La tiranía del saber

Qué ironía es ver el conocimiento como una investidura de poder: “Hola, tengo un doctorado, licencia para humillar, soberbia al caminar, prepotencia al responder”

Por: Jorge Luis Renteria
agosto 01, 2018
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La tiranía del saber
Foto: Pixabay

Las instituciones educativas ostentan hoy la vanguardia científica heredera de la Enciclopedia, la Ilustración y el Humanismo Racional, y aunque unos de los orígenes de la academia haya sido en la Edad Media bajo el cobijo del cristianismo europeo, la comunidad académica no debería autoproclamarse la custodia de la “luz divina” y marginar a las personas, sus experiencias y saberes en nombre de la razón y la verdad, actos cotidianos en los ámbitos intelectuales que ni las muchas doctrinas religiosas realizan hoy desde la fe.

De niños nos enseñaban a respetar a los mayores, a no hablar mientras un adulto hablaba y a obedecer a sus órdenes. Recibíamos premios si hacíamos lo que ellos querían. Luego, en el colegio, aprendimos que la profesora no solo se respetaba por adulta, sino porque también “sabía mucho” y además de seguir sus órdenes debíamos admirarla por su conocimiento.

“Ser mejor que los demás a través del saber más que el otro” era lección implícita de todos los días en el colegio. Premios al que más sabía y burlas al que no entendió era la pauta que nos señalaba cuál era el verdadero currículo del colegio. Saber biología era importante, historia, fundamental, pero incluso las fórmulas y ecuaciones de las matemáticas se justificaban en ese último propósito educativo: “ser alguien en la sociedad”.

Saber es muy importante. El respeto al conocimiento científico encarna un recorrido histórico de la humanidad por el dominio de la naturaleza y grandes esfuerzos por la convivencia pacífica. Así, ante el misterio de la vida y el horror de las guerras aprendimos —“gracias a Dios" y al positivismo moderno de Comte, Mill, y Bacon— a dejar un lado al oscurantismo religioso delirante, sembrando la duda y el método científico como bases de conocimiento y del desarrollo.

Pero el dulce sabor de la razón que floreció con la Ilustración del siglo XVIII, que acabó con las maldiciones como explicación de las enfermedades, que gestó los orígenes de los derechos humanos, las repúblicas, las libertades y en general sentó las bases de la ciencia, aquel dulce con el tiempo y la voluntad de poder de los hombres, se fermentaría a tal punto que embriagaría la mente intelectual eructando bocanadas de pedantería, clasismo intelectual y prepotencia.

La razón sabe feo cuando se abusa y se manipula, cuando en los claustros de las universidades y colegios se escupen proposiciones, sintagmas, constructos y demás formas emperifolladas de las ideas y opiniones con profusión de corregir, pero sobre todo con el ánimo de aleccionar y “poner en su sitio” a quien ose de decir alguna sandez o “peor” un falta de rigurosidad conceptual que violente “la práctica de la verdad”. ¡Qué horror! Esta ceguera desconoce que el amor a la verdad no solo invita a corregir los equívocos del pensamiento, sino a procurar otras posibilidades para su refinamiento y cualificación.

Estos personajes son los defensores de la razón y la “verdad” o mejor, los testaferros y verdugos de Platón, Nietzsche, Marx y demás “dioses" teóricos. Son los que custodian la sabiduría infinita como cancerberos de los avernos o más parecidos a los caballeros de la Santa Inquisición.

Representan la tiranía del saber. Son los tiranosabios ex, son “tiranos” porque someten, “sabios” porque “saben” y “ex” porque su reinado en la sociedad caducó hace varias décadas con el protagonismo de la corrientes posmodernas. Es una especie en vía de extinción, una de las poca que hay deliberadamente dejar desaparecer. Es un título bien ganado porque como el fósil de finales del periodo Cretácico, el tiranosaurio rex, estos intelectuales exhiben un poder abusivo desde la razón y con argumentos imponen una supuesta justicia, disciplina y control.

