Los muertos del paramilitarismo viven en un bosque en el Magdalena Medio

Con la lista de más de 5.000 desparecidos en mano, los campesinos del río Cimitarra decidieron bautizar los árboles para no olvidar a sus muertos ni repetir la guerra

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Abril 20, 2019
Los muertos del paramilitarismo viven en un bosque en el Magdalena Medio

Las cosas no estaban fáciles, al que no le tocaba pelear con el equívoco estigma de guerrillero, tenía que penar de hambre pues el cerco paramilitar sobre el Magdalena Medio era cada vez más estricto. Nadie podía entrar una libra de arroz, una cajetilla de cigarros o unas toallas higiénicas de más. Ellos, los dueños y señores de la región, tenían el inventario de cuántos vivían en cada casa y cuánto mercado debía entrar. Los que no pudieron sortear ni lo uno ni lo otro, terminaron en una extensa lista de las muertes que se cobraron los paras, el Ejército y las guerrillas.

“Desde la década de los 80 fue cuando se agudizó el conflicto aquí en el Magdalena Medio, por varias razones como la persecución a los cultivos de uso ilícito y a los alzados en armas como FARC y ELN. Pero lo duro y lo cruel fue cuando ya vino el paramilitarismo porque ya se vinieron lanza en ristre contra todas las organizaciones sociales representadas en las juntas de acción comunal”, cuenta Carlos Martínez, líder campesino de la vereda Puerto Matilde, ubicada a tres horas del municipio de Yondó.

Para el 2017, la lista de desaparecidos y asesinados, principalmente por los paramilitares en cabeza de Ramón Isaza y el Bloque Central de las Autodefensas, sumaba más de 5.000. Los bombardeos, las fumigaciones con glifosato y los intensos operativos militares se quedaban atrás gracias a los Acuerdos de La Habana. La guerra era una cuestión del pasado que los campesinos de Antioquia, Santander y Bolívar no querían revivir, pero sí les afanaba la memoria de todos sus muertos. Y así fue como accedieron a construir el Bosque de Paz, un proyecto que había llegado de la mano del Ministerio de Ambiente a la vereda Puerto Matilde en el corazón del Valle del Río Cimitarra.

Foto: María Fernanda Padilla Quevedo/ Las2orillas

Foto: María Fernanda Padilla Quevedo/ Las2orillas

“Después de haber socializado por medio de las organizaciones sociales y de otras comunidades tanto de Barrancabermeja, Bolívar, San Pablo, Cantagallo, Remedios y Yondó, nos aglutinamos aquí, nos pusimos de acuerdo y se trajo este proyecto que es como una identidad de la rudeza del conflicto y los malos recuerdos que nos llevó a ser víctimas directas e indirectamente por la ejecuciones extrajudiciales y los falsos positivos que causaron tantas muertes dentro del campesinado”, recuerda Martínez.

El 3 de diciembre de 2017 llegó la dotación de unos 30 árboles de naranja, guanabana, guayacanes, gualandayes y robles. Cada uno de los asistentes cargó su planta, abrió el hueco y en un homenaje, que se pasó entre las lágrimas, con sudor y 34 grados de temperatura, hicieron la siembra en el parque central de Puerto Matilde. A los meses, cuando la tierra ya empezaba a cuajar y el tronco atravesaba la madurez, se pusieron las primeras placas en acero inoxidable con los nombres de todos los campesinos, sin distinción de género ni edad.

“Estos nombres ya se habían recogido cuando en Puerto Nuevo Ité, en el punto reconocido como la Cooperativa, que hace parte del nordeste antioqueño. Se dio la idea de hacer un monumento a la memoria histórica, que allá está, un monumento donde también están estos nombres plasmados en unos corazoncitos en bajo relieve”.

Foto: María Fernanda Padilla Quevedo/ Las2orillas

Foto: María Fernanda Padilla Quevedo/ Las2orillas

Cuando los primeros árboles empezaron a crecer, a echar sus frutos, a tapizar el suelo con sus flores arcoíris y alimentar con sombras el lugar, la Junta de Acción Comunal de Puerto Matilde decidió expandir las fronteras y en un terreno frente al primer Bosque de Paz, montaron el segundo. Esta vez con una vigilante cruz de madera en lo alto. En últimas, la idea es que en cualquier rincón de la vereda cada uno de los campesinos desaparecidos tuviera su lugar, su nombre, su recuerdo. Sin contar que en el bosque habían encontrado una forma de conservación y restauración de la naturaleza alrededor.

Hoy, esos bosques están llenos de historias y recuerdos, que los longevos campesinos comparten a los visitantes y amigos que llegan a la región. Sandra Vélez, Cruz Adelio Brand, Carlos Mario García, Aurelio Bernal, Edgar Lozano Castelblanco, son algunos de los nombres que llevan los árboles en sus placas metálicas y que recuerdan el horror de la guerra, el ataque al movimiento social y el aislamiento que vivieron por muchos años las comunidades del Magdalena Medio.

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