La trágica historia del EPL en Urabá

La Restitución de tierras dividió a muerte a la guerrilla del Ejercito Popular de Liberación.

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Junio 11, 2013
La trágica historia del EPL en Urabá

Érase una vez una región llamada Urabá. Una geografía por tres departamentos: Antioquia, Córdoba y Chocó, que estuvo aislada hasta que en los años 50 se construyó la famosa carretera al mar que unió a Medellín con Turbo. El asfalto le abrió las puertas a una colonización antioqueña y en pocos años Urabá se convirtió en el más grande enclave bananero del país. Corrían los años 60 y mientras el mercado mundial demandaba la fruta, los históricos cultivos del Magdalena habían decaído. Fue entonces cuando la Frutera de Sevilla, filial de la United Fruit Company se instaló en aquella esquina bañada por el Atlántico y el Pacífico, de tierra fértil y abundantes aguas, donde por 25 años los cultivos crecieron de manera incesante.

Pero la expansión de esta economía no estaba exenta de atropellos a los colonos, y las condiciones laborales eran deplorables: jornadas de trabajo sin fin, empleados sin contrato ni prestaciones; una vida en barracas donde la violencia se volvió cotidiana, la palabra sindicato estaba proscrita y solo se permitían los sindicatos controlados por los empresarios.

A finales de los años 70 las guerrillas de la región pusieron sus ojos en el proletariado bananero. Tanto las Farc, como el recién nacido Epl, nacido de una disidencia del Partido Comunista, tenían presencia en la región campesina de Urabá. Uno de los dirigentes del Frente V, comandado por el legendario líder marquetaliano Efraín Guzmán, el joven paisa Bernardo Gutiérrez, abandonó las filas de las Farc y se vinculó al recién nacido EPL, lo que le dejaría no pocas rencillas entre sus viejos camaradas. En el EPL se encontraría con otro joven de Medellín, Mario Agudelo, quien venía designado como jefe del Pc-ml y cuya tarea asignada era de la mayor importancia: organizar a la clase obrera de Urabá.

La tarea fue cumplida con creces. En cuestión de pocos años los miembros del Pc ml, con el apoyo del EPL, había logrado que el sindicato de su influencia, Sintagro, pasara de tener 200 afiliados a 8000 afiliados, en un proceso que se ha llamado con razón,  de  “sindicalismo armado”.

Eran los principios de los años 80 y los diálogos de paz entre las guerrillas y el gobierno de Belisario Betancur también significaron un enorme crecimiento para el EPL que pasó de tener 80 combatientes a 400 en dos frentes guerrilleros. La influencia del Pc-ml se había disparado en el llamado eje bananero: Apartadó, Turbo y Chigorodó. En medio de la tregua, y con la llegada de la UP, los lazos entre las Farc y el EPL se estrecharon como nunca, y en el terreno político, se vivieron alianzas fervorosas.

Una de ellas fue la del sindicalismo. Sintagro y Sintrabanano (de influencia del Partido Comunista) se integraron en Sintrainagro y crearon una inmensa organización de 20.000 trabajadores que daría batallas inéditas por las condiciones laborales de la región. La primera de ellas un pliego único de negociación para 200 fincas bananeras que significó un cambio completo en la vida de los explotados trabajadores. En aquella primera batalla, un joven abogado, también de origen sindicalista y militante del Pc ml, haría las veces de asesor jurídico de los trabajadores: Gerardo Vega.  Sus interlocutores en la junta directiva del sindicato serían sus copartidarios Guillermo Rivera y Alirio Guevara, quien era un campesino que había sido traslado por su partido desde Catatumbo hasta Urabá.

Pero en Urabá no todo era lucha sindical. Un EPL fortalecido como nunca tenía en jaque a muchos empresarios bananeros. Mataban a los administradores que no pagaban extorsión, secuestraban y quemaban las fincas. La respuesta de las élites no se hizo esperar. En la Urabá de los años 80 ocurrieron las primeras y peores masacres de las que tuvo noticia el país por parte de los paramilitares, especialmente contra trabajadores de las fincas bananeras: Honduras y la Negra, por las que está condenado Hernán Giraldo, son apenas un ejemplo de ello.

