Opinión

Los cuadernos de las coimas

El fango de los Kirchner con intermediarios y testaferros lo registró un chofer, Óscar Centeno, el hombre que llevaba y traía al caballero de las coimas, Roberto Baratta

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Agosto 10, 2018
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Los cuadernos de las coimas
Centeno describió los viajes que realizó en su auto con bolsos cargados de dólares a Olivos, a la Casa Rosada. Fotos: Wikimedia

Fue cierto que cuando Néstor Kirchner figuró como candidato presidencial para remplazar a Eduardo Duhalde, el interino que capoteó la crisis aguda de 2001, asustó al antiperonismo argentino por venir él y su esposa Cristina de la facción montonera (izquierda extrema) del Justicialismo y haberse declarado enemigo a muerte del neoliberalismo. Pero los temores no reventaron por el lado del extremismo ideológico del matrimonio, sino por el de los impulsos que sucumben a las tentaciones del poder. En tres períodos, uno del varón y dos de la señora, fueron muchas las que doblegaron los escrúpulos que se les suponían a dos unidades importantes del peronismo.

El plato fuerte de la herencia del expresidente de la Rúa fue una deuda externa de US$178.000 millones y una fuga de capitales que incluía transporte de efectivo en contenedores por cantidades enormes desde los muelles del Gran Buenos Aires. Kirchner y Roberto Lavagna, a quien ratificó en el Ministerio de Economía, sacaron poco a poco del desastre al país fortaleciendo la industria, el sector agropecuario, la construcción, el sector financiero y renegociando parte de la deuda con el FMI. Además, logró que la Corte declarara inconstitucionales las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. La satisfacción popular con el nuevo líder era evidente y en unas elecciones de mitaca su mujer, candidata al Senado, nadó entre votos. Crecía la audiencia en torno al binomio conyugal.

Eso era lo de mostrar. Debajo de los puentes corría un agua negra que la galería no veía. La prensa sí, e informaba sobre algunas maromas, pero el pueblo las ignoraba y el Gobierno las reprimía. Daniel Gatti se encargó de acumular información sobre el fango apilado en las relaciones del kirchnerismo con intermediarios y testaferros y las publicó en un libro con el sugestivo título de El amo del feudo. Ese y otros textos circularon sin mayor impacto en la opinión, pero retrataban los movimientos subterráneos del poder. Parodiando a José Luis Espert, parecía que Kirchner se devoraba a pedazos la Argentina. La literatura no mermó el vigor de un ascendiente que Néstor y Cristina explotaron con tino y sutileza en un momento propicio para la izquierda latinoamericana.

 

Toda una bitácora que resume doce años de gobierno
y USD 160 millones en sobornos

 

 

Lo que los literatos no lograron lo coronó un chofer, Óscar Centeno, el hombre que llevaba y traía al caballero de las coimas, Roberto Baratta, de la sede de las empresas favorecidas por el Gobierno (en materia de obras públicas, electrificación y juegos de azar) a la residencia de Olivos, a la Casa Rosada, al apartamento de los Kirchner y al domicilio del exministro De Vido, otra mandíbula insaciable del régimen junto con Amado Boudou, recién sentenciado a cinco años. Toda una bitácora que resume doce años de gobierno y US$160 millones en sobornos. Ya no solo los presidentes escriben sus memorias: un chofer ejerció el mismo derecho para inmortalizarse sin ser político. Borges hubiera aprovechado los cuadernos de Centeno para agregar otro capítulo a su Historia universal de la infamia.

 

Ya no solo los presidentes escriben sus memorias:
un chofer ejerció este derecho para inmortalizarse sin ser político

 

Los medios de comunicación que tuvieron en los Kirchner una muralla represiva se han dado ahora el banquete de contar el costado macabro de su paso por el mando. Siendo montoneros, se asimilaron más al Perón a quien el historiador Joseph Page, su biógrafo más completo, atribuyó una etapa sibarítica que la Revolución Libertadora utilizó para derribarlo. Parecería que los ex jefes de Estado contemporáneos estuvieran condenados a una vida pública reluciente y a otra privada turbulenta, degradada y escandalosa, que puede reflotar o no según los periodistas y los choferes se atrevan a divulgar sus desmesuras. El empresario Goicoechea inició el desfile de altos ejecutivos que testificarán en busca de rebajas por colaboración. Que no le levanten el fuero ni allanen la casa y la oficina senatorial a doña Cristina, de poco valdrían si los que pagaron coimas cuentan completo el cuento y los tribunales actúan en consecuencia.

Como no será fácil descubrir, sin interceptaciones legales, las graves liviandades de los gobernantes y los políticos venales, podríamos entrar en la era de los choferes como memorialistas de los deshonores de sus jefes, cosa que agradecerían los magistrados y los jueces honrados, sin necesidad de reformas judiciales inútiles, para combatir la corrupción que corroe la función pública universal. Podría quedar Óscar Centeno al lado de Isaiah Berlín, Friedrich Hayek y Vargas Llosa como globalizador del mercado de denuncias.

Se agregaría un tercer mito a Gardel y Perón en la Argentina.

 

Centeno describió los viajes que realizó en su auto con bolsos cargados de dólares

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