La tarde mágica de Wilson Morelo

El delantero cardenal, que lleva 6 goles en la copa Libertadores, consiguió marcar 4 anotaciones en un juego. El precedente de esta gesta lo tenía Walter Perazzo

Por: Jorge Eric Palacino Zamora
febrero 26, 2018
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La tarde mágica de Wilson Morelo
Foto: Gustavo Torrijos / El Espectador

Parecía un partido de trámite. Una de esas tardes repetidas de domingo con silencios prolongados, apenas interrumpidos por los reportes de resultados del fútbol de los clubes de Europa en la estación radial. En la calle 57, cerca del estadio Nemesio Camacho, chicos enfundados en sus rojas camisetas, agitaban trémulas banderas y sonaban cornetas sin afán, camino al escenario libertario del fútbol capitalino, como en todas las latitudes del mundo, una excusa para sobrevivir a esa sucesión incolora y vacía de tiempo perdido, una suma de emanaciones extrañas, con sensaciones de ausencia, un día que, para muchos, no hacía falta inventar.

Quizá por esa razón se programan también los partidos de fútbol las tardes de domingo, para espantar el tedio, para llenar tanto silencio con las voces entusiastas de los narradores o las interminables ecuaciones que caben en la cabeza de un comentarista, y las descripciones de guayos y camisetas, de sudores y gestos a las que recurre el reportero de camerinos para cubrir las dos y tres horas de trasmisión.

Ya en las tribunas, en oriental y occidental, los hinchas más fieles, contabilizados en 14 mil tiquetes, aventuraban hipótesis de la paradoja vivida por su equipo amado, con prometedores números en la Copa Libertadores y saldo negativo de tres derrotas en línea en el torneo local. Los más escépticos aseguraban, que ante derrota, no volverían al estadio, y los   más aterrizados apostaban a que esa tarde sería el momento de la resurrección Cardenal.

El profesor Gregorio Pérez, empujado por el afán de empezar a sumar, envío al mismo once que a mitad de semana logró se impuso por 3 a 0 en casa ante Santiago Wanderers de Chile, en el certamen Internacional, con excepción de Juan Daniel Roa, quien fue reemplazado por Sebastian Salazar.

La fórmula sirvió desde el pitazo inicial. Un Santa Fe ordenado, con gran dinámica en el medio campo, especialmente por el talento de Jhon Pajoy. Camina como artista, se peina como cantante de reguetón y cuando se decide juega como un consagrado del balompié. Emerson Plata, explosivo corriendo por las bandas, complemento perfecto para generar opciones de gol en el arco de Jaguares de Córdoba. Juan David Valencia y Carlos Arboleda con una salida equilibrada sumaban desde el cuarteto posterior, siempre con vocación ofensiva.

Santa Fe tenía una puesta en escena casi perfecta. Cuando apenas Wilder Mosquera, portero de la visita, terminaba de ajustar sus guantes ya se habían perdido dos claras opciones del gol. Apareció el gran protagonista de la notable exhibición del fútbol presentada por Santafé. Wilson Morelo, el deportista tranquilo y espiritual que soportó varias lesiones el año anterior, aguardó el momento preciso para acomodar el primero de cuatro goles históricos, no solo por el momento de necesidad por el que atraviesan los rojos en la liga interna; también por el significado de marcar cuatro anotaciones en un juego, un evento que hacía 33 años no se vivía en Santa Fe.

Todos ayudaron al delantero monteriano, el propio Plata, quien tras dilapidar dos opciones clarísimas optó por convertirse en su socio incondicional, tirando centros desde las bandas que Morelo supo aprovechar para consolidar el sueño de celebrar cuatro veces, mientras la parcial roja intentaba ubicar una tarde tan prolífica para una plantilla señalada de timorata y defensiva. Perlaza, quien aportaba en marca y en búsqueda de gol, le cedió otro tanto al atacante en racha, quizá movido por la solidaridad y la sensación de ver a su compañero convertido en el protagonista de una tarde mágica para Santafé.

El del cierre fue una partitura de preciosa interpretación. El propio Morelo se desmarcó en una baldosa. Dribló como los atacantes de antaño, como lo hiciera el inolvidable Walter Perazzo hace 33 años y como el atacante argentino, que aún celebra en la portada de alguna portada de la legendaria revista Nuevo Estadio, Wilson corrió para celebrar con los ojos cerrados, una estampa que inmortalizaron los reporteros gráficos, que cada domingo dejan a sus familias en casa, para acudir al estadio con la ilusión de ver una gesta, un capítulo distinto, un episodio que se quede en el recuerdo como el que les regaló esa tarde noche este goleador mágico que ha de vuelto la esperanza de un futbol generoso para el Santa Fe.

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Wilson Morelo es un verdadero amigo

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