Opinión

Lo que nos indigna y lo que nos afecta

La indignación y la anécdota de cada día, esa que incendia las redes sociales convirtiéndolas en espacios de odio, distraen efectivamente la discusión de lo que nos afecta y nos afectará

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enero 27, 2020
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Lo que nos indigna y lo que nos afecta
El vallenato del presidente pesa más en redes que el asesinato de tres líderes sociales y el debate en el Congreso sobre los derechos a la salud y el trabajo. Foto: Instagram/Iván Duque

Las redes sociales tienen hoy un gran impacto en el ejercicio del control ciudadano de lo qué pasa en la política. Sin embargo, cabe preguntarse si ese es un impacto efectivo o destructivo, pero tan superficial, que está empobreciendo nuestra capacidad de influir en las decisiones que verdaderamente nos afectan.

Un caso en cuestión es el de las corrientes de indignación. Les pongo un ejemplo: aparece un video del presidente Duque cantándose un vallenatazo con algún artista, en lo que parece un evento privado. En menos de una hora, el video tiene miles de reproducciones e incontables comentarios. Hice el ejercicio. De cada 100, por lo menos 90 de esos comentarios son ataques personales al presidente. Pero ese mismo día, han asesinado a tres líderes sociales, cursan dos debates en el Congreso que afectan de forma sustancial los derechos a la salud y al trabajo, y se confirma un nombramiento estratégico que afectará negativamente la representación de Colombia en el exterior. Sin embargo, lo que se convierte en tendencia es la imagen del presidente cantando, y por supuesto, los medios se dedican a cubrir cada detalle del evento: quién estaba presente, cuánto duró la fiesta, si el cantante cobró por su participación, e incluso cubren las respuestas más anecdóticas de la gente, y tal vez, solo tal vez, alguien intente hacer un análisis un poco más crítico de cómo los almuerzos bailables en Palacio afectan la gobernabilidad del presidente, o cómo deterioran la confianza pública en su gestión.

Entiendo que las formas son importantes, pero en un país de violencias, me preocupa que los incidentes de imagen estén agotando la discusión pública y desviándola de lo que realmente nos afecta: que nos claven más impuestos, que nos sigan recortando garantías, que estemos regresando a las peores épocas del sicariato contra líderes sociales, todo eso con un efecto devastador sobre la reconstrucción de los tejidos comunitarios en las regiones, los procesos de retorno de los campesinos a sus tierras, la labor de los ambientalistas contra el cambio climático, y en general, la implementación efectiva de los acuerdos de paz.

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Esa obsesión por la estética y lo políticamente correcto es la forma más pobre de control político que se le puede hacer a un gobierno al que hay tanto que reprocharle

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Más del 50 % de todos los defensores de derechos humanos que fueron asesinados en el mundo en el curso del último año, fueron asesinados en Colombia. Pero la indignación y la anécdota de cada día, esa que incendia las redes sociales y que las han convertido en espacios de odio, distrae efectivamente la discusión pública de lo que nos afecta hoy y nos afectará a mediano y largo plazo. Al final de cuentas, todo ese bullying, -que si el presidente tiene o no sobrepeso, que si tiene amante, que si canta mal o lo hace de maravillas, que si sus ministros bailaron o hicieron mala cara-, nada de eso importa. Esa obsesión por la estética y lo políticamente correcto es la forma más pobre de control político que se le puede hacer a un gobierno al que hay tanto que reprocharle. Casi diría que le favorece, y que lo volvió resistente al cambio: al presidente ya no le importa lo que la gente está pensando, ya no escucha a nadie.

Otro efecto indeseable de esa tendencia es que, en medio de esa marea de barrabasadas que inundan las redes, se pierden las opiniones sustanciales de quienes tienen algo importante que decir pero que no son populares, o se niegan a expresarse violentamente, o han perdido todo deseo de participar en ambientes virtuales cada vez menos productivos.

La construcción de la paz es un ejercicio complejo, colectivo, esencialmente autocrítico y profundamente reflexivo. Pero en estos tiempos de la superficialidad y la obsesión por exponer un yo sobreeditado en la vitrina virtual, no estamos avanzando en el sentido correcto como comunidad. ¿Cómo hacer de las redes sociales espacios para la superación de las violencias y no de su profundización?

 

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