Opinión

Los enterradores asustados

Patéticas las voces de los intelectuales conmovidos, los Nostradamus de la globalización, sus enterradores que hablan de una venganza de la naturaleza contra el neoliberalismo extremo. ¡Hágame el favor!

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abril 21, 2020
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Los enterradores asustados
El covid-19 ya pasará, como un mal sueño. Foto: Pixabay

Entre los años 541 y 543 de nuestra era, la llamada Plaga de Justiniano se extendió por todo el imperio bizantino. 50 millones de muertos, 26 % de la población de entonces. Los barcos, que llevaban mercaderías y sus marineros, fueron el vehículo de difusión de la peste. Entre 1347 y 1350 la llamada Peste Negra asoló todo el mundo conocido, sin que ninguna rogativa a ningún Dios hubiera podido contener la extraordinaria mortandad. Entre el 30 % y el 60 % de la población pereció en Europa, Asia y África. Se cree que murieron 75 millones de personas. En ambos casos, peste bubónica contagiada a través de las ratas. No había cura posible.

Durante ese milenio de muerte no hubo muchos avances en la medicina ni en la higiene, de modo que pocos tenían alguna esperanza cuando se enfermaban de cualquier cosa. Pero a principios del Siglo XX tampoco. En 1918 la llamada Gripa Española, mató cerca de cien millones de personas, virus originado en Kansas y dispersado por los soldados norteamericano enviados a Europa al final de la Primera Guerra Mundial.

O sea, históricamente las plagas las han difundido el comercio o los conflictos internacionales y sus estragos han sido producto del atraso de la ciencia. Han tenido siempre graves consecuencias sobre los procesos de globalización de cada época: recesiones económicas, debilitamiento de los sistemas políticos, surgimiento de nuevos poderes comerciales. Se cree que la Peste Negra fue el golpe de gracia al sistema feudal. Ahora, quizás la decadencia europea, el surgimiento de China. El cambio de sede de los poderes del capitalismo internacional.

Solo que hoy sucede algo bien distinto. La Plaga del Covid-19 se difunde como todas las demás en el pasado por los fenómenos de globalización, el desarrollo del comercio internacional y el intercambio de personas, multiplicado por el auge del tráfico aéreo, pero el desarrollo de la medicina y de los mecanismos de salubridad pública son otra cosa. Es asombrosa la velocidad con que se ha identificado el virus y científicos de todo el mundo que están comunicados entre sí buscan una vacuna (dentro de la inevitable competencia comercial); impresiona la capacidad de los gobiernos para responder con el apoyo de expertos salubristas a los ajustes que son necesarios en los sistemas de salud para atender a los enfermos más graves; sorprende la capacidad política de aceptar las gravísimas consecuencias económicas de las inevitables cuarentenas y de crear sobre la marcha mecanismos financieros para hacer menos penosa la crisis. Es el mundo globalizado, poderoso, altamente tecnificado, científicamente a la vanguardia de la investigación, con seguridad social, coordinado internacionalmente, en acción.

Y los ciudadanos enclaustrados, incorporados a ese mundo, que son muchos, en contacto virtual con el exterior para informarse, educarse, trabajar, proteger a sus familias. Es como si por primera vez en la historia las plagas bíblicas universales estuvieran bajo control, lo cual se mide por las diferencias abismales en el número estimado de víctimas aun en los escenarios más catastróficos, con las producidas en las pandemias históricas, cuando la población era una fracción de la que es hoy.

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Quedan por fuera, como siempre, los más pobres, los más débiles, los menos educados, los marginados, a pesar del monumental esfuerzo asistencialista

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Quedan por fuera, como siempre, los más pobres, los más débiles, los menos educados, los marginados, a pesar del monumental esfuerzo asistencialista, que es toda una pesadilla administrativa y burocrática. Bien podría decirse que lo que pone en evidencia la actual pandemia en el mundo moderno no es la fragilidad de su estructura económica y científica sino la inequidad de su desarrollo, cosa que ya se sabía.

Por eso, son patéticas las muchas voces de los intelectuales conmovidos, los Nostradamus de la globalización, sus enterradores asustados, que hablan de una venganza de la naturaleza contra el neoliberalismo extremo. ¡Hágame el favor!, anuncian el fin del mundo conocido, puesto en evidencia su talón de Aquiles, que es el materialismo, el alejamiento de Dios, el consumo suntuario, la preeminencia de la técnica frente al espíritu. El Covid-19 como la prueba fehaciente del fracaso del mundo contemporáneo, de su pretendida integración, de la absurda pretensión de que de la fusión entre hombre y la inteligencia artificial pueda surgir un mejor ser humano. Los nuevos jinetes del apocalipsis.

Si se comparan las pestes que en el mundo han sido con la actual, se prueba todo lo contrario: la importancia del desarrollo científico, de la comunicación instantánea, de la cooperación internacional, de la organización social basada en el bien común. Puede que vengan tiempos difíciles y se tarde en volver a la normalidad, que no será la misma porque el mundo cambia todos los días, pero no es el fin de la civilización sino su rescate. Cuando las Naciones Unidas establecieron los objetivos del milenio, lo hicieron sobre la base de lo mucho que se había logrado en temas como la mortalidad infantil, la nutrición y educación de los niños, los derechos de la mujer, la alfabetización, la protección del medio ambiente, la lucha contra la pobreza, la cooperación internacional. Los objetivos son fortalecer y consolidar esos logros para lograr un desarrollo sostenible. Se había venido creando una conciencia política creciente y fuerte sobre esas prioridades. Nada de eso lo detiene el Eovid-19, que ya pasará como un mal sueño.

 

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