Llegó a los 90 años y no le duele ni una muela: Óscar Agudelo, eterno mentor de ‘La cama vacía’,

Entrevista de largo aliento con el amo y señor de la melodía descorazonada en vitrolas y rocolas de bares y cantinas

Por: Ricardo Rondón Chamorro
septiembre 23, 2022
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2orillas.
Llegó a los 90 años y no le duele ni una muela: Óscar Agudelo, eterno mentor de ‘La cama vacía’,
Fotos: Ricardo Rondón/Óscar Agudelo junto a la vieja rocola del Café Mercantil, en Bogotá.

Quizás la letra más lacerante, pero por cierto la más emblemática de la llamada música del recuerdo, es La cama vacía, en la voz aguardientosa y de amargura llena de su digno mentor, don Óscar Agudelo.

Es difícil oírla en las estaciones radiales de estos tiempos, cuando la programación se ha volcado a lo foráneo, al crosover, a la música de consolas y sintetizadores, y a esa nueva banda sonora de la esquizofrenia y la obscenidad colectivas: el reguetón.

Ahora que degusto un tinto en la barra del septuagenario café Mercantil, en el centro de Bogotá, me sorprende su propietario, Mario Echeverri Baena, con este tango de la tragedia y la ingratitud humanas, original del argentino Carlos Espaventa, y viene a mi memoria su intérprete en Colombia, el cantor que en su poderosa garganta la convirtió en una suerte de responso de ánimas en pena, en esos almacenes de la añoranza que son los cafés a la antigua -pocos quedan-, donde jubilados y copisoleros de la urbe se apean para remojar en anís vacíos, infortunios y tristezas.

Óscar Agudelo y Mario Echeverri, depositario del cancionero de vieja guardia.

¿Qué será de la vida de Óscar Agudelo?, le preguntó a Mario mientras él despacha una botella de vino espumoso  ‘Gran Brindis’ a Karla, la mesera, que ella cambia por fichas.

-Si no sabe usted, mijo, que lo ha entrevistado varias veces…-, replica Echeverri con su marcado acento paisa. Mario, fiel a la melodía de arrabal, es el notario puntual del cancionero del legendario intérprete de La cama vacía, y de otras de sus lagrimógenas páginas: Hojas de calendario, El redentor, China hereje, Desde que te marchaste, entre más de 300 canciones grabadas en cuarenta y cinco producciones.

Digno mentor de 'La cama vacía', tango de la ingratitud y el olvido.

Cuando  uno está en condición/ tiene amigos a granel/ pero si el destino cruel/ hacia un abismo nos tira/, vemos que todo es mentira/ y que no hay amigo fiel, reza el párrafo franco y desesperanzador de La cama vacía, que Óscar Agudelo, hace 63 años, dejó patentado como una de las piezas más sonadas en victrolas y traganíqueles de la geografía sentimental.

De La cama vacía y de su añejo repertorio, de sus inicios como sastre de oficio  y de su trasegar como uno de los grandes intérpretes del pentagrama de vieja guardia, de su entorno familiar,  y de sus hojas de calendario, justo cuando celebra sus bien vividos 90 años, conversamos con Óscar Agudelo en su cómodo apartamento de Áticos del Norte, Colina Campestre, en el norte de Bogotá, donde se observa en la pared de la sala una foto suya de época, como las de Estudios Zambrano, en la flor de su vida y con aires de dandy mexicano.

En la sala de su apartamento, al calor de un tinto, reviviendo sus añoranzas.

Esa fue tomada en Medellín, en 1964, señala el galán arrabalero.

¿Cuántos años tenía usted, maestro?

“Estaba en mis ‘ticinco’ (risas). Pero ahí tenía los ojos verdes, fíjate; y ahora los tengo pardos”.

Y un bigote de charro-, agrego.

“Sí, era la moda, primaba la elegancia. Los vestidos los mandábamos a hacer en sastrerías de renombre y con paños ingleses. Mi padre fue un cotizado sastre en Herveo (Tolima), donde nació este servidor. Yo también fui sastre, ponte cómodo, después te cuento”.

