Las deudas e infortunios del Chino

Como muchos tamalamequeros, él ama la parranda y no duda en hacer lo que haga falta para que la juerga siga. Acá algunas anécdotas

Por: WLADIMIR PINO SANJUR
mayo 31, 2019
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Las deudas e infortunios del Chino

El Chino es un amigo de mi tierra, de mis épocas de parrandas y bohemias. Cada vez que voy al pueblo lo veo como si el tiempo se hubiera detenido, como si la vida se hubiera confabulado con él para que siga enriqueciendo nuestra  idiosincrasia local con sus anécdotas inacabables. Del Chino puedo escribir un libro completo, con títulos y capítulos, pero hoy me limitaré a tocar rasgos someros de su personalidad y su vida. Él es un despreocupado parrandero, solidario y amable. Vive en el Barrio La Alta Palmira de Tamalameque (pleno corazón de la pesca del municipio), donde es un rey entre pescadores y jornaleros. Sus parrandas se prolongan por días y se trasladan de patio en patio, sin necesidad de salir a las calles, pues los cercados de madera permiten que se traspase de un patio a otro en busca de la sombra.

A sus amigos que vivimos en la parte céntrica de Tamalameque nos embaucaba con cuentos y chistes para hacernos amanecer en su casa. Además, siempre hacía sopa de huevo a las 4 o 5 de la mañana. Todos en temple degustábamos “el levantamuertos”, como él lo llamaba, siempre con jocosidad. Mientras que se servía el caldo, decía: “Esta es mi cuota, yo les prometí un sancocho y aquí está, así que ruede la botella”.

Laboró durante muchos años como celador del Hospital San Rafael, donde hizo amistad con médicos y odontólogos. Allí adquirió en su lenguaje y en su personalidad rasgos, ademanes y palabras propias de los galenos. Incluso, acopló su vida al salario del director del hospital. Fueron muchos los momentos en los que sostuvo la parranda él solo, tres días de juerga a punta de ron y cerveza. Para ello vendía el sueldo, las primas, las vacaciones y todas las prestaciones sociales a los prestamistas locales. Aunque en la medida que se endeudaba bajaba la calidad del trago de sus parrandas, lo que nunca disminuyó fue el número de días de bohemia. Todas estas deudas le valieron el chiste propio y de los amigos, pero él incólume ante la adversidad y la jocosidad colectiva cuenta sus propios chistes como un antídoto contra la tristeza y los embates de la vida.

Cuentos de él hay muchos, pero puedo decirles que una vez mientras que mamábamos gallo debajo de un palo de mango en un patio de Puerto Bocas en medio de una parranda, me contó la historia de sus deudas y de sus acreedores. Entonces, con atención le escuché relatos fascinantes, propios de la caricaturización de la vida local. Entre risas se oyó que el Chino tenía una deuda con un agiotista local que llegó lleno de rabia a su casa en busca del deudor y que este al sentirle la voz se escondió detrás de una cortina que cubría la pared de la sala. Cuando el prestamista entró, encontró a su hijo menor en la sala jugando con un carro de cuerdas, entonces el agiotista preguntó todo sudado y con voz cansada: “Niño, ¿está tu papá?”. El niño levantó la vista y respondió: “Salió para el centro”. El prestamista ya había escuchado esta respuesta un centenar de veces, así que dio la vuelta y salió de la casa, pero, desconfiado antes de montarse en la moto, se asomó por la ventana y pudo ver la figura de el Chino escondido dentro del envoltorio de trapos que cubrían la pared, entonces le dijo al niño: “Nene, dile a tu papá que cuando vaya a salir se lleve los pies que los dejó detrás de la cortina”.

Entre risas y cervezas se escuchó a un borracho afirmar que había vendido todas las generaciones de su familia. Al preguntarle el porqué de la afirmación, a carcajadas me dijo: “Wlady, el man le vendió a Capota las primas de junio, pero también a Doritza, Dalila, Helmunt, Mirocha y por último a Cristina, así que para pagar ese poco de primas se necesitan unos diez tíos y él nada más tiene dos y ninguno tiene hija mujer, así que cómo pagará ese harén de parientes”.

El Chino reía al son de las anécdotas y en medio de una de las pausas dijo: “Muchachos, ustedes no me van a creer, pero una vez yo enguayabado y preocupado demoré acostado en la cama hasta tarde de la noche, hasta que me cogió el sueño. Tuve pesadillas con un rollo de culebras, había guardacaminos, boquidoras, mapanás y cascabeles. Todas venían hacía mí. Yo me recogí en la cama del lado de la cabecera, pero del techo cayó una boa que se enrolló en mi cuello y comenzó a asfixiarme, en ese instante me desperté, ya eran las cinco de la mañana. Entonces me levanté, me bañé, me tomé el tinto y me fui para el barrio El Machín en busca de la Pigua para que me interpretara el sueño. A ella no le sorprendió que llegara temprano, era como si me estuviera esperando. Me miró a los ojos y me dijo: Tuvo sueños feos, Chinito. Yo, aún consternado con el sueño, le dije que sí. Les juro que tenía miedo, pero también tenía la esperanza que ella interpretara ese sueño y me diera de su interpretación 4 números para yo apostar el chance y poder aliviar mi paupérrima situación económica. Pero qué va. Cuando yo le insinué la situación, ella me miró fijo a los ojos con su cara de loca y con una voz de ultratumba me dijo: ¿Usted quiere saber qué significa el sueño? Yo asistí con la cabeza y entonces me mandó su visión como un mazazo a mis esperanzas: Las culebras guardacaminos son Helmunt y Alix, las otras son Mirocha, Capota, Cristina y Dalila, pero la boa es Doritza, esas deudas te están asfixiando. Me despedí y luego de dar tres pasos, me regresé y le pregunté: ¿No vio ningún número para el chance? Y ella desde la cocina me gritó: No, mijito, para el chance no hay nada, los únicos números que vi fueron los millones de tus deudas, deja de beber y paga tramposo, de lo contrario te asfixiará la boa”.

Todos reímos mientras el Chino hacía silencio, pero luego de las risas él volvió a decir: “Vea, la vaina no es de risa. La misma noche la Pigua se sacó el chance con el número 0141, se ganó un poco de plata, esa bruja de pacotilla”. Yo lo increpé: “Eche, ¿cómo sabes que ese era el número de tus sueños”. Él, entristecido, dijo: “Compa, el cero lo representa el cuarto cerrado, el uno soy yo, las culebras son el cuatro y el último uno es la boa. Ahí está 0141”. En ese instante la risa fue más sonora.

 

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