La reforma del papa Francisco

Francisco parece estar reanimando voluntariamente o involuntariamente algunas de las brasas reformistas apagadas tras el Concilio Vaticano II

Por: Óscar Saúl Argüelles Díaz
septiembre 07, 2017
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La reforma del papa Francisco

Existe una expresión latina de origen protestante que dice, Ecclesia semper reformanda est, cuya traducción al castellano podría ser “La Iglesia está siempre siendo reformada”.

Según los intelectuales católicos de avanzada la iglesia debía continuamente reexaminarse a sí misma para purificarse de todo aquello que la alejara del pueblo cristiano, teniendo en cuenta, sobre todo, los desafíos que el mundo moderno le presentaba. Una posible expresión comparable a este ideal teológico-eclesiástico podría ser el concepto de “revolución permanente”; guardando las enormes distancias ideológicas entre los procesos históricos de las primeras décadas posteriores a la a la Revolución rusa y al Concilio Vaticano II, podemos decir que en ambos casos los intentos de transformaciones radicales de las estructuras, instituciones y mentalidades fracasaron estrepitosamente luego de una brusca reacción conservadora al interior de la URSS y la Iglesia respectivamente.

La tardía búsqueda de un aggiornamiento y una apertura a los desafíos de la modernidad fue recibida con ambigüedades dentro de la jerarquía católica. Si bien el Concilio Vaticano II trajo grandes transformaciones positivas a la iglesia –renovaciones litúrgicas, promoción del dialogo ecuménico e interreligioso, aceptación oficial de los grandes avances sociales y científicos de los últimos siglos, etc.— rápidamente el papado puso un freno a los avances doctrinarios, eclesiales, litúrgicos y pastorales más importantes. No es necesario remitirnos a la llegada al trono de San Pedro de Karol Wojtyla: es suficiente recordar los debates que se dieron dentro y fuera del mundo católico durante la década del 60 sobre los métodos anticonceptivos y como Pablo VI buscó poner un freno dogmático a los mismos en 1968 con la encíclica Humanae Vitae que estableció firmemente la postura de la Iglesia en contra de la gran mayoría de las formas de control de la natalidad.

Paradójicamente, fue durante el largo pontificado de Juan Pablo II cuando se dio un doble proceso de consolidación de las transformaciones del Concilio Vaticano II junto con una depuración de sus proyecciones más progresistas. Mientras que las transformaciones litúrgicas más indispensables (por ejemplo, la eliminación del uso del latín de la ceremonia de la misa) se afianzaron, otros avances y progresos teológicos, por otra parte, los proyectos más progresistas fueron completamente censurados desde el centro romano. Basta pensar en las innumerables persecuciones a teólogos de “izquierda” como Hans Küng o Jon Sobrino que se dieron durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI o en la repetida condena a aquella importantísima y loable búsqueda de conciliación entre el marxismo y el pensamiento cristiano que fue la Teología de la Liberación. Es conocida, por otra parte, la obsesiva lucha del papa Wojtyla contra el comunismo durante los últimos años de la Guerra Fría. La participación de la Iglesia Católica con su poder simbólico y legitimante en el sostenimiento de las luchas y los regímenes anticomunistas en Europa y América, fue la contracara de la persecución interna que se dio dentro de la propia Iglesia a sus miembros sacerdotes, obispos y teólogos más de avanzada. Asimismo, fue durante este pontificado que se intensificaron las luchas que hoy consideramos “tradicionales” de la Iglesia católica: contra el aborto, la anticoncepción, el divorcio, la teoría de género, etc.

En paralelo con estas cruzadas morales, se dio dentro de la Iglesia católica una continua fuga de fieles por diversas causas: crecimiento del evangelismo o aceleración del proceso de secularización  en el mundo occidental, entre otras. Quizás una de las más importantes haya sido la pérdida de prestigio y legitimidad de esta institución a causa de sus escándalos morales internos. Los numerosos casos a nivel mundial de sacerdotes pedófilos o los casos de corrupción ligados a las finanzas vaticanas son algunos ejemplos de esta crisis moral e institucional eclesial. La misma empeoró durante los ocho años del pontificado de Benedicto XVI. Este pontífice, a pesar de continuar con los mismos tintes teológicos e ideológicos conservadores de su antecesor (no hay que olvidar que Joseph Ratzinger fue, desde 1981 hasta su elección como papa en 2005, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es decir institución encargada del control de la ortodoxia dentro de la Iglesia), intentó lidiar con los problemas institucionales aunque, evidentemente sin éxito alguno. Una de las criticas principales que recibió fue la de ser solamente un intelectual –aunque de gran calibre si recordamos los intercambios de ideas que tuvo siendo aún cardenal con Jürgen Habermas sobre los fundamentos del Estado Liberal moderno- sin ningún tipo de cintura política para afrontar las luchas de poder internas del Vaticano.

Algunas teorías sobre su renuncia en el año 2013 indicarían que Benedicto XVI abandonó el trono de San Pedro justamente al darse cuenta de su incapacidad para solucionar los problemas institucionales de la Iglesia Católica.

