La soledad y sobrecarga de los cuidadores

Aunque la labor puede ser gratificante, mucha veces termina siendo absorbente, desgastante y extenuante. Un llamado para todos aquellos que conocen a uno

Por: JOHN GARCIA FITZGERALD
febrero 20, 2019
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La soledad y sobrecarga de los cuidadores

Cuidador: “Persona que se encarga del cuidado de otra persona, de un animal o un lugar”. Esa es la escueta y concreta forma en la que define el diccionario esta labor.

Sin embargo, en el caso de los cuidadores de personas hay varios tipos:

  • Cuidador principal: es quien usualmente vive en la casa del enfermo y es el encargado de la mayor parte de su cuidado. Tienen una relación muy cercana y por eso se encuentran al cuidado del paciente todo el día.
  • Cuidador formal: es la persona que cuenta con la formación profesional para cuidar a un enfermo y por esta labor obtiene una remuneración económica.
  • Cuidador informal o esporádico: es aquel que forma parte del grupo familiar y colabora en la atención del paciente. No está a cargo de su cuidado todo el tiempo, pero ayuda de alguna forma en el cuidado del enfermo.
  • Cuidador esclavo: es el que debido a la irresponsabilidad, ingratitud, importaculismo o coloquial malparidez de quienes olvidan a sus seres queridos, asume la responsabilidad y carga total de los cuidados del enfermo (pacientes en estado de postración, con enfermedades terminales, enfermedades neurodegenerativas: Alzheimer y otras demencias, esclerosis lateral amiotrófica, ataxia de Friedrich, enfermedad de Huntington, enfermedad de Parkinson, atrofia muscular espinal).

Inexplicablemente muchos familiares en primer grado, usualmente hijos, suelen dar la espalda a sus padres y también a los cuidadores que generalmente son sus hermanos, descargando toda la carga, desgaste físico y emocional que implica cuidar a un enfermo día y noche durante años sin siquiera dar la oportunidad a esa persona de tomar un respiro. Ahí es cuando el cuidador se siente agobiado, agotado, desgastado.

Muchos cuidadores literalmente entregan su vida completa para cuidar al enfermo y no tienen espacio ni oportunidad alguna para llevar una vida “medianamente” normal, es decir, cero relaciones sociales, sentimentales y sexuales, sin derecho al esparcimiento o alguna práctica deportiva.

Además, algunos no solo tienen que hacer las veces de cuidadores, también tienen que asumir rol de enfermeros, cocineros, aseadores, mandaderos, abogados (incluye librar batallas contra un sistema de salud que es cruel e inclemente con el enfermo), consejeros espirituales y hasta hacer las veces de psicólogo con el enfermo y consigo mismo…

Completamente censurable la sobrecarga y abuso de los familiares que tienen obligaciones legales o morales con y para con el enfermo: algunos creen que aportar alguna cuota económica da por hecho el deber, otros con diferentes excusas no aportan o lo hacen en forma intermitente o insuficiente y no faltan los familiares o hijos que no aportan absolutamente nada e incluso ignoran por completo la existencia de su propia madre, pasando años sin siquiera hacer una llamada. Estos son seres que no tienen calificativo alguno, porque quizá un monstruo tenga un ápice de sentimientos.

Entre esa gama de familiares o hijos que cumplen con su deber económico se encuentran los desentendidos e hipersensibles. Ellos sí tienen su propia vida, hogar, vida social y de pareja, también sus compromisos. Quizá al llegar extenuados tras una larga jornada laboral (que tiene un horario límite, para el cuidador no hay horario), con las frustraciones y estrés que conlleva sobrevivir en grandes ciudades, no consienten entonces que el cuidador les comparta algunos momentos difíciles que genera cada enfermo, según su patología. Al parecer a estos familiares solo le gusta oír la vida en tono rosa, porque hay que reconocer que cada paciente, cada persona, pese a su enfermedad, tiene mucho por enseñar en el día a día, que precisamente por el gran amor y compromiso se crea una hermosa relación de empatía entre cuidador y enfermo, generando también momentos gratos. Los familiares deben, aprender, entender y asimilar que las vivencias diarias no son siempre tan gratas o positivas como se quisiera y es ahí cuando deben asumir esa realidad, así sea en las distancia, y apoyar al menos escuchando al cuidador y tratando de dar soluciones, no convertirse en otro problema al enojarse y hacerse el desentendido.

Lo ideal es que todos los familiares del paciente fueran cuidadores, que la responsabilidad y las tareas se repartieran, se rotaran y no se sobrecargaran en una sola persona. No obstante, esto no pasa de ser un “ideal”, porque siempre tiende a predominar la indiferencia o la realización de la frase "ojos que no ven, corazón que no siente", en otras palabras "a mi cuénteme solo lo bueno porque yo también tengo problemas". Es injusto que el cuidador se atragante solo, que “coma callado” con los momentos y situaciones difíciles que cada vez son más recurrentes… y es así cuando muy pronto ya no será solo un enfermo, serán dos, porque por más amor, voluntad, paciencia y abnegación que tenga el cuidador, no habrá cuerpo ni mente que soporte tanta sobrecarga, tanto olvido, tanta soledad… Es así como muchos cuidadores no saben si es más lo que oran o lo que lloran…

Por gratitud, por responsabilidad, por compromiso, por obligación legal o moral y por amor no deje solo al enfermo y a su cuidador, más cuando usted también tiene la obligación de serlo, máxime sin saber qué le depare el futuro…

El ser humano puede llegar a ser tan frágil como la pequeña ave que cae del nido. Si esta no recibe los cuidados, comprensión y apoyo suficiente, muere inevitablemente.

 

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