Opinión

La ventana de la felicidad

Una mirada a Joan Miró, el enorme artista catalán

Por:
noviembre 02, 2019
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Cuando le preguntaron a Joan Miró sobre la independencia catalana o sobre la muerte del general Franco en 1975, el artista contestó “Hice  lo que pude para mantenerme libre. La libertad es una palabra que tiene mucho significado para mí y estoy dispuesto a cuidarla bajo cualquier circunstancia”. Por eso nunca fue un adulador, ni un artista político, no escribió manifiestos, no firmó peticiones. Se mantuvo al margen porque era introvertido y cauteloso. Por fortuna no tuvo nada que ver con la personalidad grandilocuente de su contemporáneo Salvador Dalí.

Vivió su vida. Nació el 20 de abril en Barcelona y murió tranquilo en su taller el 25 de diciembre de 1983 en su taller en Palma de Mallorca.  Vino al mundo de un padre relojero y de una madre que trabajaba con muebles. Al principio, en su pubertad de permitieron tomar unos cursos de pintura pero cuando empezaron sus progenitores a pensar en el futuro, lo obligaron tomar clases en un colegio comercial y en consecuencia trabajó dos años como oficinista lo que lo llevó a no resistir la incoherencia. Cayó abatido en una profunda depresión. Sus padres se lo llevaron a una casa que compraron en Monroij- cerca de Tarragona- y la recuperación fue de dos años mientras el silencio del área rural lo acompañaba y se llenaba la imaginación de paisajes con montañas.

Cuando volvió a Barcelona entendió que a pesar de que estaba enamorado del paisaje catalán, tuvo que viajar a Francia para entender ese sentimiento de pertenencia. Llegó a París pobre y sufrió la pobreza. Arrendó un austero lugar en rue Blomet  en donde compartía su vida con su esposa, su hija y disfrutaba de sus nuevos amigos el poeta Paul Eluard, el dramaturgo Antonin Artaud y el artista Tristan Tzara .

Rompió todos sus lazos con el Impresionismo y lanzó al vacío mientras se decía: “Abajo los llorones atardeceres amarillo canario”. El camino fue difícil. Poco a poco fue convirtiéndose en pintor, ceramista, escultor, realizador de tapices y enormes murales.

 

La Masía, 1921, obra que perteneció a Hemingway

Uno de sus cuadros fundamentales fue “La Masía” (La granja). Donde pintó cada uno de sus más profundos recuerdos catalanes. Miró, pintaba durante el día y por las noches iba a un gimnasio a desahogarse con el boxeo. Allá se encontraba con el escritor norteamericano Hemingway y poco a poco, llego el golpe: estaba interesado en el cuadro pero que no tenía dinero y el cuadro costaba 5.000 francos. Ya en los últimos pagos, Hemingway se vio demasiado atorado con los pagos, aunque conocía de sobra las necesidades de su amigo. Iba de bar en bar preguntándole a los amigos sí lo podía ayudar con su urgencia hasta que John Dos Passos lo salvó de aprieto. Con el tiempo Hemingway escribió algo que explicaba su urgencia “Después de que James Joyce escribió el Ulises hay que aprender a creer en la gente aunque en un principio uno no los entienda”.

 

Signos y constelaciones enamorados de una mujer, 1941

Después vino la etapa definitiva. Con la llegada de los nazis, Miró tuvo que refugiarse con amigos pintores en Normandía. Influenciado por los Fauvistas, el Surrealismo y el Dada empezó a pintar su propio sentido íntimo que comenzó con las “Constelaciones” donde salió otro mundo más amplio donde del fondo azul salieron estrellas.

Empezaba a pintar con el instinto y acababa con la cuidadosa alma de relojero. Después vinieron cometas, balones, cintas. Formas simples de colores, líneas. La vida se fue llenando de imágenes del inconsciente donde la conexión con la vida de la alegría traspasaba los horrores de su época.

 

Mujer, pájaro y estrella (homenaje a Picasso), 1966

Todo esto, para acordarme de Museo Fundación Miró en Barcelona. Algo muy bello que se encuentra en la montaña de Montjuic. Su donación la alberga un bello edificio diseñado por el gran arquitecto y amigo Josep Lluis Sert el mismo hombre que le realizó uno de sus sueños: su estudio en Palma de Mallorca.

 

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