Las redes sociales, un nuevo campo de batalla en política

Las plataformas virtuales se han convertido en un lugar de encuentro para el debate, el problema es que el "irrespeto" se ha malentendido gracias a la "libre opinión"

Por: JOHN FREDY ARANGO *
abril 21, 2019
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Las redes sociales, un nuevo campo de batalla en política

Las redes sociales se han convertido en un potente instrumento de difusión masiva que rebasa a los tradicionales medios de comunicación. De las múltiples posibilidades que ofrece, han dinamizado el campo de la política permitiendo que cualquier persona de manera fácil y rápida participe en los debates sobre asuntos de interés público difundiendo información, opiniones e ideas, con el plus de hacerse “viral”.

Puede decirse que las redes sociales son la nueva Ágora, la plaza pública de la democracia moderna, en la que los ciudadanos se encuentran, se informan, deliberan y se nutren de las opiniones de los otros. Sin embargo y a pensar de estas bondades, también es un campo de batalla, cuyo uso no ha sido del todo responsable. Los contenidos de tinte político que se comparten, en su mayoría carecen de un fin pedagógico, no se coloca al servicio de la verdad, tampoco se intenta “problematizar” los problemas para consensuar soluciones y por el contrario, se ha convertido en un burladero para que sujetos inescrupulosos con intereses oscuros, desinformen, confundan y promuevan campañas de difamación y desprestigio que nada aportan a la construcción de una opinión publica responsable.

En esa guerra por la homogeneización ideológica y el monopolio de la información, se advierte un afán por desacreditar al otro, ya no se discuten los argumentos, sino que se ataca con ferocidad la moral y honra del oponente. Este es un rasgo distintivo de nuestra cultura política, donde no se ve al otro como adversario, sino como enemigo y como tal, no basta con refutar sus ideas, hay que eliminarlo. Esta característica es más nítida en tiempos de polarización política, en cada discusión se hace a un lado cualquier reflexión sobre los argumentos y se coloca en el centro del debate a las personas, con mucha facilidad se tiende a etiquetar con expresiones desobligantes a quien no es afín a determinada corriente ideológica.

En este punto, cabe citar a Estanislao Zuleta, quien en una de sus reflexiones acerca de las dificultades de la democracia señala que la misma implica la exigencia por el respeto, pero no bajo la égida del pensamiento liberal en el entendido de dejar que cada cual piense lo que le venga en gana y hacer uno lo propio.  Siguiendo a este pensador, en la democracia el respeto significa tomar en serio el pensamiento del otro; discutir con él sin agredirlo, sin violentarlo, sin ofenderlo, sin intimidarlo, sin desacreditar su punto de vista, sin aprovechar los errores que cometa o los malos ejemplos que presente, tratando de saber qué grado de verdad tiene; pero al mismo tiempo significa defender el pensamiento propio sin caer en el pequeño pacto de respeto de nuestras diferencias. Muy a menudo creemos que discutir no es respeto; muy por el contrario, el verdadero respeto exige que nuestro punto de vista, sea equivocado total o parcialmente, sea puesto en relación con el punto de vista del otro a través de la discusión. Esta idea es tan antigua que ya está enunciada por Platón en la Carta séptima a los amigos de Dión de Siracusa. (1) En un debate seriamente llevado no hay perdedores: quien pierde gana, sostenía un error y salió de él; quien gana no pierde nada, sostenía una teoría que resultó corroborada. Esta es una disputa muy distinta a la que se presenta en las guerras, en las que el que pierde, nunca gana.

De suerte que, un ejercicio del derecho a la libre expresión de manera responsable en el campo político, debe llevar a cada ciudadano a entender que la propia visión del mundo no es definitiva ni segura, porque la confrontación con otras podría obligarme a cambiarla o a enriquecerla; que la verdad no es la que yo propongo sino la que resulta del debate, del conflicto, pero todo esto en el marco del respeto, de la obligación de argumentar ante mi interlocultor y no descalificar a la persona.  Será este un noble propósito que conmina a abandonar los ejércitos de seguidores creados por las figuras públicas e influenciadores digitales, a compartir menos basura en redes sociales y ser más rigurosos con la verdad al momento de masificar la información y las ideas.

*Politólogo y Abogado

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