Los hijos de la paz, un sofisma de distracción

La abrupta muerte de Samuel David, uno de los tantos niños nacidos tras los acuerdos, recuerda los incumplimientos que le siguieron a la firma de la paz

Por: Lía Hernández Muñoz
abril 29, 2019
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Los hijos de la paz, un sofisma de distracción
Foto: Twitter @SandinoVictoria

En el horizonte, donde el cielo se junta con la tierra, “un grupo de niños, que no superan los 11 años, caminan vestidos de blanco por la polvorienta carretera que conduce al cementerio de San José de Oriente, en Cesar. Se turnan por grupos de a cuatro para cargar el féretro en el que descansa Samuel David. Estos hermanos, hijos y sobrinos de excombatientes acompañan al menor asesinado, en un atentado contra su padre el sábado 13 de abril de 2019” [i].

Jesús Abad Colorado, a través de su lente fotográfico, le ha expuesto a Colombia y al mundo el horror del periodo de guerra de los años 80 y 90 en Colombia. Muestra, entre otros, a un niño de 10 años, en un anfiteatro, lavando la sangre de los muertos dejados por la guerra, a una niña que con sus pequeñas manos abre una fosa en la tierra para sepultar a su padre, muerto por las balas del conflicto, del fusil contra fusil.

Pero estos niños de hoy, hijos de excombatientes, “los llamados hijos de la paz”, pomposo nombre que hizo coro en los medios de comunicación, no dejan de ser un sofisma de distracción dentro de un acuerdo de paz incumplido por el Estado y sus gobernantes de turno, y sembrado del miedo que promocionan los amigos de la guerra en Colombia. Son hijos de un compromiso incumplido, en sus puntos más esenciales, el agrario, la seguridad jurídica y económica para los excombatientes, y en sí de la implementación misma de todo el acuerdo. Los padres y madres de estos niños le apostaron a la paz con justicia social, pero ¿cuál paz?

Ver a estos pequeños cargando el féretro de otro niño perturba; genera dolor, angustia, desconsuelo e impotencia. Semeja el fragmento de un cuento macabro, sin embargo, hace parte de la realidad que en Colombia nos continúa dejando la guerra que agobia a los territorios. Y, así seguimos asistiendo a los efectos nocivos de la falta de una paz verdadera, no de la promocionada teóricamente por el Estado y sus acólitos de turno.

El asesinado esta vez solo tenía 7 meses de nacido. Su padre, un excombatiente de las antiguas Farc. La madre, una mujer indígena. Esta pareja, la más humilde, entre las humildes, decidió un día salir del Etcr para visitar a los familiares y presentarles a su hijo. La muerte, agazapada en los matorrales arenosos del lugar, los esperaba en el rancho de la bisabuela de Samuel David. Llegaron los asesinos, iban por el excombatiente, el nuevo padre, pero encontraron al bebé.

Siete meses tenía el lirio, siete frágiles meses se encontraron de pronto con disparos de fusil y escopeta. Después en el interior del rancho quedó la desolación y muchas vainillas esparcidas por el piso.

El padre clamó por la ayuda, que le permitiera llegar con el bebé al hospital más cercano, pero este auxilio nunca llegó; la guerra también ahuyenta la solidaridad. El niño, con una herida en una de sus extremidades, se desangró por falta de atención oportuna. La negación de la ayuda requerida fue justificada por el miedo, ese que algunos dirigentes políticos de la extrema derecha han sembrado con el fin de mantener al país en una guerra perpetua.

Tengo que decir que muy a pesar del deseo que me mueve hoy día de no seguir contando muertos y sumando los cientos, miles, millones de caídos en la permanente guerra que ha vivido Colombia, es imposible no hacerlo. Al día de hoy después de la firma del acuerdo de paz van 129 exguerrilleros y 20 de sus familiares asesinados.

Muchos acuerdos de paz se han firmado en Colombia con diversos grupos insurgentes, muchos de ellos amnistiados para luego asesinarlos: Guadalupe Salcedo, jefe de las guerrillas liberales, firmó la paz se desmovilizó con sus hombres en 1953 y en 1957 lo asesinaron. El M-19, firmó un acuerdo de paz y muchos de sus hombres cayeron muertos, entre ellos Carlos Pizarro León Gómez máximo líder del grupo. La Unión Patriótica, movimiento que surgió en los años 80 producto de los acuerdos de la Uribe, sufrió el más grande de los genocidios ocurridos en Colombia.

El Estado colombiano y sus gobernantes han fungido de pacifistas en varios lapsos de la historia del país, pero no hay tal cosa. Este es un régimen guerrerista y su enfoque frente a los acuerdos de paz históricamente ha sido el del desarme insurgente, sin ningún tipo de transformación.

¿Entonces de qué paz hablamos?

¿Quién les dirá a los miles de exguerrilleros de las antiguas Farc dónde pueden encontrar el horizonte para continuar criando a sus hijos e hijas? Por lo pronto en tierra colombiana parece que no será.

La sociedad colombiana necesita la paz con justicia social, pero no serán los timoratos, los tibios ni los vendidos por un “plato de lentejas” los llamados a ponerse al frente de esta decisiva búsqueda, solo continuarían usurpando el lugar que le corresponde al pueblo. Deberá ser este último el que ejerciendo su derecho y deber deberá construirla.

[i] Revista Semana. 4/20/2019

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