Las bondades del cigarrillo electrónico: la gran mentira de la industria tabacalera

Ninguno de estos aparatos está avalado. Ninguno es inofensivo, pues contienen micropartículas que dañan los pulmones, metales pesados y componentes cancerígenos

Por: Blanca Llorente
noviembre 22, 2021
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Las bondades del cigarrillo electrónico: la gran mentira de la industria tabacalera
Foto: Pixabay

Lo nuevo no es siempre mejor. Prueba de ello es la reinvención de las industrias tabacaleras, que en los últimos años han enfocado sus esfuerzos no solo en crear nuevos productos, sino también en ejecutar estrategias de mercadeo innovadoras para crear más adictos.

Bolsas de nicotina que se deshacen en la boca, tabaco calentado o cigarrillos electrónicos que expelen aerosoles con sabores, hacen parte del catálogo de moda. Y entorno a lo nuevo propagan, tan fácil como el humo, la enfermedad y la desinformación.

Por eso, estos intentos de la industria por presentarse falsamente como proveedores de la solución al problema, es parte de los temas que, junto a la evaluación sobre las mejores medidas para el control del tabaco y la reducción de su prevalencia, están en discusión en la Conferencia de las Partes en el Convenio Marco de la OMS para el Control del Tabaco (CMCT) cuya novena reunión (COP9) se desarrollaron entre el 8 y el 10 de noviembre de este año.

Porque las tabacaleras ofrecen a los fumadores ahora nuevos dispositivos como alternativa para dejar el cigarrillo, valiéndose de que el 70 % de quienes hoy fuman en el mundo quieren dejar de hacerlo. También les dicen que el cambio supuestamente reduce la posibilidad de enfermar, y los libera de otras incomodidades como el olor y sabor residuales, la pérdida de capacidad cardiorrespiratoria o la pigmentación de los dientes.

Pero lo que no les dicen es que ninguno de estos aparatos está avalado como tratamiento o dispositivo médico (ninguno tiene registro sanitario). Tampoco que no son inocuos o inofensivos, pues contienen micropartículas que obstruyen y dañan los pulmones, metales pesados, saborizantes y otros componentes altamente cancerígenos. Y bajan el tono, claro, cuando se habla de la nicotina, la sustancia que los seguirá esclavizando.

Otros son los anzuelos para los no iniciados. A ellos, principalmente jóvenes, les ofrecen, directamente o través de youtubers, tiktokers e influenciadores, artefactos divertidos, aparentemente inofensivos, con sabores provocativos y, sobre todo, con una fuerte carga emotiva positiva por ser “lo cool” y lo que “está de moda”.

El objetivo de estos pocos, pero poderosos empresarios es seguir llenándose los bolsillos, haciéndole el quite a efectivas regulaciones con las que países como Colombia enfrentan la epidemia del tabaquismo, que cobra, cada año, más de 34 mil víctimas en nuestro país y 8 millones en el mundo entero (más del doble de las que ha dejado el COVID desde su aparición).

La mayoría no sabe que gracias al aumento de los impuestos, la implementación de los espacios libres de humo y la prohibición de publicidad, entre otras medidas, el número de fumadores se ha reducido en todo el planeta.

Hoy en Colombia tenemos 30 % menos fumadores que en 2008, cuando inició la implementación de estas medidas recogidas en el Convenio Marco para el Control de Tabaco (FCTC, por sus siglas en inglés), que es el equivalente del Acuerdo de París para el cambio climático, y que constituye el instrumento para enfrentar uno de los mayores retos de salud pública.

Sin embargo, esta tendencia constante a la baja puede estancarse o revertirse si hacemos oídos sordos y cruzamos los brazos ante la creciente evidencia sobre los verdaderos riesgos de las novedades que circulan en el mercado y los esfuerzos constantes de la industria por interferir en su regulación.

En todas las latitudes las autoridades de salud han advertido sobre un posible “tsunami” de todo tipo de cánceres y otras costosas enfermedades no transmisibles asociadas tanto al tabaquismo tradicional como a nuevos dispositivos.

Países como Panamá los prohibieron totalmente, y otros han empezado a regularlos. Hace unas semanas, por ejemplo, la Administración de Medicamentos y Alimentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) aprobó, bajo advertencia de seguimiento estricto y posibilidad de reversión, únicamente las cápsulas de nicotina sabor tabaco, luego de estudiar la solicitud que hiciera una tabacalera de avalar todos los sabores disponibles para un dispositivo que también se comercializa en Colombia.

Esta decisión envía al menos dos mensajes importantes: primero, no es cierto que vapeadores o cigarrillos electrónicos sean inofensivos, por eso requieren vigilancia y regulación estricta; y segundo, al avalar solo el sabor tabaco confirma que las nuevas presentaciones sí los hacen más llamativos para niños, jóvenes y adultos no consumidores.

En Colombia, para salvar y proteger vidas, tanto el Ministerio de Salud y Protección Social (Minsalud) como la sociedad civil promovemos un enfoque orientado a regular más que a prohibir, en línea con el FCTC. Esto porque infortunadamente somos uno de los países priorizados por la industria para comercializar sus nuevos inventos, y también porque la última Encuesta Nacional de Consumo de Sustancias Psicoactivas muestra que ya tenemos un preocupante 5 % de personas entre 12 y 65 años que manifiestan haberlos usado. De hecho, tenemos menores de 13 años que ya están experimentando.

Pese a que desde la sociedad civil estamos pidiendo una regulación desde 2014, a que las sociedades científicas han rechazado el supuesto daño reducido, y a que Minsalud y el Instituto de Evaluación Tecnológica en Salud (IETS) han advertido sobre las consecuencias nocivas de estos dispositivos, y formulado recomendaciones claras de regulación, aún hoy en el Congreso se discuten iniciativas que no responden a los mínimos necesarios para proteger a niñas, niños y adolescentes.

Afortunadamente hay miradas críticas y propositivas frente a este nuevo problema colectivo que, como bien lo ha descrito la literatura científica, es un verdadero “caballo de Troya”.

*Blanca Llorente  es economista y salubrista. Es directora de Investigación Fundación Anáas,  investigadora en Salud Pública con experiencia en políticas de control de tabaco.

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