La sociedad de los profetas muertos.

"Es el lugar de todos y de nadie, del débil y el fuerte, del pobre y del rico, del sano y del enfermo."

Por: Eduardo Menco González.
agosto 15, 2014
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La sociedad de los profetas muertos.
Imagen Nota Ciudadana

Algunas personas siguen pensando que un PROFETA es un personaje que tiene el poder de la adivinación, cuenta con la capacidad de predecir el futuro y en él recae la responsabilidad de orientar a propios y extraños sobre el porvenir. Otros lo equiparan a un adivino cuyo lugar de residencia normalmente está alejado del mundanal ruido, sin que esto impida que de forma individual o en romería se acceda a él. En todo caso se reconoce que se trata de alguien especial, distinto a los demás y, al parecer, seleccionado para una tarea que requiere de facultades y aptitudes ejemplares que atraen a todos sin distinción social. Afortunadamente esta forma de entender ha ido desapareciendo dando paso a la acepción más sensata y original (al menos en lo que a occidente se refiere).

Aclaro que este escrito no tiene la intención de explicar un tema bíblico; sin embargo es necesario hacer alusión al libro sagrado por ser un referente muy fuerte a la hora de comprender muchos temas de nuestra vida social, cultural y política de nuestro país, el cual si bien es cierto derogó hace 20 años el decreto con el cual el presidente de la república anualmente consagraba al corazón de Jesús la nación, aún se identifica como un pueblo cuya fe es inquebrantable y de una profunda devoción, sobre todo si es popular y, en no pocas circunstancias, donde la doble moral se pavonea por doquier.

¿Qué es entonces un PROFETA?

Cuando uno busca en el índice alfabético de las notas más importantes de la (versión) biblia de Jerusalén, se da cuenta que la palabra profeta es una de las más usadas, dejando claro que se trata de un asunto de amplia relevancia y consideración nada despreciable para el mundo judío y cristiano.

Se trató de personajes determinantes en la historia de los judíos, sobre todo en sus procesos de resistencia y rebelión ante la opresión y la esclavitud que otros pueblos ejercieron durante muchos años. En este contexto el mensaje de los profetas siempre fue alentador, y su responsabilidad no podía tener otro interés que el de “hablar en nombre de Dios” con el objetivo que el pueblo no perdiera su fe y permaneciera incólume en su propósito de aceptarlo como su único señor de señores, el cual siempre estaría con ellos. Para nosotros los nombres de Isaías, Jeremías, Oseas, entre otros, no son del todo desconocidos, por el contrario están en la conciencia religiosa de una tradición que los reconoce como los “enviados de Dios” para no permitir que “su pueblo se pierda en los caminos de la idolatría”. Esta fue una de las grandes herencias que recibió el cristianismo por parte del judaísmo, unido a la idea que “siempre Dios estaría con su pueblo hasta el fin de los tiempos”.

La doble tarea del profeta de anunciar a Dios y denunciar el pecado, no siempre fue bien recibida; por el contrario generó molestias, inconformidad y malestar. El mensaje del profeta incómoda toda vez que deja en evidencia cualquier tipo de injusticia y atropello, abuso de poder, negligencia y autoritarismo, y en general cualquier acto deshumanizante. Como su palabra es verdad, ataca la mentira y el engaño; y como sus actos son virtuosos, contradice cualquier manifestación que promueva el vicio. El profeta habla cuando el resto calla; su lucha no es en vano, por el contrario la veracidad de sus exhortaciones está respaldada por una autoridad moral, pues tiene el aval de un Dios que “ve el clamor de su gente y tiene misericordia de su pueblo”. La responsabilidad del profeta es precisamente permitirle al pueblo la oportunidad de ver lo que Dios es capaz de hacer por medio de la fe y la fidelidad de ellos mismos. De ahí que un profeta se deba a Dios pero en función del pueblo, incluso a punto de muerte. La suerte de los profetas no siempre es decorosa, de hecho la mayoría de las veces “son presa de propios y extraños”; son incomprendidos y por ende rechazados; son calumniados y hasta expulsados de sus propios entornos; sin embargo a sabiendas que su misión es más grande que ellos mismos, su persistencia y constancia en la tarea que ejercen les da la garantía de que el Dios a quien obedecen está con ellos.

Finalmente, el profeta al estilo judío y cristiano nunca ha requerido de grandes credenciales a la manera de mundo actual; no necesita títulos, mucho menos de un reconocimiento social que lo posicione ante los suyos con autoridad; ¡NO! El profeta es un “cualquiera” que ni sabe, ni entiende, ni oye; solo cree. Es decir tiene una convicción de que eso que le corresponde como tarea ha de llevarlo hasta sus últimas consecuencias.