Se dice que tuvo mucha suerte con las mujeres…

“¡Hombre!, la pinta no engaña (risas). Me jacté de ser el mejor caballero con ellas. Nunca hablé mal de las damas, aunque me hayan pagado mal. A las mujeres no hay que comprenderlas sino quererlas. Para eso existen: para adornar el mundo y proporcionarnos ese amor grande que nos han dado, como madres, como esposas, como amantes”.

La esposa del legendario intérprete de tangos sale de la cocina para darnos una bienvenida cordial. Toma de la mano al cantante y la aprieta amorosa, y nos da tres opciones para degustar:

Acompañado de doña Edy Torres, su esposa.

¿Quieren tomarse un whisky, un cafecito, o una agua aromática?

Coincidimos en el café, pero prima la petición para que nos ponga los discos de ‘Don Oscar’, el eterno mentor de cuitas y dramas, algunos tan crudos y crueles como La cama vacía, que despechados de varias generaciones han pasado con lágrimas gruesas y copas pletóricas de anís y ajenjo.

Así la despacha el estereofónico de Agudelo, y dan ganas de cambiar café por whisky, cuando letra y notas retumban en las paredes de su apartamento.

Desde un tétrico hospital/ donde me hallaba internado/, casi agónico y rodeado/ de un silencio sepulcral/. Con su ternura habitual/, la que siempre demostró/, quizás con esfuerzo o no/, desde su lecho sombrío/, un enfermo amigo mío/, esta carta me escribió.

¿Cuántos años puede tener La Cama vacía, maestro?

-63 años, desde que me la dio ese querido y recordado amigo, el compositor argentino Carlos Espaventa, en Medellín, en 1959. Allí la grabé con el sello Codiscos. David Ocampo, el jefe de producción de la disquera, me la tenía preparada: ‘Óscar -me dijo-, tengo una cosita aquí para que usted escuche. Me la trajeron de la Argentina. Esto es de Carlos Espaventa y él mismo la cantó y no hay más copias. Esto es para usted, para su voz, cántela a su estilo’. Yo estaba grabando con Ibarra y Medina, nada menos. Ellos la oyeron, afinaron guitarras y la montamos. Desde que salió fue un tiro”.

 ¿Ese fue el estrene de su carrera musical?

“No. Como profesional del disco yo estoy celebrando 68 años ininterrumpidos de carrera. Pero ‘La cama vacía’ no fue la primera canción que yo grabé. Antes había grabado ‘China hereje’, que también tiene 63 años, con ‘Desde que te marchaste‘. Las tres son hermanas del mismo año”.

La Cama Vacía, China Hereje, Hojas de calendario, Farolito, Desde que te marchaste, El Redentor, Esos tus ojos negros, Me besó y se fue, Mujer ingrata, Que nadie sepa mi sufrir, Quisiera amarte menos, Por el alma de mi madre, No me digan cobarde, y una versión en su estilo de Niebla de riachuelo, ese tango enorme de Enrique Cadícamo, de 1937, pasan como fotogramas de la nostalgia, en blanco y negro, en la memoria de un cantor que no cesa en su cometido de remar en la barca de la tanguedia por los ríos procelosos de la pasión, el coraje y la derrota.

El cantor, con los ojos encharcados de lágrimas, evocando sus nostalgias..

Porque ese es el tren melancólico del tango, ¿verdad, maestro?

-Tú los has dicho. El tango nos brinda el mensaje más honesto de la vida. Porque el tango es la vida en su crudeza, en su poesía. Es como una liturgia. Con el tango no hay apariencia ni maquillaje. El tango te canta la verdad, así te duela”.

¿Cuántas versiones puede haber de La cama vacía?

“Todas las que quieras. La han grabado hasta en salsa. En presentaciones me la hacen cantar dos, tres y hasta cuatro veces. La letra es un gran retrato de la vida, del sufrimiento del hombre, pero más de la ingratitud humana en todos los niveles y estratos. Es que sólo en estados emergentes del hombre: en la cárcel, en la ruina y en el cuarto de un hospital, se conoce al verdadero amigo”.

