La santista trinidad

"Conformada por un abogado de los banqueros, un oligarca politiquero y un policía de Washington"

Por: Francisco Toloza
agosto 19, 2014
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La santista trinidad
fotos archivo: caracol.com.co/eluniversal.com.co/ unisabanaradio.tv

Uno de los más complejos dogmas de la Iglesia Católica es la existencia de la Santísima Trinidad, figura teológica en que 3 personas distintas forman una única deidad, siendo de tan difícil comprensión para los feligreses que lo denominan misterio. Tal vez viendo la política colombiana se pudiera explicar con mayor fluidez y sencillez este aparente galimatías en que tres disimiles personajes terminan siendo uno solo Dios omnipotente. La Trinidad Santista, reflejada en sus nuevos superministros, parece hecha al pedido de un caricaturista de izquierda para reflejar a la perfección las grandes fuerzas que se amalgaman en su coalición de gobierno, expresión nítida del actual bloque de poder en Colombia.

Dentro de la menuda rapiña clientelista y “tecnocrática” que se condensa en el nuevo gabinete del segundo gobierno de Santos, el presidente anunció con rimbombancia una “reingeniería al poder ejecutivo nacional” que fundamentalmente consiste en la creación de unos “Frankenstein” institucionales llamado Ministros-Consejeros, especie de jefes dentro de las carteras que buscarán ejercer control y liderazgo en áreas claves dentro de la agenda presidencial. Aunque son 5 estos nuevos “super-ministerios” como los llama la prensa, hay 2 cuyas funciones –y responsables- no son las más notables, y en cambio resplandece la figura de una trinidad santista que conforman Néstor Humberto Martínez, Germán Vargas Lleras y el General Oscar Naranjo, representantes conspicuos e idóneos de la esencia de clase del presente gobierno, tres caras distintas pero armonizadas todas en el mismo proyecto hegemónico.

Néstor Humberto Martínez, es un abogado digno exponente del manzanillismo bogotano, superintendente bancario de Barco, miembro de la camarilla de la Junta Directiva del Banco de la República del gobierno Gaviria, ex ministro de los sucesivos gobiernos de Samper, Pastrana y ahora de Santos, pero ante todo representante – incluso en el sentido legal del término – de los intereses del gran capital financiero y de los grandes conglomerados económicos del país, de los que se ha desempeñado como apoderado. Martínez –como el personaje de Keanu Reeves- difícilmente pierde un litigio, situación bastante comprensible cuando acierta en la escogencia de sus clientes, defendiendo a través de su firma Martínez Neira Abogados, entre otros a grandes empresas como Caracol, RCN, Carbones Colombianos del Cerrejón, Chevron, Goldman Sachs (oro), Grupo Gillinski , Grupo Poma, Grupo Santo Domingo, Ingenio del Cauca, Ingenio Pichinchi, Ingenio Providencia, Ingenio San Carlos, Leonisa, MAFRE Compañía de Seguros, Medoro Natural Resources (Marmato), MF Global, Organización Ardila Lülle, Pacific Rubiales, Ventana Gold, y prestando de forma permanente servicios legales al poderoso Grupo Sarmiento Angulo.

El consorcio Sarmiento Angulo, si bien tiene su origen en los polémicos negocios de su líder en el sector de la construcción durante la década de 1970, hoy representa una auténtica facción del gran capital transnacional que se apropia por vía del grupo AVAL en Colombia del 35% de las astronómicas ganancias del sector financiero en el país y que controla buena parte de la banca centroamericana a través de BAC Credomatic. Sarmiento expresa en sí mismo el arquetipo de capitalismo financiarizado, que quiere impulsar el gobierno Santos: especulación en la banca, en la construcción y la infraestructura; inversiones crecientes en el sector energético; magnate controlador del emporio mediático de la Casa Editorial El Tiempo; y obviamente la financiarización especulativa del campo a través de Corficolombia y Univalle, que invierten en granos y agrocombustibles acaparando tierras de baldíos. Entonces pues, el superministro de la Presidencia, será el abogado del banquero. Cuando Marx en el Manifiesto comunista afirmó que el estado no es más que la junta administradora de negocios de la burguesía, no imaginó tal vez que Santos lo tomara literalmente y pusiese en la cúspide administrativa del poder ejecutivo al tinterillo de cabecera del hombre más rico de Colombia.

Funge como superministro de la infraestructura y proyectos estratégicos, el vicepresidente Germán Vargas Lleras. Como Santos, Vargas hace parte de ese linajudo patriciado santafereño que cree haber sido engendrado para gobernar el país, pero al mismo tiempo este nieto de presidente ha hecho toda la carrera, peldaño a peldaño, dentro del clientelismo y gamonalismo colombiano. Vargas ha estado en cargos públicos desde los 19 años cuando empezó siendo elegido como concejal de Bojacá, Cundinamarca, para luego dar el salto al Concejo Mayor de Bogotá, de allí al Senado de la República por 4 períodos, para ser ministro estrella de Santos y ahora vicepresidente de éste; por esto mismo Vargas Lleras refleja como ninguno a la clase política colombiana hábilmente adaptada a los cambios sociales, legales y económicos del país, ahora amamantada por las mafias de los contratistas privados enriquecidos con el erario público.