Aquí es donde entró en escena Jorge Mario Bergoglio. Es evidente que uno de los principales objetivos de este nuevo pontificado —el número 266 de la historia del catolicismo— es el recuperar la legitimidad de la Iglesia a nivel mundial. La pregunta que podríamos hacernos entonces es: ¿cómo intenta Bergoglio, en su rol de Francisco, ganar nuevamente la confianza de los creyentes (y no creyentes) en la Iglesia?

La primera estrategia es, sin duda, la lucha en el campo mediático simbólico. Si Juan Pablo II buscó ubicarse a sí mismo como un carismático líder geopolítico de influencia internacional, si Benedicto XVI se presentó a sí mismo como un refinado intelectual, Francisco, en cambio, gusta presentarse sin ambigüedades como un pastor humilde cercano a las preocupaciones del pueblo cristiano. Todos recordamos la machacona insistencia con que en los primeros meses de su pontificado fuimos bombardeados con imágenes sobre los “gestos” de humildad del nuevo pontífice: sus zapatos gastados, el pago de su factura de hotel, su nueva y sencilla residencia que se oponía a los lujosos palacios vaticanos, etc... Bergoglio buscó rápidamente desligarse de todo aquello que pudiera ser asimilado con el tradicional boato papal, siendo uno de sus eslóganes más repetidos durante estos años el deseo de “una Iglesia pobre para los pobres”. El propio nombre elegido como papa —que remite al famoso santo medieval— (San Francisco de Asís)  demuestra, finalmente, un interés por darle una importante carga simbólica en favor de la pobreza a su pontificado. Cada uno podrá considerar si estas medidas fueron pensadas o no de manera maquiavélica; lo cierto es que la Iglesia Católica es una institución que depende de manera central de su capital simbólico frente a sus fieles y que necesita urgentemente recuperarlo por todos los medios posibles para su supervivencia.

En segundo lugar, desde el comienzo de su pontificado Francisco ha estado buscando soluciones a los problemas institucionales internos de la Iglesia. Una de sus primeras medidas fue la creación de una comisión especial de cardenales para que colaboren con él en la reforma de la Curia Romana –el órgano de gobierno de la Iglesia que concentró mayor poder durante el pontificado de Juan Pablo II – y de los organismos financieros del Vaticano.  Algunos de los objetivos de esta reforma son la de ofrecer una mayor transparencia financiera al Vaticano, la de descentralizar el gobierno de la Iglesia –buscando disminuir el poder de decisión acumulado por Roma desde el Concilio Vaticano I (1869-70)- y la de abrir paulatinamente la puerta a una mayor participación de los laicos en la misma. En esta línea, es necesario remarcar que Francisco ha criticado, discursivamente al menos, el “clericalismo” y la búsqueda de hacer “carrera” dentro de la Iglesia.

Finalmente, el actual pontífice —continuando con las medidas iniciadas por el propio Benedicto XVI— está buscando aplicar una política de “tolerancia 0” con los casos de pedofilia dentro de la Iglesia.

Bergoglio creó una serie de grupos de estudio sobre esta problemática en la cual incluyó laicos y víctimas de abusos sexuales por parte del clero. Sin embargo, en los últimos meses se han dado salidas intempestivas de estos miembros laicos que fueron interpretadas por muchos no solo como un fracaso rotundo de estos grupos, sino también como una nueva forma de resistencia de las jerarquías vaticanas a profundizar en las investigaciones. Será cuestión de tiempo para ver si todas estas medidas surten efecto dentro de la Iglesia a largo plazo y, por otra parte, si las mismas tienen un contenido gatopardesco o no. Quizás, para alimentar esta duda podemos recordar el caso del padre Grassi y la indiferencia de la jerarquía eclesiástica argentina —de la cual Bergoglio formaba parte— en su momento.

Una tercera manera de recuperar la confianza de los fieles es mediante los cambios del pensamiento teológico. A pesar de las censuras que se dieron al interior de la Iglesia a los teólogos más progresistas, sobrevivieron durante varias décadas en el mundo católico una serie de reclamos doctrinales y pastorales que supusieron siempre un desafío para la jerarquía romana. Desde las demandas más “antiguas” en relación a permitir los métodos anticonceptivos hasta los grupos que luchan por la legalización del aborto como “Católicas por el Derecho a Decidir” o por la ordenación sacerdotal de mujeres, los disensos teológicos progresistas dentro de la Iglesia son varios. La postura de Francisco frente a estos diversos reclamos es, como menos, ambigua. Si bien por un lado parece dar su apoyo a la comunidad homosexual con frases —repetidas numerosas veces en los medios— como “¿quién soy yo para juzgar a las personas con otra orientación sexual?” se entiende que al papa también le gusta recordar que él solo continua con la tradicional praxis católica de “odiar al pecado pero no al pecador”, considerando de esta manera a la homosexualidad como conducta desviada y cerrando la posibilidad a aceptar los matrimonios entre personas del mismo sexo. De la misma manera, mientras el actual pontífice llama en sus discursos a una mayor participación de la mujer dentro de la Iglesia continua cerrando categóricamente la puerta a la ordenación sacerdotal de las mismas.

