Opinión

Las ridiculeces de César Augusto Londoño que aburrieron a Iván Mejía

Mejía se fue fastidiado con Londoño por su lambonería y en Cartagena hace lo que necesitamos que hagan los que se parecen a César Augusto y Rentería: callarse

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noviembre 24, 2021
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Las ridiculeces de César Augusto Londoño que aburrieron a Iván Mejía
Iván Mejía nos dejó sus trinos, mientras César Augusto y Rentería se convierten en maestros del autobombo

No hay nada más difícil en un país donde cada cuatro años gana el candidato que respalda Uribe que tener criterio. Los valientes que son capaces de expresarlo públicamente son lapidados sin piedad. Prepotentes les dicen, hijos de puta, afirman, traidores de la patria y amargados, sentencian. En el periodismo deportivo colombiano la sensatez y la independencia son cualidades en vía de extinción. Lo que sobran son lamebotas, borregos obedientes que jamás irían en contravía de los preceptos de su empleador. No hay espacio para la esperanza cuando las voces independientes son cada vez más extrañas. A mí me sorprende ver a un tipo como Steven Arce irse lanza en ristre contra el gobierno desde su twitter sin miedo a patear la lonchera. A mí me encanta Nicolás Samper y gozo cuando los ignorantes que lo acompañan en la mesa de análisis de ESPN lo ven como un maldito loco cuando dice que a él no le gusta Silvestre, que lo que le gusta es Eric Clapton, Leonard Cohen.

El prototipo de un periodista valiente, honesto en Colombia, al que no le gusta decir lo que no siente es Iván Mejía Álvarez. Además de estas cualidades está el talento, su opinión con peso. En los setenta fue uno de los primeros periodistas colombianos en escribir para el Gráfico, la Cahiers du Cinemá del fútbol, la puta biblia argentina del deporte más popular de todos. Ya había pasado por Barcelona y leído todos los libros de fútbol que un afiebrado puede leer, ya recitaba de memoria, como si fueran poemas, las alineaciones del Estudiantes de Zubeldía, del Inter de Helenio Herrera. Y entonces fue volver a este pantano y ver como el cargamaletines consigue llegar a la cima sin importar si tiene talento o no. Así cualquiera pierde la calma.

Un ejemplo de un periodista que no le hace daño a nadie es César Augusto Londoño. La única vez que tuvo el coraje de decir lo que sentía fue en la noche del 13 de agosto del 1999 cuando, enfurecido por el asesinato de su amigo Jaime Garzón, mandó a comer mierda a un país enfermo de fascismo. Pero en los últimos veinte años su decadencia se transformó en un monumento a la lambonería. Cuando usa el micrófono lo hace para apoyar las causas de los poderosos: se fue en contra del paro nacional, en contra del sindicato de futbolistas, usó el micrófono para atacar a González Puche, a la Primera Línea, a los enemigos de Win, a los que atacaban la realización de la Copa América en plena pandemia, a los que critican el orden establecido. Siempre parado en el lado incorrecto de la historia.

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´El Pulso del Fútbol´ empezó a morirse cuando, después de que Caracol hubiera decidido sacar a Gustavo Álvarez Gardeazábal de la Luciérnaga, Hernán Peláez decidió sentar su postura y renunciar a la cadena

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El Pulso del Fútbol empezó a morirse a finales del 2015 cuando, después de que Caracol hubiera decidido sacar a Gustavo Álvarez Gardeazabal de la Luciérnaga, Hernán Peláez decidió sentar su postura y renunciar a la cadena. Así que el Pulso se quedaba sin uno de sus motores y debido a que era el programa con más sintonía de Caracol Radio, decidieron reemplazar a Peláez con Londoño.

No hay dos personas más diferentes que Mejía y Londoño. Durante dos años Mejía tuvo que soportar la discutible manera de hacer periodismo de César Augusto, su peterpanismo crónico, la torpeza con la que quería modernizar el programa a punta de secciones simplonas como eso de Los amigos de Pulso, donde otros periodistas parecidos a él como el instagramero Gustavo Gómez le echaban flores sin asco, y, al final del 2018, Mejía dijo basta no sin antes dejar en claro lo mucho que le fastidiaba de Londoño su tendencia a quedar bien con el poder.

Y nos dejó solos, en medio de esta mediocridad. A veces nos quedan sus trinos, demasiado poco para llenar el inmenso vacío que dejó. Mientras tanto César Augusto y Rentería se convierten en maestros del autobombo, proclamando cada vez que pueden, sin que nadie se los pida, que ellos son el programa más escuchado de la radio nacional, que nadie puede con el Pulso del Fútbol y lo más patético es que escogen los correos en donde los alaban, los glorifican, en donde quedan como los redentores del periodismo nacional. Y mientras tanto, en Cartagena, Iván Mejía hizo lo que necesitábamos que hicieran los que se parecen a César Augusto y Oscar: callarse para siempre, desaparecer, esfumarse.

 

 

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