Lo dice un Óscar Agudelo asombrosamente conservado: delgado, derechito, con el cabello aunque ralo, pero en su puesto, y con una lucidez admirable; que en este itinerario arrabalero y sin una copa de por medio, ahora nos conduce a su egoteca, un cuarto contiguo a la alcoba matrimonial, cubiertas las paredes de placas honoríficas, distinciones y reconocimientos a su profusa y esmerada carrera, y decenas de fotografías que narran sus giras por el mundo en 63 años de bitácora profesional.

Allí también hay un piano que toca su hija. Y la guitarra, que ejecuta él. Un repentino trinar de cuerdas nos envuelve con un introito de pampas remotas, y con voz aguardientosa y de amargura llena, como reza la estrofa de una de sus melodías, nos participa de una preciosa samba de Atahualpa Yupanki, Dímelo tú, que obliga al aplauso.

Dos jóvenes admiradoras del célebre interprete nonagenario.

Mientras tomamos fotos, el juglar ataca el encordado de su ‘vieja amiga’, esa madera santa que ha salvado al hombre de tantas hecatombes, desgracias y arrepentimientos, y sin parar en su interpretación nos hace un guiño para que lo acompañemos a su alcoba.

Allí está la cama. La cama grande que devora la habitación. La cama de Óscar Agudelo que nunca ha estado vacía. La que comparte desde hace 28 años con doña Eddy Torres, la madre de su princesa Lizeth Melissa, punto de encuentro para el amor y la tertulia, y apacible refugio en horas de merecido descanso.

Cómo se conocieron ustedes-, le pregunto a doña Eddy.

“Nos presentó un amigo en común. Recuerdo que me cantó ‘Todo es amor’. A mí la verdad no me gustaba esa música, porque yo soy de la época de Rocio Dúrcal, de Raphael, de Juan Gabriel. Pero de música del recuerdo, nada. Con Óscar aprendí a escucharla, a interpretar su mensaje, y así me fue gustando, a la par que fui descubriendo en él a un ser humano noble, tierno y de buenos sentimientos, que me fue conquistando".

¿Usted nunca se ha visto en esos dolorosos aprietos de camas hospitalarias, maestro?

“Gracias a Dios, no. Contrario a lo que pueda pensar la gente por las letras de mi música, he sido un hombre sano. Es que ni siquiera he fumado. O sí, me fumé el humo que arrojaban los otros cuando tuve bares, el más frecuentado de la bohemia de antaño, el ‘Oscar Show’, que funcionó en la calle 16 entre 13 y Caracas, que vivía repleto de artistas”.

¿Como cuáles?

“Julio Jaramillo, un compadrazo con quien trabajé 25 años; Olimpo Cárdenas, con quien alterné durante 45 y grabé dos elepés; Lucho Bowen, quien nunca fallaba, Pacheco, también infaltable, Héctor ‘El Chinche’ Ulloa, y Billy Pontoni, que en ese entonces tenía 17 años y ya trinaba. Esa era la cita obligada de artistas de este género que venían de Ecuador, Perú y Argentina. Alguna vez un periódico reseñó mi peña como el ‘Almacén de los Recuerdos’, y es que eso era: la gente tomaba sabroso y lloraba mejor”.

¿Cuánto hace que dejó de tomar?

“Hace ya 36 años que no me tomo un trago, a partir de la sentencia de un médico que me dijo: ‘Yo lo trato, si abandona la botella’. Con esa condición. Es que me la puso de ese color: ‘Si acepta este pacto, vamos pa’delante. De lo contrario no le pongo más de ochos meses de vida, máximo un año’. Ahí sí me entró un susto tremendo”.

“Es que yo tomaba aguardiente al por mayor. Incluso llegué a pagar aguardiente a precio de whisky. Y no me costó trabajo dejarlo. Tengo en mi casa buen whisky para cuando vienen amigos como tú, pero la mejor embriaguez, la más sana y duradera, me la depara mi mujer, mi preciosa hija, y la paz y tranquilidad que se respira en este apartamento”.