De la herencia a la decadencia.

La imagen del profeta como personaje real es equiparable a la de cientos o miles (para ser justos) de hombres y mujeres que por todo el mundo han luchado para hacer de este planeta o país algo distinto. Pudiéramos citar nombres de norte a sur, de oriente a occidente y quizás la lista sería demasiado larga. Muchos de ellos en sus países de origen son héroes y otros mártires. Cada uno en su historia asumió que su “ser en el mundo” no podía ser entendido sino en función de los otros; en virtud no de una, sino de múltiples luchas y causas, la mayoría de ellas a los ojos de los demás, causas perdidas.

La historia misma ha suscitado en hombres y mujeres la vocación del profetismo ya no para cumplir una voluntad divina, sino como una manera de apoyar a los sufrientes pueblos y desesperadas comunidades sedientas de justicia y equidad. Cuántos y cuántas no han anunciado cual profetas los máximos valores humanos para la convivencia y una vida digna; lo han hecho incluso con sus vidas, despertando odios y rencores en quienes se han visto “perjudicados” con sus contundentes denuncias.

No obstante, la herencia del profetismo, como regalo de la historia al mundo, hoy está en decadencia; y precisamente esos que están llamados a ser profetas, no son más que unos pseudo anunciadores de verdades que solo sirven para satisfacer sus intereses; y en cuanto a su labor de denunciar, lo hacen solo para difamar de otros iguales a ellos sin ningún tipo de escrúpulos y con el fin de desviar la mirada sobre verdaderamente esencial. Si antiguamente los profetas lo eran en virtud de una vocación sagrada, hoy lo son en virtud de un pueblo que clama a gritos igualdad; un pueblo que asume “la voz de dios” como propia poniendo su destino en manos de quien o quienes nada conocen de tan loable misión y de tan sagrada tarea. Los profetas de hoy se ufanan de ser los líderes y los guías de la humanidad, pero de eso conocen poco. Se hacen llamar “doctores”, presumen de saber mucho, se aprovechan del pueblo, y no contentos con esto son quienes hacen la leyes que los demás debemos cumplir. Hablan de los pobres como cosas, se refieren a las guerras como sucesos, opinan del caos como un acontecimiento, y finalmente firman acuerdos y pactos que dejan entrever la gran diferencia entre (sobre) vivir y pensar la realidad.

Por estos días cómo no recordar a Jaime Garzón, quizás un representante del “profetismo colombiano” a la manera como lo estamos entendiendo acá; como representante de las múltiples voces de crítica y desacuerdo ante las innumerables y malditas maneras de hacer de nuestro país una tierra de enfermos por el poder, la ambición y la codicia. Un país y una nación que se sumerge cada vez más en las profundidades de la incertidumbre, aunque otros se empeñen en decir lo contrario. ¡En Colombia y en muchas partes del mundo ya no hay profetas! Los han eliminado, los han desaparecido y han hecho de ellos emblemas y formas de recordar que todo pudo ser mejor. Sigue triunfando la impunidad sobre la más ciega de todos; sigue imperando la ley del más fuerte, ni siquiera sobre el más débil, sino sobre cualquiera que piense diferente; continúa apoderándose de nosotros una sensación de insensibilidad y de pésima costumbre como si todo pareciera normal; a diario se derrama la sangre ya no de mártires sino de muchas víctimas que se suman a las incontables historias atroces de crímenes y asesinatos.

Una sociedad como la nuestra donde incluso la palabra profeta genera sospecha, permite precisamente que la vocación del profetismo se desvanezca en la complejidad misma de la incomprensión de la vida. Ser profeta no tiene sentido en un mundo donde el sentido no existe; un mundo donde la muerte dejó de ser misterio para cosificarse en la cotidianidad de nuestras palabras e imágenes; un mundo en el que ni la muerte reconoce al profeta, pues sabe que cualquiera puede hacer uso de ella mientras los falsos profetas son quienes determinan cómo ser solidarios con aquella que incluso en cultura se ha convertido.

La sociedad de los profetas muertos es el lugar de todos y de nadie, del débil y el fuerte, del pobre y del rico, del sano y del enfermo, pero sobre todo del aventajado que gracias a la ausencia de verdaderos profetas y a la presencia de los falsos ve en todo una oportunidad o un escenario para hacer de la vida una gran obra de teatro donde él, tras bambalinas, mueve los hilos y conduce a su antojo cada escena representada por payasos que hacen reír a todos y por dentro mueren de tristeza, pues saben que el mundo está muerto en vida.

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