Las calles de un pueblo donde caminaba la violencia

A comienzos de milenio El Carmen de Bolívar sufría el terror de los enfrentamientos entre la Policía y las FARC. Hoy el panorama es diferente

Por: Maria Alejandra Salcedo Hernández
junio 02, 2016
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Las calles de un pueblo donde caminaba la violencia

Cuando el día clareaba en El Carmen de Bolívar, municipio del departamento de Bolívar, ubicado a unos 120 kilómetros de Cartagena, sus calles se poblaban de personas bulliciosas que iniciaban sus faenas en una aparente normalidad.

Era el año 2000. Los habitantes del pueblo empezaban sus rutinas diarias desde muy temprano: las personas salían a trabajar o al mercado, los niños salían para el colegio con sus uniformes bien planchados, algunos en motos y otros caminaban  en pequeños grupos; algunas mujeres en sus casas hacían los quehaceres domésticos, lavaban los platos, hacían el desayuno, barrían, trapeaban. Los vendedores ambulantes gritaban sus productos con pregones auténticos por las calles: "¡yuuucaaa, ñame, plátanos, aguaaacates!", gritaba uno. '"escaados, caaarnes", se oía la voz de otro.  Todos llevaban  una vida común y corriente…Pero cuando el sol empezaba a ocultarse, todo cambiaba.

“Cuando llegaban las 5:00 o 6:00 de la tarde ya mis hijos tenían que estar dentro de la casa. Mi esposa y yo llegábamos del trabajo y era a cuidar a nuestros hijos. Cuando llegaban las 7:00 de la noche lo único que sentíamos era una fuerte tensión y vivíamos a la espera de que en cualquier momento, cualquier cosa podía pasar”, cuenta, Nazario Salcedo Vivanco habitante del pueblo, “La guerrilla se apoderaba entonces de las calles”.

Él cuenta que la guerrilla llegaba al pueblo desde la parte alta de los Montes de María, en grupos numerosos muy armados. Se tomaban las calles casi silenciosamente  y las personas que se los encontraban salían enmudecidos para sus casas atrapadas por el  pánico, buscando cómo refugiarse de la balacera que esperaban se diera por el encuentro con la policía.

Algunas noches se escuchaban ráfagas de disparos, otras transcurrían en una tensa calma.

Javier Sierra Donado, otro habitante cuenta que eran tiempos difíciles, y la situación se tornaba cada día más peligrosa en todas partes. Recuerdo que una noche al lado del apartamento donde vivía mi familia, vivía un muchacho con su esposa e hija de apenas cuatro o cinco años. Él se desempeñaba como escolta del alcalde del pueblo, fue Policía un tiempo y tenía fama de persona mala, pero a mí no me parecía.

Esa noche, ellas estaban allí “las juanas”. Así le llamaban en el pueblo a la patrulla motorizada de la policía. Desde la otra esquina a eso de las 10:00 p.m. comenzó el hostigamiento a fuego cruzado entre las juanas y el 37 fuerte de las Farc. Era  martes 5 de septiembre del año 2000.

Mi esposa y yo nos refugiamos en el baño, tiros que van, tiros que vienen, bing-banck, pum-pom… Pensábamos que eso no terminaría. Esa noche se hizo eterna, el fuego cruzado duró aproximadamente dos  horas,  creo que fueron las horas más largas de mi vida.

Casi no pudimos pegar el ojo en esa noche, temiendo  que  pasara algo peor. Comenté con mi esposa: ¿será que esa gente se atreverá a llegar hasta aquí y acribillar a la familia del vecino y para desgracia nuestra, también nos arrastren a nosotros?”

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Estas eran las “juanas”, como le llamaban a la patrulla motorizada de la Policía. Foto tomada de radiosantafe.com

Fue una situación muy desesperante. Para Javier su más grande preocupación era su esposa en estado de embarazo, casi a punto de parir. Por fortuna, al amanecer la familia completa estaba viva. “Todos en el barrio y en el pueblo empezaron a comentar acerca del susto que pasamos por culpa de nuestro vecino que por no sé qué motivo pareciera que se hubiera convertido en un objetivo de la guerrilla”. Pero ese vecino no era el único que estaba amenazado. Según el Registro Único de Victimas (RUV), 1063 personas fueron amenazadas por actores armados en el año 2000 en el departamento de Bolívar, 255 en El Carmen de Bolívar.

A partir de eso, las noches eran tensas y tenebrosas por la calle 24 que era donde vivía Javier y su familia. Es una de las principales calles del pueblo y una de las más largas. está pavimentada, hay casas de lado y lado, pasa por la plaza principal, donde hay negocios, establecimientos bancarios, algunos árboles y atraviesa el pueblo de oriente a occidente. Por esa calle, dice Javier Sierra, pasaba mucha gente sospechosa observado hacia su casa que  estaba dividida en dos apartamentos: la parte izquierda donde vivía él con su esposa y al lado, el escolta y expolicía que trabajaba con el alcalde de turno.

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Esta es la calle 24 del Carmen De Bolívar (foto tomada del  eluniversal.com.co)

Algunas personas les comentaban: ¿a ustedes no les da miedo vivir al lado de ese policía?, a lo que ellos respondían que no, porque él era buena persona, de hecho se la llevaban bien, en el poco tiempo que habían tratado, inclusive llegaron a parrandear juntos en la terraza de su casa.

“Mi esposa y yo nos encerrábamos, desde esa noche del hostigamiento, muy temprano. A eso de las siete u ocho de la noche  ya estábamos encerrados en nuestra habitación, que era la última pieza del fondo de la casa, temíamos que fuera a suceder algo peor. Particularmente yo sentí un pálpito de que algo grave iba a suceder.

