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“Lo más importante que he hecho en mi vida es la actividad como guerrillero”

“Reconocemos que hemos cometido errores, pero también sabemos que no todo han sido fallas. Fuimos Estado y fuimos poder, donde fue necesario implementarlo”

Por: Nataly Mora Marín
Agosto 11, 2017
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“Lo más importante que he hecho en mi vida es la actividad como guerrillero”
Foto: AFP

Al pasar por el municipio de Caldono, donde los indígenas hablantes de nasa yuweh comparten en la asociación compuesta por seis resguardos y afuera en las calles, las motocicletas son el principal medio de transporte. Ahí fue donde encontré a Leonardo, perteneciente a La aguada-San Antonio.

Leonardo es un hombre de 35 años, tiene esposa y dos hijos. Como los indígenas pertenecientes a su resguardo hablan nasa yuweh y se les ha enseñado en los colegios de los resguardos el español. “Hace 5 o 6 años que están más calmados”, dice, mientras rememora que la casa cerca a la estación de policía aún conserva los huecos de los enfrentamientos que en otrora hubo entre ejército o policía y guerrilla que en algunas ocasiones por las balas perdidas tomaron vidas de indígenas que no estaban vinculados en ese vaivén de disparos.

El centro del pueblo se compone por su plaza, su iglesia, la alcaldía y un par de tiendas. Un poco más adelante se encuentra la estación de policía vigilada por dos policías, uno de Popayán y otro de Cartagena; hace tan solo dos meses que están en esa estación en la seguridad de la zona veredal.

En la casa siguiente, veo dos soldados con sus fusiles colgando. Al acércame, hay uno reacio, el otro parece más abierto; se llama Andrés Castrillón. Carga siete años como soldado profesional, hizo dos años como regular.

Su acento paisa se queda arrastrado en cada frase, lleva quince días en la zona y dice que todo está muy calmado, pero que le ha tocado vivir cosas duras. “Una vez estábamos en un campamento y caímos en una toma de noche, nos emboscaron. Primero tiraron una granada de mano. Una de esas, le dio a un cursito en una pierna y se la voló, él intentó arrastrarse… llegar donde estábamos nosotros después del impacto. Empezó a arrastrarse y un guerrillero salió y lo remató, le pegó un tiro en todo el cráneo”.

Con pena en la mirada pero también una insensibilidad de quién ha vivido esa experiencia muchas veces termina la historia al llegar el otro soldado que vi de lejos y que le pone una mano en la espalda, indicando el cuidado, la cautela, el no abrir la boca.

Andrés tiene una esposa y un hijo que lo esperan, en cuatro meses podrá ver sus rostros nuevamente, mientras tanto seguirá contando los días y cumpliendo el deber en el que ya lleva nueve años. Con el uniforme nuevo del llamado ejército del posconflicto que identifica que vigilan la zona veredal, el fusil con el pestillo de seguridad, las granadas guardadas en los bolsillos de atrás, su placa amarrada entre los cordones de la bota con su nombre y tipo sanguíneo se queda en la misma esquina donde lo encontré, vigilando que se cumpla en la zona lo acordado en el acuerdo de paz.

Siguiendo el camino, más allá de Pueblo Nuevo, se encuentra el campamento de aquellos guerrilleros de las FARC. Han venido de diversas partes de todo el país, buscando la solución al conflicto mediante el diálogo. “Nuestra única arma será la palabra” aparece en mayúsculas en una valla al entrar. En la mitad hay una red de voleibol que utilizan en sus ratos libres, cuando ya han cumplido sus misiones; sean las que sean según el comandante les haya indicado. Un poco más adelante, se encuentra el aula general, “CANO VIVE – Bloque Occidente FARC-EP” se lee en lo más alto por fuera.

En su interior, está acomodado con sillas de plástico y troncos de madera, hay una tarima, parlantes para el sonido cuando se utiliza el micrófono o la pantalla que está colgada. En los plásticos verdes que hacen de paredes hay afiches hechos con cartulinas dibujados y pintados con diversas frases, dibujos, figuras y cualquier tipo de manifestación que represente su pensamiento político. Se resalta sobretodo dibujos de guerrilleros y guerrilleras, de Cano y Fidel Castro.

