Los latidos de La Escombrera  

'La sombra de Orión', el más reciente título de Pablo Montoya, se ubica en las encrucijadas de la idiosincrasia antioqueña y de la violencia que tanto ha azotado al país

Por: Ángel Castaño Guzmán 
febrero 25, 2021
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Los latidos de La Escombrera  

La obra literaria de Pablo Montoya –al menos la publicada hasta ahora– germina y florece a la lumbre de una pregunta molesta, dolorosa: ¿cuál debe ser el papel del arte en el seno de una sociedad roída hasta la médula por la barbarie? Ahora, si hacemos gala de rigor, dicho interrogante recorre de principio a fin la novela de fuste. Sin duda, desde Manuela (1858) hasta Los ejércitos (2007), la violencia ha sido el leitmotiv de las ficciones colombianas. Nada insólito: al fin y al cabo, la nuestra ha sido una trayectoria republicana ahíta de sangre, metralla, mierda, armisticios, perdones, barriles de pólvora. En los libros de Montoya el asunto adquiere rasgos en los que vale la pena fijar la lupa. No se mancilla la verdad al decir que La sombra de Orión –el reciente título de su bibliografía– se ubica en las encrucijadas de la idiosincrasia regional. A manera de las cuentas del rosario, desgranaré glosas, intuiciones, atisbos de lectura.

En La sombra de Orión los reflectores apuntan –una vez más– al dilema constitutivo de la cultura antioqueña: el rezandero y el pillo dan forma y norte a un talante particular acuñado por el comercio y el catolicismo ultramontano. Ningún otro departamento vive con igual dureza las lides de sus dos caras de la moneda: a un tiempo, el atajo moral es para los paisas motivo de aplauso y de miedo. Titubean ante el delito. En ocasiones el pío y el bandido se juntan en rituales sincretistas: los sicarios rezan las balas, los narcos encomiendan sus cargamentos a advocaciones de la Virgen. Tal fenómeno toma cuerpo en la novela. A su regreso de París, Pedro Cadavid –alter-ego ya esbozado en La escuela de la música (2018)– encuentra una urbe (Medellín) entregada por completo al furor omnívoro del narcotráfico y al escrutinio feroz de las buenas maneras. A rajatabla se aplica la lógica perversa de equilibrar el pecado con el rezo. Su vida fuera le permite extrañarse, repudiar los lazos de los habitantes del Valle de Aburrá –amigos, familiares, parejas– con el crimen. Por ejemplo, en un festejo decembrino el clan Cadavid acoge y festeja al novio traqueto de una sobrina. Derrochador, el maleante llena de regalos a los padres, a los tíos y tías, a los primos y hermanos de la muchacha. Les da ropa, carteras finas, comida, pirotecnia. Sin embargo, el mal pasa de la sonrisa a la bofetada en un chasquido de dedos: otra sobrina cae en las fauces del secuestro y el abuso sexual.

La novela registra la segunda fisura del temperamento histórico antioqueño: la de la progresía y el tradicionalismo. Con la llegada al poder del presidente de la mano dura –aunque no se menciona el nombre del mandatario, las facciones Álvaro Uribe saltan a la vista– la niebla de la crispación se expande, cubre las casas, los salones, las calles, los tálamos. La retórica flamígera del gobernante alimenta el radicalismo de los zurdos y de los derechistas. La escena del connato de trifulca entre Pedro y el amante de Raquel ilustra la idea. Colombia solo transita dos caminos: santanderistas y bolivarianos, gólgotas y draconianos, liberales y conservadores, uribistas y… las sendas intermedias están clausuradas. Mala suerte. El protagonista rechaza con fuerza y rabia los valores religiosos, sociales, políticos, culturales de Antioquia. Impugna el relato identitario delineado con pincel gordo por la clase empresarial, por la jerarquía religiosa. En un pasaje, Cadavid tira dardos a Pedro Justo Berrío. Sin explicitarlo, busca encarnar a la Antioquía derrotada, la de la carta constitucional de Rionegro, de Pascual Bravo. La sombra de Orión abreva en la disputa: denuncia, vitupera. También, por supuesto, hace blanco de la diatriba al paisa raso: repudia la amabilidad empalagosa, su ficticia beatería. En no pocas veces, el autor emplea el trazo de la caricatura para describir al oponente.

