La vida es mejor bailando: llegó el Petronio

Invitados de todos los lugares del mundo han empezado a arribar a la fiesta más grande del Pacífico, que en esta ocasión está cumpliendo veinte y tres años

Por: John Jairo León Muñoz
agosto 13, 2019
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La vida es mejor bailando: llegó el Petronio
Foto: petronio.cali.gov.co

. Es joven, se le nota con ganas de saltar y de gritar y salir a mover el pañuelo blanco y girar y hacerlo de la mano de visitantes de diferentes esquinas del mundo: con los de Guapi y los de Timbiquí. Y como se acostumbran a organizar las fiestas en el Pacífico, se ha armado una parranda para que dure cinco días. Se siente mayorcito y no le importa sentirse así, ha aprendido a manejar sus transformaciones con gusto, con ahínco y con una sonrisa siempre fresca y sincera. Llegan familias con sus abuelos y con niños y niñas, se acercan y saludan al cumpleañero. También es el momento de cantar por todas las voces de los líderes comunitarios que se ha llevado esta guerra inútil. Esta es una fiesta que le canta a la vida y se pregunta por los que no están hoy aquí, porque de seguro los atravesó un fusil apuntado por la incoherencia y las ganas de abolir la paz.

—Dios es negra o negro— dice Petronio.

Lo saludan varias mujeres negras con extensiones largas de cabello, una de ellas lleva un turbante y la otra luce su pelo suelto, crespo. Los cabellos y sus formas de lucirlos, en algunas mujeres, son obra maestra. Elaboración artística: paisajes y caminos que se tejen en la cabeza. Igual pasa con los hombres, hay figuras en sus peinados como si sobre ellas, con trenzas, se dibujaran las líneas de Nazca.

—Petronio resucita cada año, sigue vivo— grita una señora mientras se mueve al ritmo de un currulao.

Camino hacia la entrada a esperar a unos compañeros que me han dicho que irán por primera vez a este cumpleaños y, mientras espero, hay un chico al que no conozco y no lo dejan entrar porque lleva puesta una camiseta del América de Cali, otro joven que va de salida se quita su camiseta blanca y se la regala y le dice: pa´que entrés, vehj…

El Petronio está lleno de simbolismos de paz, pienso. Mientras escucho el sonido de fondo de una marimba, llegan al fin mis tres amigos, han comprado Viche y reparten el trago servido en una copita, de allí todos tomamos nuestra dosis. Camino con ellos y empieza el turno de las marimbas quienes hacen mover más las cinturas de quienes estamos allí. Al lado de nosotros hay un grupo de diez extranjeros. Al frente, por sus acentos, varias personas de Medellín y de Bogotá. Extranjeros y nacionales bailan, se hablan y se conquistan es con el baile. En el Petronio se enamora y se piropea es con el baile, no hay de otra.

—Que nadie se quede quieto— dice el Petronio

—Todos están invitados a bailar, a sentir con el cuerpo la música— vuelve y grita Petronio, mientras se bebe un trago de Arrechón

En el Petronio hay vendedores que andán vociferando: llévese el Viche y el Arrechón ¿Le damos la pruebita? Y, así, mientras uno camina haciendo la fila para entrar al coliseo le dan la pruebita o pasa observando y preguntando por las artesanías o por el pabellón de comidas, pues lleve su pruebita y, después, llega a la impactante tarima giratoria, y ya se ha tomado uno varias pruebitas entre Viche, Arrechón y Tumbacatres y, entonces, la cabeza ya va dando las vueltas necesarias para contemplar mejor los violines caucanos.

—Vea mijo, aquí nunca yo he visto una pelea y sabe por qué, pues el trago del pacífico…, el trago vuelve a la gente feliz— dice Petronio

Al fondo una multitud mueve cientos de pañuelos blancos, llevan moviéndolos hace veintitrés años cuando nació Petronio. Y desde hace mucho, Petronio y todos los negros, han sabido, anticipadamente, que la vida es mejor vivirla bailando. Esta es una bonita forma de vivir en paz… bailando hasta que le duelan a uno los pies.

—Quien viene a Petronio, viene es a extender la vida— dice el chico al que le regalaron la camiseta blanca en la entrada.

Y pienso que sí, la gente viene es por más vida, como si fuera una recarga de energía que necesita para que los pulmones se expandan más cuando cante. Para que se erice la piel. Para evitar que nos maten por negros. Para defender la vida. Para validar la identidad en los peinados y en el caminao. Para escuchar música inédita que viene de un violín. Para imaginar que viajamos montados en una canoa con el sonido de la marimba. Para mirar cómo se asombran las nubes con el río de gente que viene a bailar. Para mirar que todos somos hijos de Petronio. Para comer marranitas rellenas de camarón. Para sucumbir frente al tollo, la cazuela de chontaduro y la tostada de plátano con guiso de piangua. Para tomar el Arrechón, el Tumbacatre, el Viche, la Tomaseca, la Parapicha y saber de qué diablos es que estamos hechos. Para sentirse afrodisíaco. Para vivir en calentura con el borojó. Para estrenar las alas y subir y ver de cerca el color con el que se pintaron las estrellas. Para saber que a quien nos encontremos en el Petronio, ese si es un verdadero amigo. Para estar en movimiento con las manos, la cabeza y el estómago a ritmo de currulao. Para vivir la experiencia que el cuerpo se mueve solo. Para apreciar sonrisas sinceras y ebrias de festival. Para saber cómo es vivir en territorios de paz. Esa paz que no hay que dejarla quitar. Para mover pañuelos y dejarlos que dancen con la luna y con el viento. Para saltar hasta que duelan los pies. Para sudar y sentirse vivo. Para reír y escuchar el eco de la risa. Para contagiarse de chirimía. Para probar el sabor de la brisa del pacífico. Para que le hablen los violines caucanos al oído. Para dibujar paisajes de alegría en el cerebro. Para darse cuenta que efectivamente Dios puede ser negro o negra. Para sentir que una bonita idea de libertad es la fiesta del Petronio. Para imaginar que las olas del mar también se mueven al ritmo de los clarinetes. Pa' mete la mano, saca y hueler. Para saber cómo se tumba una casa a punta de rumba. Para recuperar la memoria. Para construir independencia e identidad. Para hablar con un desconocido y sudar con él. Para no dejar que nos maten la utopía. Para que el Petronio siga siendo un sueño de esos que uno nunca quiere despertar. Para que el Petronio sea siempre nuestro. Para que no nos maten nuestra idea de libertad. Para seguir resistiendo frente a los campos de sangre que callan las voces que piden justicia e igualdad.

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