Opinión

Las opiniones fallidas

La crisis de credibilidad de los medios ha desembocado en la búsqueda de información en los nuevos medios, masivos, gratuitos, y mucho más irresponsables y arbitrarios que los tradicionales

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octubre 02, 2018
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Las opiniones fallidas
Nosotros, usuarios de las redes sociales, estamos siendo manipulados y encarcelados en mentiras prefabricadas por intereses económicos y políticos ajenos. Foto: Fixabay

El derecho a tener una opinión incluye el derecho a estar equivocado; a creer en mentiras y a reproducirlas. También, representa el privilegio -y riesgo- de confundir la ficción con la verdad y a plasmar en las opiniones, emociones inevitables y sudorosas y reafirmar prejuicios e ignorancias que para muchos -en el día a día- permanecen arrinconadas. Paradójicamente, la libertad de pensamiento puede prescindir del agotador e ingrato ejercicio de pensar. Con frecuencia, preferimos tomar atajos y asumir las opiniones de los otros como propias y de esta forma, nos condenamos a la realidad que los otros perciben.

En efecto, formarse una opinión puede ser una tarea tan autómata como profunda. Un reflejo de nuestra pereza e indolencia o la manifestación más elevada de la razón: la búsqueda, confrontación y selección de argumentos en aras de construirnos como individuos independientes y soberanos. No es poca cosa. Pero pareciera.

Durante mucho tiempo, la mejor alternativa para formar una opinión era acudir a la prensa, la radio y los noticieros. Aún recuerdo, siendo un niño, tratando de llamar la atención de mi abuelo mientras él permanecía inmutable, sumergido en la lectura del periódico matutino. No obstante, la crisis de credibilidad -que ha herido de muerte a la mayoría de medios de comunicación- nos enfrenta a una realidad desdichada: a mayores compromisos económicos de los medios, menor su transparencia, juicio y veracidad. No es extraño, que los hombres más ricos del mundo, en su canasta familiar, incluyan cadenas televisivas, estaciones radiales y periódicos. Adicionalmente, cuando la información -como sucede- es medida en función de audiencias (ratings) y no de verdades y problemáticas: los medios -salvo contadas excepciones- se han convertido en una versión culpable del mundo del entretenimiento. Negocios son negocios.

Curiosamente, esta crisis de credibilidad ha desembocado en la búsqueda de información en los nuevos medios, masivos, gratuitos, y a todas luces, mucho más irresponsables y arbitrarios que los tradicionales. Las redes sociales se han convertido en un sistema eficiente y barato de alcantarillado de nuestra sociedad donde se vierten los residuos y materiales tóxicos que terminan por contaminar nuestra diaria percepción del mundo.

No es cierto que estemos viviendo los años maravillosos de la libertad de pensamiento y expresión por el simple hecho de haberse multiplicado el acceso a la información y a sus fuentes. Cuando millones hablan al tiempo realmente nadie habla y nadie entiende. El diálogo termina cuando se da el primer grito.

 

No es cierto que estemos viviendo los años maravillosos
de la libertad de pensamiento y expresión
por haberse multiplicado el acceso a la información y a sus fuentes

 

Todo este fenómeno se agrava con el cuestionable algoritmo que utilizan las redes sociales para alimentar la información que obtenemos a priori: vemos solo lo que nos gusta. Así lo sostiene la crítica literaria, ganadora del Pulitzer, Michiko Kakutani en su libro La muerte de la verdad” en el cual describe la forma en que los rusos intervinieron exitosamente en las elecciones presidenciales norteamericanas.

Según Katukani, las redes sociales dependen económicamente del tiempo que la gente permanece en cada una de ellas y por esto, con sus algoritmos, apelan a la comprobada afición humana de buscar justificar y confirmar la opinión propia -así sea equívoca y ligera-. En efecto, las redes ponen a nuestra disposición información que depende casi exclusivamente de dos variables: i) nuestro perfil de gustos, apetitos e inclinaciones (que obtienen cada vez que ingresamos a las redes) y; ii) la información que a la fecha -incluso siendo una grosera mentira- este llamando más la atención. Las denominadas, hasta la saciedad, “tendencias”.

Teniendo esto en cuenta, la información que recibimos de las redes sociales padece de al menos dos carencias: una sistémica incapacidad de confrontación de nuestra opinión frente a la realidad (la de otros y la objetiva) puesto que solo vemos lo que nos interesa y nos gusta: un espejo trágico que ahonda nuestra vanidad de pensamiento y; en segundo lugar, recibimos información dependiendo de lo que llame la atención de los públicos -voraces de escándalo, chisme y calumnia- convirtiendo la realidad disponible en un espectáculo lamentable y barato.

Sin embargo, no todo está perdido.

Ejerciendo mi derecho a especular, auguro que los medios de comunicación -si quieren evitar su extinción- deberán convertirse en instituciones de verificación de información pública; certificadores de noticias que ayudarán a la construcción de la verdad - dejando al lado los intereses económicos por el incentivo mismo de sobrevivir-. Ejércitos de periodistas labrando con el ejercicio de su profesión - cada vez menos vocación- una mejor versión de los hechos, o al menos una realidad menos deforme a lo que recibimos diariamente.

Para el caso de nosotros, los medios de comunicación de a pie -usuarios de las redes sociales- bastará con darnos cuenta que estamos siendo manipulados y encarcelados en mentiras prefabricadas por intereses económicos y políticos ajenos (en el caso Ruso la desestabilización de la idea de democracia liberal imperante en occidente) y empezar a buscar otras fuentes de información para verificar su veracidad o al menos, no conformarse con los que “dice Twitter o Facebook”, porque como están las cosas, sería servir mansamente en la reducción de un mundo alérgico a la verdad y fascinado hasta la gula por la mentira.

Todos tienen derecho a una opinión. Pero siempre habrá opiniones mejores que otras. Todo depende de nosotros.

Disculpen que insista en esa conclusión, columna tras columna. Al parecer es la única que me queda.

@CamiloFidel

 

 

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