Hace 300 años, las grandes extensiones de tierra localizadas a lo largo del antiguo río Funza, al norte de Bogotá, Cundinamarca, estaban cubiertas de grandes bosques vírgenes. Fue en el siglo XVII, con la llegada de los padres José Hurtado, Dadey y Colucini, de la Compañía de Jesús, que se fundaron las primeras haciendas.
La primera propiedad fue llamada El Noviciado, y abarcaba terrenos en la parte norte del actual municipio de Cota y del río Bogotá que la delimitaba por el oriente. Al occidente se encontraba la sierra de El Espino y, al sur, la Estancia de Tibabuyes. La otra hacienda fundada por el padre José Hurtado fue llamada El Chucho. Entre El Noviciado y El Chucho pasaba el río Bogotá, en lo que hoy es la Localidad 11 de Suba. Con el paso de los años, y sin razón aparente, la hacienda El Chucho perdió el nombre y se convirtió en La Conejera.

Durante siglo y medio los padres jesuitas fueron los amos y señores de la tierra en la zona, y fueron ensanchando sus dominios mediante la compra de terrenos aledaños. Se ha establecido que en 1675 terminó esa ampliación y que, a partir de ese año, las haciendas adquirieron su tamaño definitivo. La Compañía de Jesús terminó por ser dueña de las tres cuartas partes de los extensos territorios de los municipios de Cota y Suba, rodeados por los municipios de Chía, Tenjo y Funza, hasta el decisivo año de 1767, cuando el rey Carlos III ordenó la expropiación de los bienes de la Compañía de Jesús y la expulsión de los jesuitas de los territorios de ultramar.
Las haciendas, con sus animales, bosques y grandes casonas residenciales, con los oratorios donde se prestaban los servicios religiosos a los trabajadores y a las familias de hacendados, pasaron a manos de las autoridades coloniales y fueron rematadas en 1775.
El remate
En ese remate público celebrado el 5 de mayo de 1775, el español Manuel Benito de Castro pagó 21.479 pesos por las haciendas El Chucho y Noviciado, que incluían 95 caballos y 600 ovejas. La transacción tuvo por testigos de la firma de las escrituras a don Lorenzo Pantorrilla y don Gerónimo Cifuentes, y por intermediario a don Francisco Antonio Moreno. De Castro había llegado a Santa Fe en 1742 y se había casado con doña María Teresa Díaz, hija de Pedro Díaz, capitán que pertenecía a la guardia virreinal.

Manuel Benito de Castro murió en 1794 y las propiedades fueron repartidas entre sus herederos. La hacienda El Chucho le fue entregada a Ignacio de Castro y Arcaya, quien estaba casado con doña María del Carmen Montenegro, y La Conejera fue heredada por el señor Justo de Castro, quien murió soltero en su finca en 1838.
Antes de morir, Justo de Castro donó su propiedad a la señora Manuela Ureña, quien trabajó en la hacienda como ama de llaves. El Noviciado le fue adjudicado al presbítero y cura del municipio de Cota, José Castro y Arcaya, quien además era el primogénito de don Manuel de Castro.
Con la muerte sucesiva de los tres herederos Don Ignacio, Don José y Don Justo, las haciendas El Chucho y El Noviciado, fueron a parar a manos de Don Antonio Benito y Don Félix de Castro y Montenegro, hijos de Don Ignacio, quienes compraron la hacienda la Conejera por 4 mil pesos a Doña Manuela Ureña en 1835. De esta forma, las tres haciendas quedaron en manos de Don Félix y Don Antonio, pero, al morir Félix en 1850, don Antonio quedó como único dueño de las propiedades. Este señor se había casado en 1817 con Doña Julia Uricoechea y Sornoza.
Tiempos de abundancia
En sus tiempos de gran apogeo, las haciendas El Chucho y La Conejera estaban cubiertas por inmensos bosques prácticamente vírgenes, donde habitaban venados y reses cimarronas salvajes y toros que se criaban para las corridas que se realizaban en la Plaza Mayor y en las calles de la ciudad, muy populares entre los santafereños.

Durante toda su vida, el mayordomo de las haciendas fue el señor Joaquín González, quien murió cumpliendo con su deber en 1855. La cacería indiscriminada de los venados, un pasatiempo favorito de los dueños, causó la extinción de esa especie en la región, al igual que las zorras, armadillos y borugos que eran la felicidad de los antiguos propietarios. Al final, todas las tierras compradas por don Manuel Benito de Castro terminaron llamándose La Conejera, integradas en un solo territorio.
En 1864, las grandes extensiones de tierra que hacían parte de estas tres haciendas fueron repartidas entre los 6 hijos del señor Antonio Benito: Antonio de Castro, Eloy Benito, don Guillermo, don Pedro Ignacio, don José María y doña Margarita. Después de la repartición, la parte donde se encontraba la casona principal fue adquirida por el señor Melitón Escobar y Ramos, con una extensión de 1.300 fanegadas. En 1881 pasó a manos de su hija Julia Escobar, esposa del señor Luis G. Rivas.
Unos 6 años después, el señor Joaquín Solano Durán compró la inmensa propiedad, que luego fue entregada a su nieto Carlos Solano Esguerra y, finalmente, todo el territorio fue fraccionado en 14 pequeñas fincas con distintos dueños, de los que ninguno hace parte de las primeras familias que heredaron las propiedades. Las guerras civiles ocurridas entre los años 1840 y 1861 terminaron por acabar las haciendas porque las tropas del ejército revolucionario asolaron todo a su paso, incluidos caballos y reses.
Tiempos modernos
Los terrenos que albergaban la antigua casona colonial de la hacienda El Noviciado fueron adquiridos en 1967 por la universidad de los Andes para garantizar su conservación. La casona colonial con sus techos en tejas de barro, muros de adobe y vigas de madera fue declarada bien de interés cultural nacional el 24 de noviembre de 2004 por el Ministerio de Cultura, tras expedir la resolución #1640.

Entre 1970 y 1980, los terrenos pertenecientes a la hacienda La Conejera fueron utilizados para la ganadería y para sembrar grandes cultivos de maíz, cebada y trigo. Posteriormente, esos territorios se convirtieron en una zona residencial donde se encuentran los Barrios Compartir, Berlín, Lisboa, Santa Rita, Caminos de Esperanza, Fontanar del Río y Pinar de Suba, los cuales están muy cerca al Humedal de La Conejera. Todos estos barrios se consolidaron en los años 90 del siglo pasado.
En la actualidad, el cerro de la Conejera es una reserva forestal protegida con un área de 161,4 hectáreas y una altura de 115 metros. Se extiende en sentido sur – norte entre las calles 170 y 200 por las carreras 80 y 90, en límites con la reserva Van Der Hammen.
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