La solución es muy simple: ¡que renuncie!
Opinión

La solución es muy simple: ¡que renuncie!

Pareciera que a nadie le interesan en realidad los problemas del país, sino aprovecharse de ellos para beneficio de sus pequeños, particulares y mezquinos intereses

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julio 04, 2017
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Nuestros dirigentes politiqueros y los orientadores de opinión tienen siempre a la mano soluciones efectivas para todos los males del mundo.

Pero los males siguen y se multiplican, como se multiplican las huestes de “solucionólogos”, personajes que se hacen remunerar por la sociedad, a cambio de expresar frases huecas y sin sentido, pero más o menos bien elaboradas.

Lo lamentable es que nunca se ocupan de la infección; sino apenas de la fiebre. Pareciera que a nadie le interesan en realidad los problemas del país, sino solamente aprovecharse de ellos para beneficio de sus pequeños, particulares y mezquinos intereses. Veamos algunos ejemplos.

Gracias a la no muy desinteresada pero valiosa colaboración de las autoridades de los Estados Unidos, se logró que por fin el señor fiscal general de la Nación aceptara que su fiscal Anticorrupción era un corrupto. Lo que era un secreto a voces en todos los corredores de la Fiscalía, desde antes de nombrar al señor Moreno, nunca fue atendido por razones bastante oscuras. Es acá en donde aparecen los politiqueros, exigiendo la renuncia de quien recomendó a semejante personaje para un cargo tan delicado. ¿Lo exigen por su patriótico interés en mejorar la gestión pública? No. Lo hacen porque de esa manera toman ventaja sobre sus rivales en las contiendas políticas y burocráticas que se avecinan. ¿El despido del delincuente y la renuncia de su patrocinador solucionan el problema de corrupción en nuestro país? Tampoco. La sola remoción del pillo y el escarnio público de su respaldo no sirven de nada, si no se añaden medidas como la muerte política para todos, la cárcel en prisión común sin rebajas y la persecución de todos sus bienes hasta que se recupere para el Estado lo que es del Estado.

Pero sabemos que eso nunca lo van a proponer los que ahora se rasgan las vestiduras en cuerpo ajeno, escandalizándose porque el recomendado de otro resultó malo, no solo para ejecutar las funciones de su cargo, sino para respetar su investidura.

El siguiente es otro episodio que puede ejemplificar la raíz del problema. En el Congreso de la República estaban estrenando presidente. En un arranque poco usual en esos terrenos, el nuevo presidente le pidió a sus asesores hacer una revisión de la razonabilidad de la nómina paralela, ya que, con menos de 580 empleados de planta, el Congreso tenía más de 2200 contratistas, sin contar con los miembros de las Unidades de Trabajo Legislativo de cada senador o representante (o parlamentario, como les gusta a algunos despistados periodistas denominar a nuestros padres de la patria).

Al hacer una revisión de esta abultada nómina fantasma, encontraron que un señor, llamémoslo don Pablo, estaba asignado a la presidencia, pero no se le conocían ni funciones ni actividades que justificaran el sueldo que religiosamente cobraba cada mes. Al peguntarle a sus compañeros de trabajo, la respuesta fue más o menos: “ah, sí. Don Pablito sí está adscrito a esta dependencia, pero el solo viene un ratico los miércoles, deja el bolso en ese escritorio y se va a tomarles fotos a las palomas de la Plaza de Bolívar”. Intrigados por la respuesta, los asesores decidieron entrevistarse con don Pablito, en una de las raras ocasiones en las que aparecía por el Capitolio. En efecto, a las tres semanas de buscarlo, apareció bien avanzada la tarde de un miércoles, muy fresco y campante, a dejar su bolso para iniciar su tarea como fotógrafo de aves.

—Buenas tardes, don Pablo, —le dijo el asesor. –Necesito hablar con usted un momento, si tiene tiempo en este momento-.

—Claro que sí, —dijo el educado don Pablito; —¿de qué se trata?

—Vea don Pablo, lo que pasa es que estamos haciendo una revisión de las cargas de trabajo de todos los asesores y queremos saber en qué ocupa su tiempo desde que está desempeñando sus labores para la entidad.

Don Pablo, perplejo, se quedó mirando de arriba a abajo al asesor, tratando de comprender lo que éste le preguntaba. Finalmente, un chispazo de inteligencia iluminó su encanecida cabeza y, parándose indignado de la silla en la que se encontraba, soltó esta lapidaria declaración

Un momento señor. Un momento. Cuando yo hablé con el senador fulano para que me diera el contrato fui muy claro con él. Yo le dije que lo que quería era un puesto, ¡no un trabajo!

Dichas estas palabras, volteó su cuerpo y se dirigió a la puerta, en busca de sus modelos emplumadas para pasar otra tarde de dura labor remunerada por todos los colombianos.

¿Se debe despedir a Pablito y a su generoso senador y amigo? ¡Claro que sí! ¿Soluciona esto el problema de corrupción, ineficiencia e indolencia de gran parte de la administración pública? ¡Claro que no! Lo que necesitamos es modificar un sistema que se autoabastece de oportunidades de corrupción.

Y no van a ser los actuales politiqueros ni candidatos los que nos salven.

 

 

 

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