El partido de Vargas, Cambio Radical, es célebre por haber servido de franquicia electoral a buena parte de los parapolíticos, articulando además modernas clientelas regionales como la de la familia Char en la Costa Atlántica, así como por el fuerte contubernio con consorcios de contratistas como el que representan los Ríos Velilla en el sector de aseo y basuras. El presidente le entrega a su segundo, nada más y nada menos que la inversión en infraestructura, supuesta locomotora de su gobierno pero que presenta hoy un atraso abismal para su plan de adaptación del territorio como nuevo enclave económico trasnacional. No le bastó al partido del vicepresidente tener los ministerios de Transporte y de Vivienda, sino que ahora directamente Vargas coordinará todo lo relacionado con las ambiciosas aspiraciones de readecuación del espacio que necesita el gran capital en el país: las inversiones en vías de 4G, Ruta del Sol, navegabilidad fluvial, adecuación de puertos y aeropuertos, construcción de vivienda, compromisos del ejecutivo nacional con planes de reestructuración urbana, entre otros, con patente de corso adicional para incidir en los megaproyectos mineros y energéticos así como en la regulación ambiental de éstos.

En lo estratégico, Vargas el oligarca tiene la misión de adecuar el espacio con la infraestructura necesaria para la circulación del gran capital y la articulación trasnacional del modelo de reprimarización financiarizada; en lo concreto Vargas el capitalista, regulará de facto el sector construcción imbricado plenamente con el capital financiero y reconocido en el país por las zonas de penumbra que genera sus escandalosos niveles de especulación y ganancia; y en lo más menudo -pero igual de importante- Vargas el gamonal, tendrá a su disposición un auténtico “bocatto di cardinale” presupuestal para las delicias de sus amigos contratistas y sus clientelas regionales. Como en los tiempos de la “fila india” del Frente Nacional, desde este cargo Vargas espera dejar construida la autopista que más le interesa: su camino a la presidencia en el 2018.

Completa este tridente el flamante superministro del posconflicto, el general Oscar Naranjo. Un cargo que pareciese de ciencia ficción, ya que nadie ha administrado lo inexistente, pero a riesgo de caer en mecanicismos los banqueros y sus políticos siempre necesitan de un chafarote que blinde sus intereses. Naranjo ex director de la Policía Nacional, no es solo un ariete de la guerra interna, sino ante todo es un alfil del Departamento de Estado. Como nos decía Jaime Garzón, y me lo recordase el intelectual Alberto Pinzón: ¡Y el gringo ahí!.

Naranjo creció como policía en medio de las vendettas de los carteles de la droga y las estratagemas por controlar el mercado de narcóticos de la DEA, de la que se convirtió en su hombre de confianza. Desde la dirección de inteligencia coordinó con los norteamericanos operaciones de guerra contra el movimiento insurgente y los países vecinos, como el ataque al territorio ecuatoriano y desde la SIJIN dirige aun los montajes judiciales contra la oposición política desde los supuestos computadores y archivos de comandantes guerrilleros. Con el guiño imperial Naranjo ha deambulado por América Latina buscando exportar el modelo de seguridad colombiano, llegando a tener gran incidencia en las policías paraguaya, hondureña y bajo el gobierno de Peña Nieto en México, en donde desarrolló su estrategia de promoción de grupos paramilitares bajo el sofisma de la lucha contra el narcotráfico.

Nada más diciente que este hombre de guerra sea el designado presidencial para pensar el supuesto posconflicto. Se hubiese podido escoger una figura reformista que lanzase cantos de sirena de ampliación democrática y progresivos cambios sociales, pero para que no haya equívocos sobre su propuesta el bloque de poder de Colombia le entrega en concesión la “construcción de la paz” directamente al imperialismo: un posconflicto de Pax Romana, pensado desde el enfoque policivo y restrictivo de la seguridad buscando salvaguardar los privilegios y poderes del complejo militar industrial, y no la solución política al conflicto desde las reformas económicas, sociales y constitucionales que requiere el país

El mensaje es claro: la Santista Trinidad son un abogado de los banqueros, un oligarca politiquero y un policía de Washington. Un solo Dios verdadero: el inveterado pero siempre remozado statu quo santanderista, del que el mismo Santos es fiel exponente. Dirán que los marxistas queremos simplificar la realidad, pero el presidente fue más elocuente y más elemental con sus nombramientos. Si se quiere hablar de política habrá que hacerlo con el representante de la banca, si se quiere hacer inversión e infraestructura hay que interlocutar con el portavoz de la clase política y sus contratistas, y si se quiere construir la paz, debe pasar por la supervisión de ese portaviones humano de EEUU, que es Oscar Naranjo.

Para los cambios reales, no queda otra que pensarse la política más allá de la institucionalidad y sus figurillas: los procesos de paz con las insurgencias, y la movilización social y popular se tornan como dimensiones más esperanzadoras para un ejercicio político sustantivo, que indefectiblemente debe desembocar en una Asamblea Nacional Constituyente para la paz y la democracia.

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