Ha asistido a los funerales de varios de sus compañeros de ruta musical, uno de ellos ‘El Caballero Gaucho’. Dos meses antes del fallecimiento estuvieron ustedes alternando en un concierto en Bogotá, ¿verdad?

“Claro que sí. Eso fue en enero de 2013, por un empresario que un día me llamó y me dijo: ‘No me puedo morir sin darme este gusto. Maestro, quiero proponerle un concierto con ‘El Caballero Gaucho’.  Le dije que por mí no había problema. Pero que por el lado del ‘Caballero Gaucho’ era muy difícil, por su edad, 96 años, que viniera a Bogotá”.

“Mi esposa lo llamó, me lo paso y yo le eché el cuento: ‘Hay un señor que quiere dar un espectáculo contigo y conmigo, aquí en Bogotá, pero es urgente. Paga lo que sea, tiene plata, y puedes venirte con tu mujer’. Y así fue, el empresario le dio $3.000.000 más de la tarifa oficial. Y se los fue consignando”.

“Esa noche había más gente afuera que la que pagó por estar adentro. Fue un mano a mano de verdad. De toma y dame. Echamos al cara y sello el comienzo. Me tocó abrir a mí. Le mandé ‘La cama vacía’, él contrapunteó con ‘Viejo farol’; repunté con ‘Desde que te marchaste’, y él me repicó ‘Viejo juguete’, y así por el estilo”.

“Más de dos horas dándonos madera. La gente estaba enloquecida. Hermoso, memorable, de lágrimas ese show. Él cantó en silla de ruedas. La voz, intacta a los 96. Fui con mi esposa a su funeral, en La Virginia, Risaralda”.

¿Cómo recuerda a Helenita Vargas?

“¡Ay!, Helenita, la siempre  querida y recordada Helenita.  Con ella fue una relación divina. Estuvimos en la reinauguración del Hotel Ritz, en New Jersey, en noviembre de2010. De allí, un empresario nos llevó para Atlanta. En Atlanta nos invitó una señora muy querida para un pueblito que se llama Greenwich. Allí estuvimos como de vacaciones”.

“Fue la última vez que la vi. Llegamos a Colombia y a los dos meses, en febrero de 2011, se nos murió. Un mes antes la había llamado para preguntarle cómo iba de salud y la respuesta me dejó sin aliento: ‘Muy mal, yo creo que me voy, Óscar’.

“Y yo que tenía planeado un concierto de tangos con ella, porque, qué dama para gustarle el tango, cantarlo y oírlo. Y sabía de tangos. Ya le habían hecho el trasplante de hígado. Tenía la voz débil, estaba muy agotada la pobre. Una gran mujer y una incomparable artista. Me vi toda la serie por televisión. Qué maravilla”.

¿Qué decir de la tierra que lo vio nacer, Óscar?

“Herveo, un municipio ubicado en una esquina del departamento del Tolima. No figura en el mapa, pero es un pueblito muy bonito y alegre. Yo salí de ahí a los ocho años y nunca más volví. De esa época me acuerdo de una canción que me enseñaron mis tías: ‘Se va el vapor’, que se escuchaba en esos viejos radios alemanes marca Telefunken, que eran tan buenos que era lo único que sobrevivía a un incendio. Ahí sonaban Los Cuyos, que fueron grandes inspiradores de mi carrera. Mucho tiempo después alterné con ellos. Lo mismo que con Los Visconti. Con Víctor y Abel fuimos muy buenos amigos”.

¿Cómo fue que resultó siendo sastre?

“¡Ah!, mijo, eso es genético. Mi padre fue sastre, pero quien me enseñó en la práctica la sastrería fue el padre Rubiano. Recuerdo que el curita le dijo a mi mamá: ‘Ese muchachito no va a servir para nada, es muy gamín’. Y me puso a aprender sastrería. A los 13 años yo era un pantalonero marca mayor. Eso fue en Padua (Tolima), la tierra del poeta Wiliiam Ospina, que el papá de él, Luis, era músico y cantó conmigo, cómo es la vida”.

