Los 200 niños que el Estado Islámico ejecutó en Siria

Presos y cansados de ser obligados a decapitar intentaron escapar. El castigo fue un tiro en la cabeza que filmaron

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noviembre 10, 2015
Los 200 niños que el Estado Islámico ejecutó en Siria

Abdul Alí, hasta antes de ingresar a las filas del Estado Islámico, no sabía que para honrar a Alá tenía que decapitar a los herejes. A sus ocho años trataba de ser consecuente con el nombre que le puso su padre y que significaba Sirviente del más alto. Creía que con leer el Corán, y con hincarse al sol cada atardecer cumplía con los preceptos de su religión. Todo eso cambió cuando el Estado Islámico irrumpió, a principios del 2014 en su ciudad natal Raqa, y empezó a ver cómo aplastaban con tanques de guerra a los pocos cristianos que aún quedaban en el lugar, como un compañero suyo del colegio  masacraba a tiros a un hombre acusado de ser espía de Estados Unidos y cómo le arrancaban la cabeza a un soldado del ISIS tomado al azar, sólo para que ellos aprendieran el arte de la decapitación.

Hastiado de tanta crueldad, Abdul Alí planeó la huida del campo de entrenamiento en donde vivía, junto con otros doscientos niños, desde hacía seis meses. Aprovechando la noche empezaron a irse en grupos de diez: el guardia, en su garita, pilló al primer grupo. La retaliación no se hizo esperar. Tendieron bocabajo a los niños en una larga fila. Abdul Alí rezaba e intentaba ganarle la partida a los nervios. No quería que lo vieran llorar. El cuadro ya lo había visto infinidad de veces y sabía que nadie lo iba a salvar. Sin embargo la ejecución se tardaba. El motivo de la demora era la instalación del equipo de televisión que filmaría la barbarie. Desde sus inicios en junio del 2004, Isis han sabido darle espectacularidad a sus golpes usando una sofisticada producción. El punto culmen de su barbarie llegaría en la incineración de un piloto sirio a principios del 2015. En la historia ningún grupo terrorista había estado tan empeñado en demostrarle al mundo la crueldad de la que podría ser capaz.

Con los ojos cerrados Abdul Alí intentaba pedirle a Alá que parara el tiempo para que él y sus doscientos amigos, ninguno de ellos mayor de diez años, pudieran escapar de la muerte. Después de dos horas, cuando escuchó los primeros disparos, Abdul Alí entendió que Alá no lo había oído. En el video, difundido por las redes sociales, se ven a tres hombres encapuchados disparar sobre las cabezas de los niños. El ruido de la bala entrando en el cráneo, parecido al de las papayas maduras cuando caen de los árboles, retumbará durante semanas en los oídos de todo aquel que se atreva a mirarlo.

Abdul Alí estaba antepenúltimo en la larga fila. Para él fue más larga y dura la muerte. Abdul, como su compatriota Aylan Kurdi, el niño de la playa, se han convertido en los símbolos de una de las guerras más crueles desde que las invasiones de los Hunos devastaran el este de Europa. Una guerra que en occidente no parece importarle a nadie.

 

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