Los colombianos de buen gusto no vamos a Cartagena

Sumida en la pobreza y la inmoralidad La heroica ya no ofrece la belleza y tranquilidad de otros sitios como Popayán

Por: Pacho Calderón
Octubre 20, 2018
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Los colombianos de buen gusto no vamos a Cartagena
Foto: Petruss - CC BY-SA 3.0

Cartagena se ha convertido en el prostíbulo más grande de Colombia. La existencia de casa Benjamín en el sector de Bocagrande, una propiedad de israelíes destinada a la prostitución y en algunas ocasiones al consumo de droga, la casa que manejaba la Madame Liliana del Carmen Campos Puello y la avidez de una parte del turismo extranjero por estar con menores de edad, nos da la base para sostener esta afirmación. A esto se le suman los adefesios arquitectónicos con cimientos débiles que empiezan a rodear la ciudad amurallada, con una ferocidad que no se había visto desde los ataques de Francis Drake y otros piratas del Caribe. El famoso caso del edificio Aquarella obstruyendo la visión del emblemático Castillo de San Felipe es un ejemplo de esto.

Cartagena es una ciudad inmoral. Cartagena son tres ciudades. Bocagrande, con sus patéticos intentos de hacer edificios de 30 pisos pretendiendo parecerse a rascacielos, viene siendo Miami. Con apartamentos de $2.000 millones se ha convertido en el refugio de más de un delincuente que ha sido condenado a casa por cárcel, ¿pueden creerlo? Luego viene la ciudad amurallada. La parte más atractiva de la ciudad. Gracias a estas cinco manzanas la Unesco la reconoció como Patrimonio Histórico de la Humanidad en 1984. Esta parte de la ciudad, atiborrada de gringos gordos y sudorosos, viene siendo La Habana antes del 1 de enero de 1959, cuando Fulgencio Batista fue derrotado por los barbudos de Sierra Maestra. Y luego está el resto, el 80 por ciento de la ciudad, llena de barrios como Mandela, sin acueducto, muchas veces sin electricidad, donde la esperanza de vida es apenas de 60 años, llena de niños negros barrigones sin camisa jugando con pelotas de trapo entre los charcos que deja la lluvia que arrastra el mar, es Puerto Príncipe, Haití. Ir a Cartagena me resulta de una inmoralidad absoluta. Ir a Cartagena es estar de acuerdo con ese estado de las cosas. Cartagena no puede ser el único lugar turístico del país.

Esta semana conocí Popayán. Como buen colombiano creí que era un refugio de católicos fervorosos que aún esperaban la llegada del Rey de España: creí que todos se parecían a Paloma Valencia. Qué sorpresa me llevé. Popayán es mucho más que procesiones en Semana Santa. Su centro histórico, compuesto aproximadamente por 11 manzanas, se mantiene hermoso y uniforme a pesar de la arremetida de comerciantes y de la peor tragedia que ha sufrido la ciudad en sus 481 años: el terremoto del 31 de marzo de 1983, en pleno jueves santo, cuando Popayán muestra su mejor cara ante el mundo. El Centro Histórico fue el que más sufrió y tal como afirma la urbanista Lucy Amparo Bastidas, muchas de esas edificaciones se reconstruyeron de manera arbitraria.

Viajar a Popayán es hacer un recorrido por la historia. Las iglesias son sublimes pero, oh sorpresa, la vida nocturna puede llegar a ser más divertida que Bogotá. Mientras en la capital la niebla, el frío, los atracadores, el TransMilenio lleno y la lluvia ácida hacen imposible un viernes en la noche, las distancias, las calles empedradas, y sitios como La Iguana, New York y El Sotareño hacen de la ciudad blanca un impensable rumbeadero. Además siempre te sientes seguro. La gente es maravillosa y su aguardiente, Caucano, es de los mejores del país. Ni hablar de la cocina. Vengan flacos porque acá salen gordos a punta de carantantas, tamales y empanadas de pipián.

Si quiero descansar, ¿a qué voy a Cartagena?, ¿a que me cobren 100 mil pesos por unas shakiras en el pelo y 650 mil por una libra de jaibas? Si quiero descansar y viajar en el tiempo yo me voy para Popayán, un tesoro turístico, de iglesias centenarias, que afortunadamente para los payaneses aún no ha sido descubierto.

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