De la montaña hacia abajo, empiezan a verse todos los cambuches hechos con plásticos de diversos colores, son tantos que a simple vista no se alcanzan a contar. Son quinientas personas las que ahí se hospedan, hay un solo baño, una cocina. Las casas que debieron estar listas para cuando ellos llegasen a la zona en enero, aún siguen en construcción; el Gobierno no ha cumplido lo pactado.

También han fiado comida en el pueblo, en Pueblo Nuevo. Hace tres días ya que debieron de haberles llegado las verduras pero aún no hay señales de nada, cuando lleguen, pasaran el registrado de aquello que han debido de pedir para que sea el Estado quien pague a los indígenas del pueblo.

Siguiendo el camino que me trajo a su campamento, está un lugar al que llaman “la recepción”. Estando aquí, llega Antonio. Él es parte del cuerpo de mando de la unidad y tiene como misiones principales encargarse de la relación con los medios y un poco de la logística.

Lleva un saco verde pantano, un jean y un gran canguro negro a la cintura. En el lado derecho lleva una pistola, en la muñeca de la mano derecha un reloj, en la de la izquierda una cadena de oro.

“La paz es una construcción social, si hay paz hay justicia social”. Confía en que la superación del conflicto armado por vías dialogadas es posible, plantea la construcción de paz como un objetivo común; que no solo le concierne al Gobierno y a los guerrilleros sino también a la sociedad en general.

Sin embargo, recalca que lo que se está viviendo ahora no es una derrota, si no que se está dando gracias a la necesidad de una salida dialogada. Porque su lucha ha permanecido por sus convicciones y dice que fueron una de las partes que respondieron a la agresión militar del Estado.

“Reconocemos que hemos cometido errores, pero también sabemos que no todo han sido fallas. Fuimos Estado y fuimos poder, donde fue necesario implementarlo”. Dice que han sido muchos los años de lucha y sacrificio, todo con el sentido de dar un avance a la democracia, de adentrarse a una realidad social diferente, de conocer “la otra Colombia”.

Sabe que no será una solución inmediata, pero tiene toda la esperanza puesta en el proyecto de ser un partido político; donde sean las palabras las que luchen y defiendan sus planteamientos.

“Yo desde pequeño sabía que iba a ser guerrillero. Mi padre y madre no fueron guerrilleros pero la ideología con la que crecí y la formación que tuve, me hizo llegar a esa decisión. Mis padres eran comunistas, yo también lo fui”.

Es del Quindío, pero vivió muchos años en Medellín. Cuando estuvo viviendo en esa ciudad, entró a la Universidad de Antioquia; al empezar la carrera también empezó a militar. Fue parte del Frente Jacobo Arias. Fue un guerrillero urbano.

“Siempre lo colectivo va por encima de lo individual”, una de las premisas que han guiado su comportamiento durante toda su vida. Dice que desde hace años ya no hay frentes urbanos operando de lleno en la ciudad, y es que cuando él estuvo en el Frente con sus compañeros debían mantener el bajo perfil. A él, le funcionó durante buen tiempo, alcanzó a hacer hasta octavo semestre de Física.

Después, empezó a ser difícil el mantenerse oculto y las amenazas hicieron que dejara de ser un guerrillero urbano y se volviera un guerrillero rural; el primer traslado que tuve fue para el Cauca. En el monte siguió formándose y formando a otros, la disciplina es una de las características propias y de la organización que se mantienen a pesar de las décadas que han transcurrido.

La consolidación como movimiento político es, dice Antonio, lo que dará a las FARC el poder mediante las palabras, los argumentos, el conocimiento. Esto será poder expresar todas las motivaciones de su lucha, sus causas.

“Lo más importante que he hecho en mi vida es la actividad como guerrillero”.

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