Le contaré

Las veces que me han preguntado de dónde soy, he contestado: de la ciudad de los ríos. Esa respuesta provoca la curiosidad del interlocutor por saber cuál es

Por: RICARDO MEZAMELL
junio 10, 2021
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Le contaré
Foto: Alcaldía de Magangué

Lo anterior me da la oportunidad para decirle a quien me pregunta que es aquella donde tanto la cabecera como la gran mayoría de los corregimientos de su área rural están asentados a orillas de los ríos Magdalena, San Jorge y Cauca, o de la Ciénaga Grande o la Ciénaga de Cascaloa.

Muy entusiasmado le diré que por el sur, la cabecera termina a orillas del río Magdalena; por el oriente —de norte a sur—, donde están asentados los sectores populosos de San José, Olaya Herrera y La Candelaria, tiene por límite las aguas de la Ciénaga de Cascaloa; y, por el occidente —de sur a de norte— lo es por la Ciénaga Grande, en cuyas orillas se construyeron los barrios Versalles, Punta Piedra y Punta Arena.

También le contaré que viví cerca de la Ciénaga de Arranca Tronco, un cuerpo de aguas que hace parte de la Ciénaga de Cascaloa, donde pelao me bañé y pesqué los barbulitos que después arrollé, frité y comí para mi deleite con bollo limpio madrileño.

Le mencionaré que Santa Coita, Tolú, San José de las Martas, San Sebastián de Buenavista, Sitio Nuevo, Barbosa, Palmarito, Panseguita, Guazo, El Retiro, Madrid, Isla Grande, Yatí, Santa Fe, Santa Lucía, Puerto Kenedy, Tacaloa, Las Brisas y Roma, son los corregimientos asentados a orillas del río Magdalena.

Le diré que en la costa del río San Jorge se encuentra Bocas de San Antonio, y a orillas del río Cauca están Santa Mónica, Coyongal, Playa de las Flores, Santa Pabla y Punta de Cartagena. Y, en la ribera de la ciénaga de Cascaloa se hallan San Rafael de Cortinas, Cascajal, Ceibal, Betania, y La Pascuala.

Le referiré que a orillas de las Ciénagas de Piñalito y de Tacasaluma, las cuales hacen parte del complejo acuífero de la Ciénaga Grande, están los corregimientos que llevan esos mismos nombres. Y, en la sabana, encontrará a Juan Arias, El Cuatro, Emaús, La Ventura, Tres Puntas, Barranco de Yuca, San Antoñito y Henequén.

Le comentaré que en la década del cincuenta en el barrio Pueblo Nuevo existió la escuela de kínder de la maestra Gache, fundada por doña Graciela Espinosa. Y para la primaria los varones tuvimos la Escuela Francisco José de Caldas, fundada por don Joaquin Meza Meza, al tiempo que las mujeres contaron con El Colegio Nuestra Señora del Carmen, fundado por doña Ana Emilia Romero, y el Colegio Nuestra Señora de la Purificación, fundado por la comunidad religiosa Santa Teresita de Jesús, donde se impartía también, de primero a cuarto, el bachillerato comercial.

Le contaré que cursábamos la secundaria en el Liceo Joaquín Fernando Vélez, fundado en 1952 por don Tulio Posada Mangones.

Le referiré que en la década del sesenta en el barrio San José algunos pelaos hicimos el kínder durante dos años en la escuela de las hermanas Luisa y Amelia Cruz, y otros en la escuela de la seño Sol Hernández, o en la del profesor Octavio Salazar.

Haré mención especial de la escuela del maestro Elías Téllez en el barrio Córdoba, quien alternaba su misión educadora con la profesión de zapatero.

Le confesaré mi frustración por no saber el nombre de esos nobles y desprendidos seres humanos que realizaron tan loable labor con los pelaos de los barrios San Martín, Santa Rita, Olaya Herrera, Sur, Candelaria, Versalles y demás.

Le diré que en ese período nos fue ampliada la oferta educativa para primaria con la creación de: i) El Liceo Magangué de varones y el Liceo Magangué femenino, fundados por don Jorge Vides Rosado; ii) El Colegio don Diego de Carvajal, fundado por don Ezequiel Atencia Campo; iii) El Instituto Bolivariano, fundado por don Néstor Martínez Ruz; iv) El Colegio Marco Fidel Suárez, fundado por don Félix Viloria Romero; v) El Colegio Francisco de Paula Santander, fundado por don Genaro Anaya; vi) El Colegio Simón Bolívar, fundado por don Juan de Dios Lascarro; vii) El Colegio Miguel Antonio Caro, fundado por don Juan de Dios Tapias Morales; viii) La Escuela Nuestra Señora de Fátima y la Escuela San José, fundadas por la comunidad religiosa Santa Teresita de Jesús; ix) El Colegio San Vicente de Paúl; y, x) La Escuela de las Mojarritas.

Le comentaré que a finales de la misma época el Liceo Joaquín Fernando Vélez inició su conversión a mixto, matriculando a mujeres, en su gran mayoría procedentes del Colegio Nuestra Señora de la Purificación, y otras de establecimientos educativos de los municipios vecinos.

Le referiré que en la década del setenta fueron creados: i) El Instituto Técnico Cultural Diocesano, fundado por monseñor Eloy Tato Lozada; ii) El Colegio Gabriel García Márquez, fundado por el doctor Miguel Ramírez Martínez; iii) El Colegio Manuel Atencia Ordoñez; y, iv) El Colegio Enrique Olaya Herrera

Le contaré que en inicios de la década del sesenta, la mayoría de los pelaos nos llevaron por primera vez a la escuela de kínder a punta de pencazos, quizá porque como éramos ya mayorcitos, entre los seis y siete años, nos habíamos acostumbrado tanto a pasar el tiempo ya jugando fútbol o beisbol, ya bañándonos y pescando en las ciénagas, ya cogiendo frutas o pájaros en los árboles, percibíamos el estudiar como un castigo.

