Los mejores churros de Bogotá tienen 66 años

La Churrería Española La Castreña fue fundada por un español y generaciones de bogotanos los han comido

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diciembre 03, 2015
Los mejores churros de Bogotá tienen 66 años

Cuando Vicente del Castillo fundó la Churrería Española La Castreña, en la carrera 13 con calle 58, apenas habían pasado 4 años del bogotazo. Era 1952. Hoy día al sitio parece no haberle pasado el tiempo, pues hasta sus clientes envejecieron visitando el lugar que vende los mejores churros de Bogotá, siguiendo la auténtica receta española que trajo su propietario a mediados del siglo pasado. Hasta aquí han llegado españoles y se quedan anonadados al ver que en pleno corazón de Bogotá pueden encontrar el mismo sabor que en su tierra. Se llama “La Castreña” en honor a Castro de Urdiales, el pueblo natal de Don Vicente al norte de España, muy cerca de Bilbao.

Los churros, tan apetitosos y crujientes como en la madre patria, vienen en una bandeja —o bolsa, si es para llevar— que trae 15 por tan solo 2.400 pesos. Por obvias razones no es aconsejable comerlos solos, pues vienen sumergidos en azúcar. Puede acompañarlos de un café con leche, un tinto o un chocolate caliente. Diariamente se pueden hacer hasta 1.000 churros pero los fines de semana y en diciembre, la cifra se duplica. También hay hamburguesas, chorizos, morcillas, pinchos y empanadas españolas.

El sitio conserva sus paredes con las mismas baldosas blancas de los años cincuenta y sus visitantes más antiguos dicen que se siente como si a este lugar no le hubiera pasado el tiempo pues hasta los estantes siguen en el mismo puesto. La cocinera más antigua lleva treinta años haciendo estos churros y conserva intacta la receta española que ha cautivado a los bogotanos por más de medio siglo.

El churro es una masa de harina de trigo, mantequilla y leche que luego se pasa por una máquina que le da forma y se frita en aceite para finalmente untarlos en azúcar o chocolate. Este popular bocado español se convertiría en un dulce tradicional de la capital colombiana, lo cual provocó que en Bogotá se hiciera una imitación colombiana del original. Sin embargo La Castreña está en la ciudad desde antes de que esto sucediera, y luego de 66 años vendiendo churros conserva el mismo encanto y autenticidad que tenía cuando se inauguró. Así lo corroboran los clientes que llevan décadas enteras comiéndolos, pues a ellos los llevaban sus padres y a su vez, también llevarán a sus nietos; La Castreña ha dado de comer churros por lo menos a tres generaciones de bogotanos.

Los comensales suelen preguntar si “el español” todavía está vivo. En efecto, tiene hoy 88 años. No va muy de seguido a la churrería y pasa largas temporadas del año en su país natal. Sin embargo, tiene personas de confianza a quienes encomendarles el manejo del negocio. Aunque el pequeño local a veces pasa desapercibido entre los muchos locales comerciales más grandes y llamativos que hay en la zona, su letrero negro ligeramente empolvado con unas letras amarillas nunca pasa de largo para los grandes conocedores de churros santafereños, quienes no pierden oportunidad para degustar alguno cada vez que van por la zona.

Fotos: Instagram

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