“El Padre Rubiano fue mi maestro de sastrería, con Gilberto Padilla, quien me consiguió trabajo en El Fresno, en una fábrica de confecciones donde laboraban veintiséis obreros vagabundos, sinvergüenzas, y allí llegué a trabajar. Al poco tiempo de estar en esa empresa me dio por cantar ‘Hojas de calendario’, y cuando me escucharon, pararon las máquinas”.

“Don Miguel, el dueño de la fábrica, se bajó de su oficina para verme y me dijo: ‘Usted canta muy bonito. Pero le pido un favor. No cante más hasta que yo vaya a la casa y vuelva con mi familia, para que lo oigan’”.

“Yo tenía apenas 14 años. A partir de ahí seguí cantando y cosiendo, hasta cuando me hice popular en Radio Girardot, en un programa que se llamaba ‘Nuevas estrellas de la canción’, de don Celestino Cifuentes Gómez, me acuerdo, donde me gané cinco veces el primer puesto con ‘Hojas de calendario’, que ha sido mi caballito de batalla, y tuve que dejar por fuerza mayor la aguja en el dedal para siempre, con mucha nostalgia, porque la sastrería es muy bonita y es un oficio que se parece a la vida”.

¿Cómo es que se conserva tan bien, maestro?

“No desayuno sin antes haber hecho ejercicio. Bailo solito, que es el calentamiento mío. Bailo unas tres, cuatro piezas, unos diez minutos. Me alimento bien, no me excedo con ciertos manjares que me gustan y como sano”.

“Pero lo más importante, lo que no tiene precio en esta vida, es la tranquilidad de conciencia. Ese es el elíxir, la paz interior, estar rodeado de los seres que uno más ama. No tengo dinero ni he sido ambicioso con la plata. Pero gracias a Dios, nunca ha faltado nada en la casa”.

¿Duerme bien?

“Como un bebé, arrunchadito o en posición fetal”.

¿Y no le da temor pasar derecho?

“No, porque no me arrepiento de nada, logré lo que me propuse, no le debo a nadie; la muerte, más que miedo, me inspira respeto, y la espero con resignación”.

¿Quién tiende la cama?

“Mi mujer, porque yo la desordeno”.

¿Por cuántas camas ha pasado Óscar Agudelo?

“De sonámbulo, por muchas. Y de trasteo, no pasan de una docena”.

¿Repetiría esta vida, don Óscar?

“Pero tal cual, sin agregarle ni quitarle nada”.

¿Qué temores lo asaltan?

“Antes la temía a una escasez de aguardiente y de mujeres, pero no, le di duro. Cuando me di cuenta, las mujeres y el aguardiente estaban acabando conmigo. Pero sí le temo a una de esas enfermedades innombrables, crueles y prolongadas. Por eso soy cuidadoso con mi salud”.

¿Qué le duele?

“Ni una muela”

¿Es creyente?

“Dios por encima de todo, en fe y agradecimiento. No me falta en el cuello el escapulario cope calvario”.

¿Más de radio que de televisión?

“Claro que sí, yo me acuesto escuchando Caracol, porque yo también hice radio, trabajé en radionovelas por iniciativa de Jaime Trespalacios y Efraín Arce Aragón, mi amigo del alma. Lo mismo que el recordado Gaspar Ospina”.

¿Se sentaría a escribir sus memorias?

“No, pero las quiere escribir el poeta William Ospina, mi amigo. Qué gran poeta”.

 ¿Y le va a contar todo?

“Esta vida y la otra”.

En la despedida con Óscar Agudelo, el rapsoda de las almas turbulentas y desperdigadas, la cortina sonora, desde el estereofónico, no pudo ser más certera: Niebla del riachuelo, en su voz, con los vibrantes arpegios de Ibarra y Medina.

 

 

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