Le referiré que por la competencia que existió entre los dueños fundadores de los establecimientos educativos de primaria para posicionar al suyo como el mejor centro de enseñanza de la localidad, nunca mantuvieron buenas relaciones interpersonales.

Le relataré que en esa época coincidían en los métodos de enseñanza e instrumentos utilizados para motivarnos —u obligarnos—, que se yo, a estar atentos en clase y ser buenos estudiantes.

Le comentaré que los más utilizados fueron la regla, consistente en una tira de madera de un centímetro de grosor y de cinco a ocho centímetros de ancho por sesenta a setenta centímetros de largo; y, el cuadrado o rectángulo empedrado en el patio, donde nos hacían arrodillar largo rato como castigo por las faltas consideradas más graves.

Traeré a colación una forma muy particular, de la exclusiva autoría del profesor Néstor Martínez Ruz, fundador y dueño del Instituto Bolivariano, consistente en privar al estudiante de ir a almorzar a su casa, mientras lo torturaba obligándolo a estar sentado frente a él, viéndolo comer un copioso almuerzo, con gestos exagerados de complacencia gustativa.

Le contaré también que para cuidar al máximo la calidad de la enseñanza que en ellos se impartía, los dueños fundadores de esos centros educativos se reservaban para sí la responsabilidad de enseñar el compendio de los temas correspondientes a Matemáticas (Aritmética y Geometría), Castellano, Sociales (Historia y Geografía) y Urbanidad, consideradas como las más importantes.

Le comentaré que el método de enseñanza era el mismo en dichos centros de enseñanza: en la primera clase el profesor explicaba los temas y dejaba tareas para la siguiente, en la cual pasaba a los estudiantes al tablero, si se trataba de matemáticas, o de preguntar, si eran las otras asignaturas. Estudiante que no resolviera el problema planteado, o no contestara correctamente la pregunta realizada, además de la mala calificación, recibía de parte de quien si lo hiciera uno o dos reglazos en la mano. De esa manera, quien acertaba, en ocasiones daba los reglazos a tres o cuatro antecesores que fallaban en la prueba.

Le diré que ese orden fue transgredido ocasionalmente por el profesor Juan de Dios Tapias Morales, fundador y dueño del Colegio Miguel Antonio Caro, cuando después de una ronda de fallidos intentos de los alumnos por resolver un problema, llamaba a su hijo de nombre Jorge —quien no pertenecía al respectivo curso—, para que se luciera solucionándolo, y por ahí derecho se extasiara dándole los consabidos reglazos a quienes fracasaron.

Le contaré que en la asignatura de Castellano, los temas los desarrollaban en forma integral: abordaban al tiempo la comprensión de lectura, la redacción, la ortografía y la conjugación verbal en todos los modos (indicativo, subjuntivo, condicional e imperativo) y los tiempos (presente, pretérito imperfecto, pretérito indefinido y futuro), así como de las formas verbales no personales (infinitivo, gerundio, participio) y de los tiempos compuestos (pretérito perfecto, pretérito pluscuamperfecto, pretérito anterior, futuro compuesto).

Le mencionaré que en los cursos de tercero a quinto de primaria no podían faltar como textos guías, el de Ortografía de Nicolás Gaviria y la Urbanidad de Carreño.

Le comentaré que un porcentaje significativo de la nota en la asignatura de Urbanidad, lo constituía la presentación personal impecable, la cual era verificada a diario, en ambas jornadas, antes de entrar al colegio: cabello corto, uñas cortadas y limpias, vestido limpio (camisa, pantalón, medias y pañuelo), zapatos lustrados y peinilla.

Le referiré que durante clases la desatención o distracción era castigada según la fila donde el estudiante estuviera ubicado en el salón de clases: desde la primera hasta la tercera, con tres reglazos en la mano dados por el profesor; y, de la siguiente, hasta la última, con un inesperado golpe en el pecho de un borrador de tablero de mango de madera, lanzado desde una distancia de cuatro metros a una velocidad de ciento cincuenta metros por segundo.

Le diré que la asistencia a misa y el aporte de una buena cantidad de dinero como limosna para la parroquia, constituía el cincuenta por ciento de la nota en la asignatura de religión.

Le contaré que el padre Fídolo de la Parroquia San Pío X, quien padecía de gripa y catarro crónico que esputaba durante la celebración de la misa en un pañuelo que escondía en una de las mangas de su sotana, puso a competir a los centros educativos por el que mayor cantidad de dinero aportara como limosna, disponiendo de una bolsa de tela marcada con el nombre del colegio y anunciando antes de iniciar la misa la cantidad aportada por cada uno en la semana anterior.

Le referiré que esa estrategia de aumentar el recaudo de la parroquia ocasionó que se nos pidiera a los estudiantes llevar la mayor cantidad de dinero que pudiéramos para la limosna, mientras que los profesores, por su propia cuenta, hacían lo mismo.

Le mencionaré que en mi Colegio Marco Fidel Suárez, los profesores Nicolás de León y Agustín Cueto, eran los encargados de vigilar que la colecta se iniciara con los estudiantes de la primera fila —ubicada frente al altar— y terminara con la última situada al fondo del salón, con la finalidad de hacer un preconteo de lo recogido antes de entregar la bolsa y así determinar la cantidad de dinero que los docentes debían agregar para sobrepasar en por lo menos doscientos cincuenta pesos la cifra del que ocupó —como mayor aportante—, el primer puesto el sábado anterior. De esa manera el colegio siempre aseguró el primer puesto en la competencia.

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