Análisis sobre cómo el concepto de «ideología de género» desató marchas en 2016, tumbó a la ministra Gina Parody e impactó el plebiscito por la paz

Group of people marching in a street parade, holding a large banner that reads 'Yo Creo en el diseño original de la FAMILIA'. - La tal "ideología de género" no existe; es un invento de los políticos y los grupos religiosos
Texto escrito por: Aníbal Arévalo Rosero

La denominada «ideología de género» carece de sustento científico y académico. Surgió a mediados de los años noventa como un dispositivo retórico impulsado por sectores conservadores con el propósito de estigmatizar la diversidad sexual y catalogar la homosexualidad como una conducta pecaminosa. Este concepto se opone frontalmente a los estudios y enfoques de género, los cuales constituyen el marco teórico y formal rigurosamente aceptado por las ciencias sociales y el derecho contemporáneo.

Más que un postulado conceptual, se trata de una etiqueta política empleada por colectivos tradicionales y organizaciones religiosas. En Colombia, esta narrativa alcanzó su punto máximo en 2016 durante el gobierno de Juan Manuel Santos, cuando se desató una intensa polémica a raíz de la revisión de manuales de convivencia escolar en convenio con las Naciones Unidas.

En aquella ocasión, la controversia fue abanderada por figuras públicas como Viviane Morales, con el respaldo de la Iglesia Casa Sobre la Roca y de influyentes congregaciones evangélicas como la Misión Carismática Internacional —liderada por la exsenadora Claudia Castellanos— y la Iglesia de Jesucristo Ministerial de Dios Internacional, de María Luisa Piraquive. A ellas se unió la Iglesia Católica bajo el estandarte de la «defensa de la familia tradicional», estas colectividades aseguraban que la entonces ministra de Educación, Gina Parody, pretendía adoctrinar a la niñez mediante cartillas educativas.

El clímax de esta movilización ocurrió el 10 de agosto de 2016, cuando miles de personas marcharon en decenas de ciudades del país. La presión pública obligó al presidente Santos a intervenir para aclarar que el Ministerio no había distribuido —ni distribuirá— cartilla alguna, reafirmando la autonomía de los establecimientos educativos y de los padres de familia en la revisión de sus reglamentos internos.

No obstante, el debate coincidió con la coyuntura crítica del Acuerdo de Paz con las FARC. Sectores del «No» vincularon hábilmente la narrativa del enfoque de género del acuerdo con la controversia de las cartillas, convirtiendo el asunto en un poderoso eje de movilización electoral hacia el plebiscito de octubre. La severa polarización y el desgaste institucional terminaron precipitándole la renuncia a la ministra Gina Parody ese mismo mes.

El contexto personal de la ministra Parody —quien mantenía una relación sentimental con Cecilia Álvarez-Correa, entonces ministra de Comercio, Industria y Turismo— avivó la virulencia de los ataques. En una sociedad profundamente conservadora y permeada por dogmas religiosos, se buscaba preservar una visión estricta basada en las escrituras, desconociendo los aportes de la biología, la genética y la sociología sobre la conducta humana.

Asistimos así a una clásica confrontación entre la fe dogmática y el rigor científico. La pretensión de reducir la rica complejidad de la identidad humana a un esquema binario exclusivo («macho y hembra») resulta insostenible; la diversidad de orientaciones e identidades de género ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad. Intentar anular estas realidades mediante imposiciones doctrinales no solo es un despropósito conceptual, sino un atentado contra los derechos fundamentales.

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Esta polarización tiene consecuencias trágicas en la vida real. El doloroso caso de Sergio Urrego en Bogotá nos confronta de manera directa con las fallas del sistema educativo. El acoso sistemático y la estigmatización que sufrió Sergio por parte de sus compañeros con el silencio de las directivas de su colegio, lo llevaron al suicidio, conmocionando a la sociedad colombiana y dejando al descubierto la urgencia de crear entornos escolares seguros y empáticos. Diversos estudios corroboran que cuando un joven descubre su orientación sexual y se enfrenta a la incomprensión de sus familias, docentes y entorno social —a menudo azuzada por discursos de odio o culpa—, su riesgo de padecer episodios depresivos e incurrir en ideación suicida se incrementa drásticamente.

No se puede forzar a nadie a reprimir lo que es inherente a su naturaleza. Seguir sosteniendo que la homosexualidad es una patología o una aberración constituye uno de los errores éticos y científicos más graves del presente. El respeto a la autodeterminación y a las orientaciones diversas debe prevalecer sobre cualquier noción de culpa o pecado. Colombia está llamada a consolidarse dentro de la riqueza de su diversidad étnica, cultural, política, social y sexual, entendiendo que por encima de los dogmas nos une una misma condición humana.

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Por Nota Ciudadana

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