Pero si en la zona bananera estaba bajo control de las guerrillas y sus brazos políticos, la zona campesina sufría el embate de los paramilitares. Los hermanos Fidel, Carlos y Vicente Castaño Gil se han instalado en Córdoba y desde allí quieren disputarle a la guerrilla el control de Urabá. La masacre de Pueblo Bello sería el bautizo de fuego, cuando se llevaron a 32 hombres que luego aparecieron enterrados en la finca Las Tangas. La guerra estaba declarada. Es entonces cuando los miembros del Epl, que no podían cubrir todo el territorio deciden crear un cuerpo de milicias. Armaron a campesinos en barrios, veredas y fincas bananeras, como un cuerpo de defensa ante la arremetida paramilitar. Un reconocido obrero sería el encargado de estas milicias que reunía a cerca de 2.000 personas: Rafael García.

Una de las personas que sufriría esta violencia paramilitar es Carmen Palencia, una campesina, líder nata, que vivía en Valencia, Córdoba con su esposo, ambos militantes del EPL. Pero en 1989 él es asesinado por los hombres de Castaño y Palencia tiene que desplazarse a Urabá, una zona donde siente que puede tener la protección de sus compañeros de lucha, y donde la prosperidad económica le permitirá ganarse la vida para levantar a sus hijos. Carmen pierde su parcela en Valencia, como la perdieron muchos. La estrategia de despojo de los Castaño ya estaba en marcha, pues querían expulsar la base social de la guerrilla y hacerse a las codiciadas rutas del narcotráfico en la región. Rutas que necesitaban todos los capos y carteles del país, y que los convertiría a la postre en la mayor estructura criminal del país.

En pos de la tierra, Carmen haría parte de un grupo de campesinos sin tierra que, bajo la hegemonía que imponía el Epl, invadieron unas tierras consideradas improductivas y baldías, pero que de inmediato una poderosa familia de la región reclamó como suyas: la familia Hasbún, cuyo patriarca según Salvatore Mancuso fue uno de los que más apoyó la entrada de las AUC a Urabá, y su hijo Raúl, que se convirtió en comandante de este grupo paramilitar, en el que se le conocía como Pedro Bonito y que según su propio testimonio sería el enlace entre los Castaño y los empresarios bananeros.

A finales de los 80 Urabá ardía. Pablo Escobar tenía en jaque al gobierno de Virgilio Barco, rota la tregua de Belisario Betancur, las guerrillas se habían unido en la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar y empezaron a mostrar una fuerza nunca antes vista; y en ese contexto se dio la primera elección popular de alcaldes en 1988. Urabá, que siempre había sido liberal, vio como en las alcaldías de sus más importantes municipios, los del eje bananero, llegaban dirigentes de la izquierda, gracias a una alianza entre la UP, en cabeza de Bernardo Jaramillo y el Frente Popular, en cabeza de Mario Agudelo y Gerardo Vega.

El EPL  y las Farc hicieron temblar a la región con osadas acciones guerrilleras como la toma de Saiza. Al frente de las tropas estaba Bernardo Gutiérrez y entre sus destacados combatientes estaban: David Mesa Peña, Dairo Úsuga, Juan de Dios Úsuga y Jesús Ignacio Roldán.

En la política las alianzas también fructificaron. En 1990 el Pc ml de Urabá apoyo la candidatura de Bernardo Jaramillo, de la UP, al senado, y estableció una alianza con el dirigente comunista Nelson Campos para la Cámara de Representantes de Antioquia, en cuya suplencia estaba Aníbal Palacios del Frente Popular. Ambos candidatos ganaron sus curules.

En aquel entonces nadie se imaginaba que esa luna de miel duraría poco, y que durante los 20 años siguientes los caminos de todos tomarían rumbos inesperados.

La desmovilización del EPL partió en dos la historia de Urabá.  Cerca de 640 combatientes entregaron las armas y se convirtieron en un partido político: Esperanza, Paz y Libertad. Pero las milicias de Rafael García nunca lo hicieron. ¿Por qué? Según explican algunos de sus protagonistas, por los temores a ser agredidos por los paramilitares. La desconfianza y el miedo. Y esta decisión tendría consecuencias tremendas.

Los primeros años fueron magníficos para la nueva Esperanza, Paz y Libertad. Tenía presencia en todos los municipios de Urabá y en 1991 compitió por las alcaldías en alianza con la UP. En Apartadó por ejemplo, ganó José Antonio López Bula de quien Gerardo Vega fue secretario de gobierno. Bernardo Gutiérrez pasó de ser jefe del EPL a ser senador de la AD-M19. Mario Agudelo es el jefe regional de Esperanza Paz y Libertad y Carmen Palencia ahora vive en Apartadó y trabaja con la Alcaldía como promotora de salud.

Fueron pocos los meses en que hubo tranquilidad para el recién desmovilizado EPL, a quienes ahora conocían como los “Esperanzados”, y no les caía mal que así los llamaran, hombre y mujeres trajinados en el riesgo y la violencia ahora pretendían vivir en la legalidad.

