A Yeison Jiménez no le gustaba quedarse quieto. Como buen paisa-caldense era bueno para los negocios y emprendedor. Mientras otros artistas se conforman con las giras y los escenarios, él proyectaba su presencia hacia múltiples emprendimientos, hoy convertidos en legado y responsabilidad para quienes quedan detrás de su historia. La tarde del sábado 10 de enero de 2026, cuando un accidente aéreo se llevó su vida y la de cinco acompañantes, esa vitalidad emprendedora también quedó en suspenso y bajo la lupa de una tragedia que conmociona al país.
Yeison Jiménez, de 34 años, no solo había logrado consolidarse como una de las voces más escuchadas de la música popular colombiana, sino que también había construido un imperio empresarial que trascendía las fronteras del canto. Su historia en los negocios comenzó modestamente, con un bar en la ciudad de Bogotá, lugar donde muchos artistas prueban suerte como parte de su vida cotidiana antes del salto a la fama. Con el tiempo, y conforme su música lo catapultaba a escenarios más grandes, esos pequeños sueños se convirtieron en proyectos sólidos.
La empresa que llevaba sus iniciales, YJ Company S. A. S., era el corazón de su actividad empresarial formal. Desde ahí se manejaban diversas líneas de negocio que el artista impulsaba con el mismo empeño con el que preparaba cada concierto. Era, para él, más que una estructura jurídica: una manera de conectar la música con la economía real, generadora de empleo y desarrollo. A través de esa sociedad se articulaban varias de sus inversiones, incluyendo sectores tan disímiles como la ganadería, la agricultura y la producción de miel, esferas que en apariencia poco tienen que ver con la industria del entretenimiento, pero que en la visión de Jiménez tenían un hilo común: arraigo, trabajo y crecimiento constante.
Su criadero de caballos La Cumbre era, además, una de sus pasiones más evidentes. En redes sociales compartía las imágenes de esos animales que recorrían potreros y que habían obtenido premios a nivel nacional. Allí se veía a un hombre que, cuando no estaba en un estudio de grabación o en un escenario, estaba recorriendo cercas y establos, revisando el estado de su ganado con el mismo rigor con el que afinaba una melodía. Era un gusto personal convertido en negocio; una forma de entender la vida más allá de la música.
Al crecer su fama, también crecieron sus inversiones. Con el éxito musical vinieron los recursos para aventurarse en la compra de tierras en los Llanos Orientales, en el fortalecimiento de actividades agrícolas y en el desarrollo de proyectos inmobiliarios. En el año 2025, en la antesala de un concierto en Bogotá, Jiménez contaba que más de 150 personas trabajaban en las empresas que había promovido. Allí no solo estaban sus hermanos de escena, sino quienes encontraban en esos negocios una fuente de sustento y posibilidad.
Entre los nichos más destacados de su portafolio, estaban la producción de miel de calidad, la ganadería especializada y sus incursiones en el desarrollo de hoteles e inversiones inmobiliarias, tanto en Colombia como en Estados Unidos, donde había adquirido varias propiedades. No era una expansión fortuita, sino parte de una estrategia por diversificar, por tener un pie en la música y otro en lo tangible, en lo que queda cuando los aplausos se apagan.
La tragedia que lo sorprendió el 10 de enero, cuando se dirigía a un concierto en Antioquia y la avioneta en la que viajaba se estrelló poco después de despegar, no solo ha abierto una investigación sobre las causas del accidente, sino que ha dejado a sus herederos frente al desafío de continuar con ese tejido de negocios que él mismo fue armando con determinación.
Yeison Jiménez deja tres hijos y a su esposa, Sonia Restrepo. Ellos son ahora los herederos de un legado que trasciende la música. En sus manos quedará la continuidad de las empresas que impulsaron empleo, crecimiento y sueños propios.
Más allá de los escenarios y las notas que resonarán en cada reproducción de sus canciones, quedan los proyectos que, como pocos artistas de su género, supo integrar a su identidad. Y en ese balance, entre el dolor de la pérdida y la responsabilidad del futuro, está la dimensión completa de lo que él construyó: no solo un repertorio de éxitos, sino una red de acciones que seguían moviéndose, porque a Yeison Jiménez no le gustaba quedarse quieto.
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