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Hay una discusión sobre el origen del término “ciencia lúgubre” para referirse de forma peyorativa a la economía. El más aceptado se encontraría en la obra de Thomas Carlyle, un famoso pensador e historiador escocés del siglo XIX, quien se habría referido de esa forma al trabajo de Thomas Malthus, que según Carlyle atrapaba a la humanidad en una trampa de crecimiento poblacional y escasez de recursos, que llevaba al hambre y la desolación.
En el debate han terciado académicos que leyeron a Carlyle y encontraron que solo menciona a Malthus en dos ocasiones, en una de ellas en relación con el cartismo, el movimiento popular radical que surgió en el Reino Unido en los tiempos de Malthus y que abogaba por defender los cambios sociales y laborales que favorecieran a la clase trabajadora. La verdadera discusión de Carlyle se encuentra en un ensayo sobre la reintroducción de la esclavitud en las indias occidentales, donde demostraba que las cuentas daban porque se aumentaba la productividad y eso la justificaba.
Pero lo cierto es que la descripción hizo carrera y aunque en su nacimiento la economía se ganó el mote por defender la libertad humana frente a la esclavitud, hoy en día se la utiliza para describir lo aburrida o pesimista que puede llegar a parecer la gestión del dinero o los recursos.
Pues bien, la historia viene a cuento porque el distinguido académico Steven Koonin, profesor de la Universidad de Nueva York y exasesor de Obama en temas de medio ambiente, se hace un chiste un poco pesado sobre la posible existencia de una doble ciencia lúgubre. El chiste lo hace en un aparte de su libro de 2021 (Unsettled: What Climate Science Tells Us, What It Doesn’t, and Why It Matters), cuando critica las cuentas del cambio climático y de los efectos que podría tener en la economía. Dos ciencias lúgubres en acción, según él.
El punto de Koonin no es negar el cambio climático, sino el manejo mediático que se da al tema, sobre todo en lo que se refiere a sus efectos sobre la economía. No se tiene en cuenta la cautela con que los científicos hacen sus predicciones, dada la incertidumbre que se presenta al modelar cosas totalmente nuevas relacionadas con el cambio climático y sus impactos económicos. Además, no se sabe cómo va a cambiar el clima, porque los modelos climáticos son inadecuados y existe incertidumbre acerca de las emisiones futuras.
Había que agarrarse de algo después de leer por razones profesionales el informe del grupo de expertos intergubernamentales sobre la evolución del clima, que se divulgó en 2023. El informe muestra un futuro poco esperanzador. El balance de la salud de nuestro planeta es, sin sorpresa, sombrío. Aún en el escenario más ambicioso, donde las emisiones de CO2 se reducen a la mitad de acá a 2030, es probable que se sobrepasen los 1,5 grados centígrados de calentamiento en algún momento del siglo. Las consecuencias del calentamiento, dentro de las cuales el desplazamiento de especies, la elevación del nivel del mar y el deshielo de los glaciares serían irreversibles. En ese escenario algunas islas y ciudades costeras desaparecerían.
Pero bueno, Koonin quería brindar algún consuelo. Hoy en día con el telón de fondo de incendios y canícula en toda Europa, fuego en California, al tiempo con sequias en el Reino Unido e inundaciones en Nepal, no habría que exagerar, según él, en que se produzca además una debacle económica. Con una ciencia lúgubre, la relacionada con las predicciones del clima, es suficiente, y no hay que agregarle las proyecciones de modelos inadecuados.
Pero hay más. En la vena de Koonin se puede decir que está asomando la nariz de una nueva “ciencia lúgubre”, aquella que examina el futuro de la automatización y la inteligencia artificial (IA). Para algunos analistas, por ejemplo, Harari, estos adelantos tecnológicos pueden representar peligros significativos para la humanidad, especialmente por el mal uso que se haga de ella, la concentración de poder que pueda producir, las armas autónomas que puedan construirse con su uso, además de los ciberataques y la desinformación que puedan darse. También en este caso habría que matizar porque otros expertos aseguran que ese riesgo depende de las decisiones humanas, de su regulación y diseño seguro.
Frente a la posibilidad de una trilogía de ciencias lúgubres, se puede afirmar, como alguien decía con ironía “Nuestro principal problema, incluso ahora, es que nos resulta más sencillo imaginar el fin del mundo que el del capitalismo”. Tétrico como trilogía.
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