Las rumbas que acabaron con Iván René Valenciano

Aunque desde hace cinco años no se toma un trago, el Bombardero recordó el infierno que vivió cuando no quería hacer otra cosa que beber

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agosto 05, 2019
Las rumbas que acabaron con Iván René Valenciano

El último partido de su vida lo jugó en el infierno de Barrancabermeja enguayabado. Fue un 19 de marzo del 2009, un día antes había cumplido 37 años. La fiesta arrancó a las 7 de la noche. Ante el escándalo local Valenciano ordenó cerrar una discoteca para festejar. La rumba duró hasta las cinco de la mañana. El técnico de la Alianza Petrolera, Jorge Ramoa, lo llamó furioso a la una de la tarde. El Gordo no concentró con el equipo. A las tres de la tarde llegó al estadio. El partido lo arrancó de suplente. Alianza empezó perdiendo, a Ramoa no le quedó de otra que ponerlo para el segundo tiempo. En ese momento pesaba 100 kilos y cargaba a cuestas los estragos de un guayabo perfecto. Sin embargo entró y dos goles suyos hicieron que su equipo ganara. De premio le pidió a su técnico ir a Barranquilla esa misma noche. Apenas aterrizó en el Ernesto Cortizzos llamó a Ramoa y le dijo que el cuerpo no daba más, que se retiraba.

Se cansó de las dietas, de las concentraciones, de los entrenamientos bajo un sol inclemente. Se cansó de los estadios y de las lesiones. Iván René Valenciano, el mejor delantero de este país, quería rumba y tenía plata para gastar a lo loco. Y así lo hizo. Aunque se retiró oficialmente en julio en un partido homenaje a donde fue hasta el holandés Edgar Davis, Valenciano la pasó todo ese año en una fiesta inabarcable. Tenía mucha plata, hubo una época en donde llegó a ganarse 100 millones por mes, 1.200 millones por año. Él era el que invitaba, el que mandaba a cerrar el chuzo, billete en mano, como un personaje de Diomedes, para que nadie le dijera que no.

Así se le fue la familia, la esposa, los hijos y un día terminó viviendo con su mamá. La primera cerveza la destapa a las dos de la tarde, después de almuerzo. No sabía hasta que sótano del infierno había descendido hasta que su mamá se le acercó al cuarto donde dormía. Él ya estaba prendido, eran las cuatro de la tarde y la vieja le pidió 1.500 pesos para hacer una sopa. El hambre la taladraba. Él fue a buscar un billete en sus bolsillos pero de ellos solo salió una servilleta y unas cuantas monedas. Todo lo que ganó con el Junior, donde fue la máxima figura, todo lo que ganó en Italia, fue vendido por cinco millones de dólares al Atalanta, lo que ganó en México y con la Selección Colombia se le había evaporado.

Desde que tenía 19 años, cuando hizo un espectacular debut con el Junior marcando 30 goles en una temporada, tuvo el foco de la atención mundial sobre sus espaldas. Un año después fue vendido al Fútbol Italiano. Venía de ser el goleador del torneo Preolímpico de Paraguay y su futuro parecía indetenible. ¿Quién sabe qué clase de jugador hubiera sido si la rumba no se le hubiera atravesado?

Iván René, cuando no le pudo quitar a su mamá el hambre tomó la determinación de torcer su vida. Un día después vino su gran oportunidad, un hombre le daba 2 millones de pesos si asistía al otro día a una cancha en Soledad para hacer un saque de honor. Desde entonces enrutó su vida y hoy puede contar su testimonio cada vez que ve a un futbolista en problemas. Ahora incluso dicta charlas motivacionales donde cuenta su vida. Cuando sus compañeros de Fox Sports deciden celebrar Valenciano, el bombardero, no se esconde. Tiene la suficiente madurez como para no dejarse tentar por un sorbo de cerveza. No se toma un trago desde hace cinco años

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