Montoya teje una trama en la que se alternan la cronología de la guerra en la Comuna y las andanzas de Pedro y Alma Agudelo –personajes principales– por los laberintos de Medellín. La historia de los barrios encaramados en los lomos de la cordillera –el origen campesino, sus vaivenes a manos de los actores del conflicto– es una síntesis de los dramas sociales del país: la ausencia y la torpeza del Estado engendran y dan aliento a la delincuencia, al terror. Los habitantes de San Javier, Villa Laura, Belencito, Las Independencias y El Salado cuentan para los políticos en épocas electorales, de impuesto. Antes, después, apenas son manchas en el horizonte del progreso. Las bandas, las milicias, los paramilitares aprovechan la orfandad: arrojan la atarraya de la extorsión, del reclutamiento en río revuelto. En este punto, las mujeres asumen un rol cardinal: son las primeras víctimas –los milicianos las seducen, timan y preñan; los paramilitares las prostituyen, degradan– y, por ello, lideran la resistencia pacífica. Verbigracia, la madre Rafaela (trasunto de la monja Rosa Cadavid) oficia de faro ético en una comunidad presa del pavor. Estos tramos de La sombra de Orión rompen con el estilo de la sicaresca. No se asemejan –ni en el tono ni en fin estético– a la salvaje escritura de Fernando Vallejo ni al humor documental de Gilmer Mesa ni al ritmo televisivo de Jorge Franco. Montoya intenta narrar en distinta clave el hambriento abismo antioqueño.

Los otros capítulos –los de Pedro y Alma– ubican en el centro del escenario los desvelos del letrado frente al horror. A Pedro lo asaltan inquietudes similares a las padecidas en su momento por Demóstenes –Manuela–, José Fernández –De sobremesa–, Arturo Cova –La vorágine–, Ignacio Escobar –Sin remedio–. La realidad arrincona al escritor, a puño limpio lo lanza contra las cuerdas,  lo conduce al borde de la impotencia: la palabra no remedia los males ni resuelve las intrigas del mundo. El cartógrafo, el músico y el escritor de La sombra de Orión descubren los límites de sus destrezas: ni el mapa de la comuna que registra el paso de la parca ni los paisajes sonoros compuestos con los susurros captados en La Escombrera ni los cuentos y poemas de Cadavid reparan los estropicios de la pobreza, de las armas. Con suerte y talento, el artista se convierte en médium: le devuelve hilachas de voz a los finados, a los espantos. Montoya usa la ruptura afectiva de Cadavid como punto de partida de la ficción. Recicla tópicos de las novelas citadas: Alma es musa salvadora. Con el hilo de su madeja, lleva a Pedro fuera del dédalo emocional, lo interna en las entrañas de la comuna, en las suyas. A la postre, el erotismo atenúa la rudeza de la metrópoli: la cópula de Alma y Pedro baña con luz limpia la geografía maltrecha.

La sombra de Orión acude de nuevo a temas comunes del cine argumental, el documentalismo, la reportería, las letras antioqueñas. Por sus cuartillas deambulan los espectros de Rodrigo D. (1990), No nacimos pa semilla (1990), La Sierra (2004). De las 436 páginas del libro, las mejores son aquellas en las que el narrador omnisciente –a ratos pedante, discursivo– le cede las riendas a Cadavid. Provisto de expedientes judiciales, entrevistas a deudos y villanos, fotos de los desaparecidos, este ofrece al lector una sospecha: el corazón de Medellín no está en la fábrica ni en la catedral. El motor vital de la capital antioqueña –¿de Colombia entera?– es la fosa, La Escombrera. Por supuesto, semejante conclusión abre el debate, lo estimula. En los calendarios del posconflicto, la lucha ideológica abandonará la trinchera del monte para concentrarse en la historiografía. Le corresponde a la literatura dejar atrás los clichés de los bandos en pugna, reivindicar al lenguaje –vejado con sevicia–, afinar preguntas antes que parir respuestas.

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