Los funerales del Estado

Los dueños del poder suelen asumir posiciones antiestatistas porque saben que este ha dejado de existir y hay que defender el orden de las cosas para protegerse económicamente

Por: Mateo Malahora
Noviembre 09, 2018
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Los funerales del Estado
Foto: Pixabay

Somos asistentes que marchamos a los funerales de la modernidad, fallecimiento ocurrido a raíz de la muerte del sujeto trascendente, portador de un falso estandarte que nos hablaba de la historia, la razón, el progreso y el cambio, apostados en el Estado.

Las exequias de este sujeto tienen que abrir espacios para otras formas de constitución de vida colectiva, que nos extirpen la idea del “individuo soberano”, que solo sirvió para interpretar el liberalismo a la antigua, autor y victimario de la idiotización funcional con la cual se ha pretendido interpretar la profunda brecha entre las élites del conocimiento y las masas depauperadas de formación e información.

El viejo concepto del individuo roussoniano no privilegió la libertad solidaria, fue narcisista, cultivó el abandonismo social y no le importó la convivencia democrática; tanto, que en nuestros tiempos no ha podido tejer, ni con los eficientes dispositivos mediáticos que posee, sociedades empáticas.

Todos los pisos gregarios se han desvanecido y, como si fuéramos piezas computacionales, se nos ha impuesto una racionalidad instrumental que ha logrado destruir las débiles relaciones humanas existentes y sustituirlas por sociedades neocorporativas trivializadas por aparatos tecnológicos.

La aparición del cliente, del consumidor y del usuario, símbolos emblemáticos del mercado, construyó el modelo de un individuo poscapitalista que, precisamente, obra como el gran sujeto de nuestro siglo que no se identifica con ninguna utopía, salvo su interés por el dinero.

Pese a la asimetría reguladora de todas la formas de dominación, que van desde la familia y la escuela hasta todos los dispositivos instrumentales de lo que queda del Estado, el sujeto del que hablamos no está en capacidad de desenmascarar los contenidos dominantes del conocimiento, por su severo embeleso con las élites apostadas internacional y nacionalmente en el poder, como ha ocurrido recientemente en Estados Unidos, Colombia y Brasil, donde los electores han sido víctimas de un populismo voraz.

El listado luctuoso de las defunciones es amplio y pareciera que el fallecimiento ético y estético de la modernidad ha sido ocultado deliberadamente para que las sociedades del planeta no se enteren.

Las tribus mundiales creen más en el pensamiento efímero, instantáneo y nómade, que en asumir una postura política e ideológica que ponga freno a su condición errante y vagabunda. Diásporas que no pueden encontrar quién les abra el océano, como en la leyenda mítica de Moisés.

El espacio público, como entidad política, es falso, una comedia bufa que se mueve mediante relaciones de fuerza; y la arquitectura del poder funciona en virtud del tramado de astucias, tramoyas, maniobras y dobleces morales, que son el cemento y hormigón armado que sostienen la débil sociabilidad.

El clima de la posmodernidad es fascinante, pero cruel e inhumano, en todos los niveles de la convivencia humana; en las poblaciones y ciudades, no importa su tamaño, la comunicación es sustituida por la globalización virtual que le otorga al individuo la sensación de estar comunicado con el mundo.

El eclipse de los valores modernos ha instaurado una atmósfera en torno de la cual no es necesario plantearse ninguna pregunta, porque una élite docta, ilustrada por los conglomerados financieros, marca el rumbo histórico de las sociedades, perpetradas en posiciones de comando donde “todo vale” para sostenerse.

Los dueños del poder y sus escuderos suelen asumir posiciones antiestatistas porque saben que el Estado ha dejado de existir y hay que defender, con los fuertes y enérgicos vestigios que de él quedan, el statu quo para protegerse económicamente.

Es en esa dirección que se aplica estratégicamente el welfare, como asistencia social, para abordar el carácter estructural de la desigualdad social, creando un efecto espejismo que generosamente amplía los derechos civiles, económicos y políticos, cuando sus consecuencias son contrarias y se mantiene una estructura fundamentalmente injusta y subordinada a las doctrinas del mercado.

El viejo Estado interventor, que le apostaba a la redistribución y a la igualdad, ha desaparecido; y ahora, desde los más altos niveles de la estantería económica internacional, se toman las decisiones que incrementan la desigualdad social y se convoca, groseramente, a los pobres y descamisados de nuestras naciones subordinadas para defenderlas.

Salam aleikum.

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