Sí, me fascinaría la idea de coser un solo candidato con los retazos de nuestra miseria nacional: pongámosle la «verga» de Abelardo de la Espriella —esa masculinidad impostada y ridículamente machista con la que esta semana pretendió, con una estulticia propia de un psicópata, salir a conquistar el voto de las mujeres, y especialmente de las feministas—; sumémosle el «palomismo» de Paloma Valencia, que en la práctica nos servirá exactamente para lo mismo que sirvió el de Iván Duque (loas a Uribe, defensas a banqueros y Ñeñerías políticas); agreguémosle el vítor pro-Chávez de Iván Cepeda, cuya ceguera ideológica preocupa tanto o más que su incapacidad absoluta para objetar o notar los monumentales errores del Gobierno del cambio hacia el desperdicio del poder y en entusiasmo del latrocinio; y, para rematar, inyectémosle la tibieza de un Sergio Fajardo abatido por unos asesores, que no tengo la menor duda: han sido contratados y pagados por sus más acérrimos enemigos.
¿Es Colombia un Reality Show? Preferimos una telenovela barata a un Gobierno de verdad, pero el equilibrio nos obligaría a un estado de aburrimiento tal, que seguramente terminaríamos confrontando nuestros propios problemas infantiles irresueltos, por eso preferimos un país en manos de psicópatas y psicóticos.
COLOMBIA: UN PAÍS DE CAFRES
Colombia es un país políticamente tan inculto, tan analfabeta emocional, que las únicas opciones reales que nos quedan en el menú son unos chistes de mal gusto, peores que los de Daniel Samper.
A este paso, los próximos comicios presidenciales se disputarán entre Epa Colombia, el cadáver descriogenizado de algún paramilitar purgado del pasado como Carlos Castaño, e Iván Mordisco.
No sé qué rayos nos pasa. Supongo, que el cerebro de quienes no son fanáticos de Agro Ingreso Seguro, los falsos positivos, las zonas francas de Mosquera, las masacres de El Aro y La Granja o de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, parece que primero se “petrifica” y luego... “se-peda”.
Porque para Iván Cepeda, milagrosamente, todo está bien y sobre ruedas. Encomiable le resulta a su silencio el caso de Euclides Torres y los 95.000 millones de pesos de los paneles solares, de los cuales no sirvió ni uno solo para iluminar un discurso no leído. ¿Está bien que se le entregue a la órbita de Armando Benedetti una casa de la SAE de más de 3.500 millones de pesos a través de un ficticio y acrobático proceso de endeudamiento con su mujer (quien reporta ingresos de 300.000 pesos al año, que no le alcanzan ni para pagar una pieza en arriendo en Bosa, pero sí para respaldar un crédito cercano al millón de dólares)? ¿Todo está perfecto con el presunto soborno a Iván Name para lograr, desde la presidencia del Senado, la aprobación de reformas como la de la salud? Esa genialidad que pretende entregarle el presupuesto de 28 EPS a 1.101 municipios cuyas campañas políticas jamás se han pagado con sueldos. En los pueblos pequeños, una campaña a la alcaldía cuesta entre 1.300 y 2.500 millones de pesos, mientras que el sueldo del mandatario local es de apenas seis millones. ¿Se imaginan lo que va a pasar cuando semejante botín de plata les llegue directo a las manos? No va a quedar presupuesto ni para un acetaminofén en los hospitales públicos. Pero eso no es inconveniente. Lo conveniente es volver esos 1.101 municipios adeptos al Pacto.
¿Por qué no sumar al Frankenstein a Ricardo Roa?, el eficiente destructor de Ecopetrol; y con Petro, el salto cuantitativo a más de 262.000 hectáreas de coca sembradas -tal vez más de 320.000 según fuentes no oficiales— con la pérdida de más del 20% de los municipios del país, hoy bajo el control absoluto de las guerrillas. A los ministros encarcelados: Chuspas y Bonillita, librado de la cárcel este último no por probar su inocencia sino por vencimiento de términos.
Votar por Paloma es votar por Uribe y regresar de inmediato al país donde no la guerrilla pero sí los Paras y basura como el Ñeñe tenían el control casi total del negocio y las rutas del narcotráfico: el eterno retorno al lodazal.
Por el otro lado, Abelardo de la Espriella opera con un perfil que raya en lo sociopático, alguien que se enorgullece públicamente de amarrar pólvora a un gato indefenso para hacerlo estallar en mil pedazos. Un personaje que, según una radiografía de La Silla Vacía, le debe a la vida y al fisco 42.000 millones de pesos mientras sus activos reales son de 19.000 millones; una fortuna de humo construida al amparo de las familias de los capos del narcotráfico que defendió y de gentuza internacional de la talla de Alex Saab, celebérrimo testaferro de Nicolás Maduro.
Al mismo tiempo, Iván Cepeda ha dejado huella pública por su admiración por el monstruo totalitario de Hugo Chávez en una encendida apología al régimen dictatorial de Venezuela (como quedó registrado para la posteridad en este video de YouTube). Al fin y al cabo, su padre, Manuel Cepeda Vargas, no fue muy distinto a él al escribir una loa poética a las guerrillas del Tolima en un libro con el sugestivo título de Vencerás Marquetalia, cuyo rastro reposa en los anaqueles del Banco de la República.

Es fascinante: preferimos a estos personajes en el poder. No a gente empática, equilibrada, espiritualmente evolucionada. Nos encantan los eternos promeseros, profesionales del futuro sin pasado administrativo comprobable, mientras hacemos deliberadamente a un lado al único candidato que realmente sabe lo que es gobernar: Sergio Fajardo.
Fajardo, «el tibio», con todos los errores que queramos achacarle, representa el incipiente equilibrio en un país donde, al parecer, no tenemos derecho a contratar a nadie mejor para administrar el caos.
NINGUNO ES UN ESTADISTA
Ningún candidato ha hablado de la necesidad del Estado de financiar al 100 % las campañas políticas para acabar con la corrupción que ha secuestrado la democracia desde 1991. ¿Quién más ha arremetido contra los fortines intocables de la corrupción como la Procuraduría, el cartel del parque Álamos en Bogotá, el multimillonario negocio de las grúas de los policías, o la forma en que las guerrillas se disputan el control del narcotráfico a través de sus alfiles políticos, lo que costó la vida a Miguel Uribe tras ordenar el cierre del Bronx que les dejaba 1000 millones de pesos diarios.
En Colombia pasa de todo y no pasa nada. Fajardo es el único que no cabe en el monstruo descrito, por obvias razones. No es perfecto, pero en un país donde las opciones son esas, incuestionablemente es el mejor.
Preferimos la polarización con las que nos arrastramos hacia el reality show nacional porque nos resulta más adictivo que el país esté en llamas —una telenovela diaria que nos irriga el cerebro con dopamina y noradrenalina— a tener que confrontar y resolver nuestros problemas, a lo que nos obliga un Gobierno aburrido, técnico y equilibrado. Evadimos nuestra madurez democrática eligiendo, una y otra vez, a los alfiles de la corrupción y a los generales de las guerrillas de izquierda y derecha, que al final del día solo cuidan el mismo negocio: el suyo con frases populistas haciéndonos creer que es el de nosotros.
Dl mismo autor:Una revolución que cure la vida sin políticos y sin nacotráfico
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