Escritores colombianos de izquierda al servicio de la derecha

Estamos ante un escenario de fuegos artificiales y de falsas circunscripciones que terminan en desbandada… los fatuos que pretenden ser y no ser al mismo tiempo

Por: Juan Mario Sánchez Cuervo
febrero 26, 2018
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Escritores colombianos de izquierda al servicio de la derecha

“Es imposible que algo sea y no sea al mismo tiempo y en el mismo sentido”, postula el principio filosófico de la no contradicción. Es decir, se es o no se es, se está de un lado o del otro, pero no a la vez en ambos, como quien hace cabriolas de maromero sobre la cuerda de la política según convenga. Ser de izquierda o de derecha, de centro, o de ningún lado, es una decisión absolutamente respetable y personal. Otra cosa muy distinta es la pretensión imposible de jugar con el principio de la no contradicción, como es el caso de algunos famosos escritores colombianos que a la vez eran y no eran de izquierda, o que alguna vez fueron y ya no lo son, lo que en últimas quieren decir que son o fueron simples entelequias de la izquierda. Todo este juego de palabras pretende dejar en claro lo que sigue: usufructuaron el manido concepto de “izquierda”, porque este bando aglomera, me atrevo a decir, el mayor público lector en nuestro país. Y escribí esa polémica palabra entre comillas, porque en ellos adquiere una acepción irreal e intangible. No obstante, y muy a pesar de la abstracción del término, el artificio del supuesto vínculo les generó buenos dividendos en fans y en oportunidades, y cómo no, un rol ambiguo y promiscuo entre los poderosos: nos vendieron con estafa la idea de que pertenecían a la izquierda.

Por otra parte, siempre he considerado que el oficio de escribir debe ser asumido con humildad. Muy al contrario, la mayoría de los escritores suelen hincharse con ínfulas, como si su labor intelectual les otorgara un estatus muy superior respecto a otros oficios considerados más simples y sencillos, como el del zapatero, el sacristán, el payaso o el sepulturero…etc. Todos los oficios son importantes y nobles. Por eso, un escritor, un artista presumido y arribista no merece el fervor de sus lectores. Y esto aplica para todos los escritores: los de derecha, los de centro, los indiferentes, los que venden o no venden, los que gozan de prestigio, o los que habitan en la marginalidad… pero si sus ideas pertenecen a lo que entendemos por izquierda, la sencillez y cercanía a la gente debería ser un imperativo categórico: por sus frutos los conoceréis. Da grima, en cambio, observar como muchos de ellos exhiben en las pasarelas sus egos afectados de hipertrofia egocéntrica. En esa cofradía inaccesible que se alimenta de su propio fulgor, chapucean famosos escritores que se mecen arrullados por las musas, como semidioses del Olimpo que se dignan concedernos la gracia del fuego prometeico de sus melifluas palabras: todos ellos, si bien excelentes plumas, ridículamente patéticos.

Gabriel García Márquez, William Ospina, Héctor Abad Faciolince son un pequeño muestrario de esa especie de escritores que nos encandilaron con una supuesta filiación a la izquierda, no importa en qué grado o modalidad en el amplio espectro que ese término permite. En cuanto a Gabo, nuestro Nobel, degustó hasta hartarse las mieles de la fama entre nenúfares y rodeado de ninfas y angelitos bajados del séptimo cielo: se hospedó en el Olimpo y lo perdimos para siempre. En Cartagena, pocos años antes de su muerte se había abrazado efusivamente con Uribe, y en el sitio ídem le besó, metafórica, pero realmente, el cetro y la corona al rey de España, y de paso aprovechó la ocasión para decirle en pleno siglo XXI, la frase servil de un palaciego decimonónico: “Gracias su majestad”. Pensar que Gabo antes de la gloria del Nobel de literatura era un hombre combativo, en contravía de las dictaduras e injusticias de este hemisferio atiborrado de torturas y masacres, de las que él mismo escribió. Como diría José Eustasio Rivera: la vorágine del capitalismo con sus multimillonarias ventas, homenajes a granel y genuflexiones se lo devoró.

William Ospina, cuando lo teníamos en el pedestal de las convicciones políticas, tuvo la desfachatez de darle una manito al candidato uribista Óscar Iván Zuluaga. Del bochornoso incidente fuimos testigos en plena antesala de la contienda electoral hace cuatro años. Y cuando intentó acomodar sus palabras, ya fue demasiado tarde: la flecha lanzada y las palabras escritas no tienen reversa. Y recientemente, sufrí, o sufrimos, otra decepción: Héctor Abad Faciolince, como buen esgrimista de la palabra, le lanzó un sable sobrecargado de infamia y veneno a Gustavo Petro en la efervescencia de este periodo preelectoral. Que el prestigioso escritor y periodista no tuviera mentalidad ni actitudes de izquierda, parecía obvio, así figurara en el parnaso colombiano como hombre de esa latitud; pero que cayera en apasionamientos políticos para favorecer directa o indirectamente a cierto partido o amigos, es otra desfachatez muy parecida a la de William Ospina.

En un pasado no muy lejano admiré la ausencia de frivolidades y de protagonismo político del gran escritor Germán Espinoza. Ahora mismo admiro la sensatez y el bajo perfil de Tomás González, o la ecuanimidad y sencillez de Mario Mendoza. Y cómo extraño las irreverencias de un Gonzalo Arango, la autenticidad de un García Márquez antes del Nobel, la simplicidad y frescura de Andrés Caicedo, o la inocencia genial de un Raúl Gómez Jattin. En contraste con estas reconocidas excepciones, y quizás de otras que se me escapan, nos hallamos ante un escenario resplandeciente de egos, donde no importa lo que se escribe, sino quien lo escribe, donde brilla la imagen y no la palabra, la pompa y no el contenido. Un escenario de fuegos artificiales y de falsas circunscripciones que terminan en desbandada… los fatuos que pretenden ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido, los desertores aquejados de metamorfosis elitistas.

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