Medellín: Durante los años 90 este bar del barrio El Poblado contó con muchísimas apariciones. Según se lo contó su propietaria a la revista Gente de Medellín, los episodios que vivió eran aterradores, en especial uno: "Una noche de fin de semana, con el negocio lleno, a uno de los meseros le dio por mirar hacia arriba, a un domo que teníamos en el techo. No se imaginan la cara de ese muchacho… ¡Se puso pálido!”, recuerda.Pero… ¿qué pasó? ¿Qué vio el mesero que le causó tanto miedo? La dueña del establecimiento relató que cuando vieron la actitud de su empleado lo abordaron para preguntarle qué era lo que había visto allá arriba.

“Nos dijo que había una viejita aterradora allá asomada, viendo a las personas que estaban en el bar. No hubo más remedio que calmarlo y contarle con tranquilidad lo que allí, supuestamente, estaba pasando”. El mesero no podía creer lo que sus patrones le contaban. Aún así, sintió el respaldo y tranquilidad de sus compañeros… y decidió quedarse, aunque en sus pesadillas estaba presente aquella anciana a la que vio con sus propios ojos, en ese bar que era tan llamativo para los jóvenes de la época.

 

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