Habían pasado exactamente ocho días, recuerdo ese día como si fuera hoy, porque cuatro días antes mi esposa había dado a luz. Era el  14 de septiembre del año 2000 a eso de las 12:24 a.m. No habíamos podido dormir con mucha tranquilidad. De pronto, detonó una gran carga explosiva que había colocado la guerrilla en la terraza de la casa del guardaespaldas o expolicia que trabajaba con el alcalde. Nos cayó encima el cielo raso de nuestra habitación y también sobre la cuna de mi niña.

Afortunadamente unos minutos antes de la explosión yo había pasado para nuestra cama a la niña y cuando hizo la explosión me le arrojé encima de ella para que no le sucediera nada.

Mi esposa gritó y dijo: – ¡Mi mamá! ¡Mi mamá!

Mi suegra estaba dormida en el cuarto continuo al nuestro. Salimos cuando pudimos porque la bomba había destruido todo, hasta el cableado de la energía y se había ido el fluido eléctrico. Mi señora agarrada de mí mientras yo sostenía entre mis brazos y contra mi pecho a mi niña, salimos con mucho miedo a la calle. Ya estaba la policía con los vecinos.

Sanos y salvos afortunadamente, todos salimos ilesos”.

El médico de la familia esa misma madrugada revisó a la hija de Javier de los ojos,  oídos y todos sus reflejos. “Gracias a Dios mi hija no quedó con secuelas”, Dice Javier, y comenta que a partir de ese momento comenzó un sufrimiento por la pérdida de sus enseres, las autoridades prometieron ayuda para que repusiera las pérdidas sufridas. Este compromiso nunca se cumplió. Los muebles, equipos y demás se perdieron por completo.

Javier y su familia se mudaron por obvias razones. Encontraron una residencia al lado de las oficinas de Electro Costa.

“Habíamos llegado allí hacía exactamente un año y el día 13 de septiembre de 2001 estalló una carga de explosivos en las instalaciones de dichas oficinas, haciendo caer los escombros del cielo raso de nuestra vivienda. Nuevamente los medios de comunicación y los habitantes del pueblo comentaban lo sucedido”.

A partir de allí comenzó un calvario para poder superar este nuevo trauma y la pérdida nuevamente de algunos enseres. Javier dice que colocaron la denuncia ante las autoridades respectivas, porque les prometieron de nuevo ayuda  pero han pasado los años y aún están a la espera de algo que todavía no llega. Él y su familia no pierden la esperanza en que llegue tarde o temprano.

Pero las bombas no solo perseguían a Javier, se habían convertido en una amenaza común para los carmeros.

Henry Bloom, hijo de este pueblo, cuenta que la guerrilla un día llegó y bajó por toda la calle 27. Esta inicia en la montaña y  termina casi en el centro. En ese tiempo estaban algunas partes sin pavimentar, tenía bastantes huecos con charcos; estaba llena de fango en cada esquina, pero era una calle bastante transitada. Por ahí bajó la guerrilla una noche, luego pasó por la plaza del pueblo, siguió derecho, hasta llegar a una cancha de futbol que queda casi al final del pueblo.

“La canchita del 12 de noviembre”, es una cancha de tierra con dos arcos de fútbol, donde los fines de semana  juegan partidos. Allí llegaron y pusieron petardos en toda la cancha, cuenta Henry Bloom. “Imagínate esas cosas explotando a media noche, todo el mundo se asustó”, De las explosiones salían mensajes y símbolos alusivos a la guerrilla, causando pánico en la gente. Henry dice que ellos querían mostrarse, que el pueblo supiera que ellos estaban allí.

“También, cierto día, la guerrilla se puso como a 3 kilómetros del pueblo y ahí hicieron un retén. Paraban los carros, como si fueran hacer una requisa y los quemaban con el fin de atemorizar a las personas.

Un día, – continúa Henry – yo iba saliendo del trabajo, por la calle de la plaza, cuando de repente se me atravesaron dos tipos y empezaron a distraerme al frente de un local cuando de pronto se me subieron todos al carro, armados y amenazándome, yo estaba temeroso y les decía que si querían el carro que se lo llevaran, pero solo me decían que me callara. En fin, me terminaron bajando del carro y cogieron a un señor que trabaja en el local cerca de donde estaba y lo metieron en mi carro y se lo llevaron, eso fue tremendo susto, yo pensé que me iban a secuestrar”. Su temor no era infundado. Henry Bloom estuvo a punto de ser uno de los 21 secuestrados que hubo entre 2000 y 2001, sólo en el Carmen de Bolívar, según el RUV.

Henry cuenta que perdió su carro ese día de manera espantosa, y que así como se llevaron a ese señor, a diario se llevaban secuestrados a muchos más. Algunos fueron apareciendo tiempo después, pero otros hasta el día de hoy no se sabe si quiera qué pasó con ellos. Según el RUV, 419 personas desaparecieron forzosamente en el departamento de Bolívar y 163 de ellas en El Carmen de Bolívar durante el año 2000.

En este pueblo las calles son el recuerdo de una vida pasada llena de miedos, angustias,  pérdidas, masacres, enfrentamientos, secuestros, muertes por montón; además de los familiares y allegados desaparecidos, y de casas y otras cosas materiales destruidas por la violencia. Pero así como son el recuerdo de episodios amargos, las calles son el camino de una vida que sigue construyéndose con esperanza a pesar del dolor.

fuente foto tomada por el universal
Así es como luce actualmente la plaza principal del Carmen De Bolívar, reflejando en sus habitantes esperanzas y alegrías a pesar de los episodios amargos del pasado.  (foto tomada de eluniversal.com.co

 

 

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