Pero poco tiempo después, en febrero de 1991, un grupo de desmovilizados se consideró traicionado por el gobierno y se rearmó, acusando a los Esperanzados de haber cometido traición. En este grupo estaban los hermanos Úsuga, José Miguel Gil Sotelo, Jesús Ignacio Roldán, conocido como “monoleche” y liderados por David Mesa Peña, conocido como Gonzalo. Se trataba de apenas 60 de los 640 que habían dejado las armas pero con fuerte presencia en el norte de Urabá. Se les conocía como los “caraballistas” puesto que estaban bajo el mando del jefe histórico del EPL, Francisco Caraballo, que no se desmovilizó y que para entonces hacía parte de la Coordinadora Guerrilla.

Esta disidencia inició una violenta campaña contra los Esperanzados a la que también se unieron las Farc. En pocos meses fueron asesinados 60 integrantes de Esperanza Paz y Libertad, entre ellos a Alirio Guevara, cuya muerte paralizó a la región por varios días. En una jornada cívica en protesta por su muerte el alcalde de Apartadó Nelson Campo dijo: “la jornada cívica es en contra de la violencia y de la Coordinadora Guerrillera y en favor de la paz.”

La dirección de Esperanza, Paz y Libertad, en cabeza de Mario Agudelo y Teodoro Díaz buscó la protección del Estado. La Policía, según cuentan ellos, les dijo: “eso es una pelea entre guerrilleros y allí no nos metemos”.  Es así como varios de ellos optaron por armarse de nuevo en los Comandos Populares, echando mano en primera instancia de las antiguas milicias que seguían intactas. Años después la justicia condenaría a Rafael García por la creación de los Comandos Populares. En el expediente de Justicia y Paz donde reposan testimonios que describen esta época se relatan así los hechos:

De acuerdo con la Fiscalía 17 de Justicia y Paz, en el Urabá antioqueño los Comandos Populares conformaron cinco facciones, distribuidas en los municipios de Turbo, Apartadó y Carepa, comandadas por antiguos guerrilleros del Epl.

La primera de ellas hizo presencia en el área de San Jorge, municipio de Turbo, cuyo jefe fue Benito Ricardo Betín Muñoz, alias ‘Mataperro’, y de donde surgió Ever Velosa García, alias ‘HH’; la segunda, en Apartadó, con Teodoro Díaz, alias ‘Platón’, como comandante; la tercera estuvo en el embarcadero de Zungo, de Carepa, al frente de la cual estuvo Realvale Sepulveda Corrales, alias ‘Alfonsito’; la cuarta en Churidó, vía Turbo-Necoclí, comandada por Manuel Salvador Bedoya Gómez, alias ‘Alfair’; y la quinta en Nueva Colonia, de Turbo, con Pedro Camacho, alias ‘Camacho’, a la cabeza.

Sobre los mandos superiores de esas facciones, los ex paramilitares no se pusieron de acuerdo. Alias ‘El Tigre’ detalló lo que para él fue la comandancia de los Comandos Populares. Según él, estuvieron Manuel Teodoro Díaz, alias ‘Platón’; Mario Agudelo Vásquez; Miguel Galeano, alias ‘Ratón’; Rafael García, alias ‘El viejo’, y Aníbal Palacio, quienes conformaban la dirección política de Esperanza, Paz y Libertad. “Esta es mi verdad, ya ustedes confirmarán”, le dijo a la Fiscalía. “Urabá enteró sabe la verdad sobre la comandancia de los comandos populares”.

Alias ‘El Viejo’ descartó que los Comandos Populares hayan surgido con el apoyo de la dirección política del naciente movimiento político Esperanza, Paz y Libertad: “Estoy seguro que si hubiese sido Esperanza la que hubiera montado este grupo, la ‘Casa Castaño’ no hubiera dejado pelechar a los Comandos Populares, porque lo hubieran catalogado una fuerza contraria a sus aspiraciones”. No obstante, admitió que esa estructura armada fue conformada por “desmovilizados de Esperanza, Paz y Libertad. Eso es una realidad”.

Con una violencia abierta entre la disidencia del EPL, liderada por Gonzalo, contra Esperanza Paz y Libertad y la irrupción de los Comandos Populares, se abre escriben las peores páginas de Urabá,  en las que Carlos Castaño y las Farc se jugarán a muerte el control de la región, y donde sindicatos, empresario y militares estarán en el corazón del conflicto.

 

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