Los animales llegaron en los primeros años de la década de los años 80, la imagen es del fotógrafo privado del capo Édgar Jiménez Mendoza, más conocido como el chino

 - Los 2 hipopótamos de Escobar que iniciaron con la sobreplobación que se volvió un problemaFoto: Édgar Jiménez/Universo Centro

Vanesa, la hipopótama, llegó después, cuando el zoológico en la Hacienda Nápoles estaba hecho, pero sin ella, incompleto. Un mes atrás Pablo Escobar había recibido dos hipopótamos machos en el primer envío, pero fue un error. Su idea no era acumular animales sino poder reproducirlos en cautiverio. Quería parejas. Quería que su zoológico funcionara como una reserva en expansión. Vanesa apareció días más tarde, también en un cargamento irregular, y desde entonces fue el centro de un experimento que con los años se saldría de control.

El primer traslado había sido caótico desde el inicio. Los animales llevaban semanas en Estados Unidos, comprados y mantenidos a la espera de permisos que nunca llegaron. Escobar insistió por la vía formal durante un tiempo, pero terminó descartándola. Decidió contratar un avión de carga y organizar el envío sin autorizaciones. La operación avanzó sin obstáculos hasta el aterrizaje en Medellín. Fue ahí donde todo se volvió visible.

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Las autoridades no estaban preparadas para recibir un cargamento así. Luego de que el avión descendiera y cuando comenzaron a bajar cajas de gran tamaño. El movimiento llamó la atención de funcionarios de aduana y de otras dependencias. No había documentación completa. No había certificados sanitarios válidos. No había permisos de importación. Lo que sí había eran animales vivos: jirafas, cebras y, entre ellos, los dos primeros hipopótamos.

La confirmación que disparó la rabia de Escobar

Cuando a Escobar su veterinario de confianza le confirmó que los hipopótamos eran dos machos reaccionó con molestia. Para él, cada especie debía tener al menos una pareja que garantizara reproducción. La orden para comprar una hembra adicional no tardó en hacerse efectiva. Vanesa se convirtió en la base de una población que décadas más tarde superaría cualquier previsión.

En esos años, la Hacienda Nápoles se transformó en un lugar de exhibición privada. Animales de distintos continentes convivían en un entorno ajeno a sus condiciones naturales. No había controles estrictos ni protocolos de manejo especializados. Lo que sí había era un flujo constante de adquisiciones y una lógica de acumulación que respondía más al poder económico del propietario que a criterios técnicos.

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En ese contexto aparece una figura clave para reconstruir la historia: El Chino, fotógrafo cercano a Escobar. Fue uno de los pocos que registró de manera sistemática lo que ocurría dentro de la hacienda, el lo narró en el libro que salió en 2021 titulado El Chino, la vida del fotógrafo personal de Pablo Escoabar, editado por Universo Centro. Sus imágenes documentaron tanto la vida cotidiana del capo como la presencia de los animales. Fotografió a los primeros hipopótamos a corta distancia, sin barreras de seguridad, en una época en la que no se dimensionaba el riesgo que representaban. También captó escenas de Escobar en distintos momentos, dentro y fuera de Nápoles, dejando un archivo visual que hoy sirve como evidencia de ese periodo.

El inició del problema

Durante años, los hipopótamos permanecieron en la hacienda bajo condiciones relativamente estables. Todo cambió tras la caída de Escobar. Antes de que el Estado tomara control del predio, varios de los animales fueron liberados y otros escaparon. Los hipopótamos encontraron en la región del Magdalena Medio un entorno favorable: abundancia de agua, ausencia de depredadores y condiciones climáticas similares a su hábitat original.

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La reproducción fue rápida. Vanesa y los dos machos iniciales marcaron el inicio de una expansión que se extendió por ríos, ciénagas y terrenos aledaños. Con el tiempo, la población creció hasta superar los 150 individuos. Lo que comenzó como una curiosidad se convirtió en un problema ambiental y de seguridad.

Las comunidades cercanas empezaron a convivir con animales de gran tamaño, impredecibles y potencialmente peligrosos. Se registraron daños en cultivos, alteraciones en ecosistemas locales y situaciones de riesgo para habitantes que se encontraban con ellos en caminos o zonas rurales. A pesar de eso, también surgió una relación ambigua: algunos los veían como una atracción, otros como una amenaza.

Las autoridades intentaron distintas estrategias para controlar la población. Hubo programas de esterilización, traslados y seguimiento. Ninguno logró frenar el crecimiento de manera efectiva. El debate se intensificó con el paso de los años, enfrentando posiciones entre quienes priorizan la protección animal y quienes advierten sobre el impacto ecológico.

Eutanasia: decisión judicial

La situación llegó a un punto crítico cuando una decisión judicial abrió la puerta a medidas más drásticas. Una juez administrativa autorizó la eutanasia de al menos 80 ejemplares. La medida busca reducir una población que ya es considerada invasora y que sigue en aumento. Todos esos animales descienden de Vanesa y los dos machos que llegaron en aquel primer envío irregular.

El caso de los hipopótamos de la Hacienda Nápoles dejó de ser una anécdota asociada al pasado del narcotráfico para convertirse en un problema actual. Su presencia altera ecosistemas, genera costos para el Estado y plantea dilemas éticos complejos. No se trata solo de controlar una especie, sino de gestionar una consecuencia que se originó en decisiones tomadas décadas atrás sin evaluación de impacto.

Hoy, los descendientes de aquellos primeros animales siguen expandiéndose en el Magdalena Medio. Su historia está documentada en fotografías, registros oficiales y testimonios. Lo que comenzó con la llegada tardía de una hembra llamada Vanesa terminó configurando una de las situaciones ambientales más particulares del país.

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Por Mauricio Cárdenas

Periodista en Las2Orillas, dedicado a informar y analizar los hechos que marcan nuestra vida diaria.