No hace falta buscar mucho, son frecuentes los comentarios de los estudiantes en los pasillos sobre la pedantería de algunos docentes, la burlas de algunos compañeros eruditos, los círculos académicos herméticos, la poca tolerancia al error, los exámenes centrados en la forma y el detalle entre diferentes manifestaciones del ego intelectual tiranosabiesco.

Qué ironía, se entra a la universidad, a la casa universal del conocimiento, de la diversidad, de la tolerancia y del respeto por las ideas, y al final se piensa que se sale del templo de la sabiduría infinita, que se visitó las mansiones de cristal del Olimpo y que, una vez ha sido bañado con la quinta esencia de la razón, se tiene licencia para callar, hundir, aleccionar, juzgar y demás cariños que “alguien tiene hacer” para que se respete la verdad.

Se gradúan, se invisten bajo el poder del saber, y los nuevos profesionales, ni cuestionan las lógicas injustas de la sociedad, y sintiéndose orgullosos por las trasnochadas y los extensos libros leídos dicen: “Yo cobro por lo que sé”. Prefieren el “Conoceréis mi verdad y la verdad os hará libres” de Juan 8:32, en vez de su código deontológico o simple ética profesional, prefieren con acritud mesiánica inflar su ego que reconocer y respetar con su comportamiento, la diferencia, el error, la lentitud entre otras cosas tan humanas de la estupidez. Pero obvio, “es más trabajo para ellos, es más incómodo devolverse y lógicamente tolerarlos es perder altura en el debate y eso lo justifica todo”.

Bienvenidas sí las críticas y opiniones promotoras del desarrollo científico y humano. Pero son críticas destructivas, las que se disfrazan de “bienintencionadas “cuando pretenden librar de falsedad e ignorancia a la personas a base de regaños, castigos y humillación.

Actualmente la industria de conocimiento se erige sobre el ego, reproduce el principio neoliberal de la competencia, desconoce el proceso premiando a la excelencia como producto de la educación. La academia, además de difundir conocimiento, debe ser un espacio de cuestionamiento moral, que reflexione sobre lo que ocurre en la sociedad pero también lo que ella misma produce y reproduce. Repensar la vida, para la vida misma.

Es muy triste ver a profesores y estudiantes eruditos que se pavonean entre discursos sin ni siquiera escuchar realmente al otro. Hablan y despliegan sus diplomas como abanicos adornados con palabras raras, refrescándose y levantando aplausos, mientras acaloran y hunden a los demás copiando el confundido estilo de un show de thug life y olvidando los principios cooperativos que fundan la educación.

Qué ironía es ver el conocimiento como una investidura de poder: “Hola, tengo un doctorado, licencia para humillar, soberbia al caminar, prepotencia al responder”, "Hola ¿qué tienes tú? ¿Un masterito?, ¿solo una especialización? o ¿eres un simple profesional?".

La educación debe atender y replantear los significados que subyacen en la rutina educativa, porque no solo es importante el conocimiento sino los valores implícitos que adjetivan y caracterizan el conocimiento. ¿Qué valores estamos reproduciendo desde las transmisión de información? ¿Seguimos enseñando a competir en todo plano a todo costo? ¿Continuamos alentando a ser más grande que los demás, porque pez grande se come a pez chico?, O al contrario ¿humanizamos la educación promoviendo en los contenidos actitudes de humildad, cooperación, solidaridad en las aulas?

Es importante detenerse a tan siquiera pensar: ¿son evitables las críticas ácidas al terminar una exposición?, ¿tiene sentido que el profesor se enoje porque sus estudiantes responden incorrectamente?, ¿es necesario humillar al oponente para demostrar que se sabe más o se está equivocado?

Cuánto nos ha costado como sociedad abrir espacios de participación social y de inclusión educativa para que una vez dentro, al neófito aprendiz, les cerremos el diálogo y las oportunidades de aportar en la construcción de futuro.

¿Hay algún motivo válido para humillar y marginar a los estudiantes en nombre de la verdad y el conocimiento?

No lo hay, y además de ser irónico, es tiránico.

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