Existen, sin embargo, en el campo teológico algunos signos que permiten conservar una esperanza en este papado. Primeramente, en estos pareciera haberse relajado desde el Vaticano el control de ortodoxia ideológica a los teólogos católicos: una parte de la comunidad teológica internacional mantiene una actitud positiva con esta flexibilización.

En segundo lugar, Francisco mismo se ha reunido con figuras importantes como Gustavo Gutiérrez —uno de los fundadores de la Teología de la Liberación— en lo que pareciera ser un tímido intento de rehabilitación  casi póstuma de esta corriente teológica. En esta misma línea, Bergoglio está permitiendo la apertura de la discusión teológica en algunos temas de carácter pastoral como permitir la Comunión a los divorciados vueltos a casar, la entrada al sacerdocio a personas ya casadas o la participación litúrgica de las mujeres en roles alternativos al sacerdotal.

Un ejemplo claro de este punto se puede ver en las comisiones teológico-históricas creadas en los últimos meses para estudiar la participación femenina en las comunidades cristianas de los primeros siglos. Uno de los objetivos de muchos teólogos es permitir la posibilidad de que las mujeres puedan ser ordenadas diaconisas, es decir, el escalafón inmediatamente anterior al sacerdotal que se encarga de la administración de algunos sacramentos. Si se diera un paso en esta dirección, la apertura del sacerdocio sería, según la opinión de los especialistas, solo cuestión de tiempo. En tercer lugar, el papado ha estado buscando retirarse mediáticamente de sus tradicionales cruzadas morales. Francisco mismo ha declarado que él no está interesado en que dentro de la Iglesia se continúen pública e insistentemente las campañas en contra del aborto o los derechos a las personas homosexuales.

Para el pontífice lo más importante en este momento es predicar a un Dios misericorde y abierto al amor antes que un Dios que juzga y condena minuciosamente a los hombres por falta morales de todo tipo. Esto no significa que la Iglesia haya abandonado sus posturas tradicionales respecto a estos temas, sino que Bergolio busca correr el eje de la discusión de los temas más polémicos para los fieles hacia los aspectos más amigables y centrales podría llegar a decirse del propio catolicismo.

A pesar de que todas estas posibles transformaciones puedan parecer extremadamente tibias a los espectadores tanto dentro como fuera de la Iglesia, es necesario considerarlas en perspectiva. Por un lado, estos cambios pastorales y teológicos de Francisco están generando grandes resquemores en los sectores más conservadores y reaccionarios dentro de la Iglesia católica. La ultima encíclica papal sobre la familia, Amoris Laetitia, ha sido atacada fuertemente por un grupo de cardenales y ha desatado en Roma una campaña mediática  contra Bergoglio. Estos “príncipes de la Iglesia” sostienen que el lenguaje y las expresiones papales sobre el matrimonio y la sexualidad humana son demasiado ambiguas y que, por lo tanto, podrían llegar a generar en un futuro una avalancha teórica que desmoronaría todo el edificio moral católico. A veces es bueno recordar que los conceptos de “izquierda” y “derecha” o “progresista” y “conservador” son solo una cuestión de perspectiva.

Por otra parte, más allá de las reacciones dentro de la jerarquía eclesiástica, es interesante remarcar que todas estas aperturas parecen responder directamente a muchas de las demandas desatendidas de los fieles católicos; de alguna manera, Roma se está dando cuenta —nuevamente— que algunas transformaciones internas son necesarias para frenar la sangría de fieles. Por poner un ejemplo: la prohibición oficial de que los divorciados vueltos a casar puedan comulgar es ignorada en la práctica cotidiana de la mayoría de las parroquias, aunque sigue generando resquemores en muchos fieles que ven como Roma los mira con desaprensión.

Sin embargo, estas tímidas renovaciones (estéticas/simbólicas, institucionales o teológico/pastorales) no son ni inevitables ni irreversibles. Existen, como dijimos, en las altas esferas de la iglesia numerosos obispos y cardenales bastante descontentos con este papado que no temen manifestarse abiertamente en contra de Bergoglio. Al mismo tiempo, algunos de los futuros candidatos "papables" provienen de la Iglesia africana, una de las Iglesias actualmente más conservadoras en el campo doctrinal y de mayor crecimiento demográfico. Cualquier pequeño avance que pueda darse durante los años de Francisco puede ser perfectamente revertido por un futuro pontificado conservador sin mayores problemas.

Por el momento, Francisco parece estar reanimando voluntariamente o involuntariamente algunas de las brasas reformistas apagadas tras el Concilio Vaticano II. Con todo lo que está sucediendo dentro y fuera de la Iglesia en la actualidad, solo el tiempo podrá decirnos qué tan sinceros o efectivos serán los cambios de su pontificado.

 

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