Opinión

La tercera vía

El mundo no imaginó que pudiera tener un uso tan maquiavélico como el que le pretende dar Santos: hacerse aprobar su negocio de paz por la tercera vía

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noviembre 22, 2016
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Hace unos años, un grupo de pensadores concibieron la receta de un intoxicante cóctel de ideas, revuelto con malas intenciones y un toque de fanatismo capitalista, al que bautizaron como la tercera vía. Como todas las ideas surgidas de mucha teoría y muy poca práctica y menos profundidad, el proyecto de modelo político e ideológico se quedó esperando mejores años, mientras que los problemas globales que pretendía resolver siguieron creciendo, en parte por la desacertada ejecución en la vida real de sus inventores en el papel y en los claustros universitarios neoliberales.

El propio presidente Santos escribió un libro sobre el tema, con prólogo de su amigo Tony Blair, el cual fue lanzado como a Santos más le gusta: una fiesta de personajes importantes en Cartagena, para agregarle en pompa y boato lo que no tiene de sustancia.

Lo que nunca se imaginó el mundo es que la llamada Tercera Vía,  pudiera tener un uso tan maquiavélico como el que se le pretende dar ahora por parte de Santos, y es el de hacerse aprobar su negocio de paz por la tercera vía. Ya no será la del plebiscito, porque sabe lo que le puede suceder, llueva o no llueva. Por otro lado, ni siquiera él tiene la cara para pasar su acuerdo por el Congreso, sabiendo de antemano el desprestigio de esta institución que deslegítima todo lo que toca.

 

Santos no tiene la cara para pasar su acuerdo por el Congreso,
sabiendo de antemano el desprestigio de esta institución
que deslegitima todo lo que toca

 

¿Qué le queda? La tercera vía, pero no la ideológica sino la vía del cansancio. Para simplificar el acuerdo lo hizo pasar de 297 a 310 páginas, conteniendo el mismo sartal de imprecisiones, lugares comunes, manifestaciones de buena voluntad del anterior, pero dejando intactos los tortuosos vericuetos que con seguridad le van a abrir el camino no solo a las interpretaciones amañadas, sino además a la dictadura del Consejo Superior de la Judicatura y a la quiebra del Estado por cuenta de las innumerables acciones populares y de grupo que inevitablemente se vendrán como consecuencia ya no de la incapacidad, sino de la imposibilidad que un Estado pobre y carcomido por la corrupción tiene para financiar  ese país de las maravillas que dibuja el acuerdo.

¿Quién va a responder económicamente si el Estado no logra reducir el analfabetismo a los niveles que se comprometió, o el acceso al crédito a los líderes y lideresas, o acabar con la desigualdad de oportunidades, y el resto del catálogo de buenas intenciones que se redactaron en el nuevo mamotreto? Ni Santos, ni De la Calle, eso es seguro. Menos las Farc, que no están arriesgando nada en caso de colapso del nuevo orden que pretenden fundar. El texto de su acuerdo los salva de responder por el caos.

Para eso sirvió la Tercera Vía. Para seguir imaginando mundos imposibles y poder culpar a otros de su inviabilidad práctica. Las generaciones futuras difícilmente podrán entender qué pasó en esta década de anestesiados. Pero van a pagar las consecuencias de la irresponsabilidad de unos dirigentes que cedieron a sus propios cantos de sirena, embrujados por la adulación internacional, incapaces de pensar siquiera en la generación siguiente; y de unos ciudadanos que renunciaron a ejercer sus derechos a manifestarse en contra de los absurdos propuestos por una camarilla de egoístas, más interesados en brillar que en producir calor.

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