La reconfiguración de los opuestos

La actual situación nos abre por primera vez y de manera efectiva el espacio para incidir en transformaciones que procuren un verdadero bienestar general

Por: Dicter Zúñiga Pardo
mayo 12, 2020
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La reconfiguración de los opuestos
Foto: Leonel Cordero

Estamos ante la posibilidad de una gran revolución planetaria, estimulada en gran medida por un virus que alcanzó la totalidad del ancho mundo (que no resultó ser tan ancho como algunos pensaban), es decir, globalizó la enfermedad como si fuera una cuestión virtual, y que estuvo precedida por las manifestaciones y protestas sociales que venían convulsionado y sacudiendo gobiernos en diferentes partes del globo terráqueo (chalecos amarillos en Francia, Los indignados o 15-M en España, manifestaciones en Chile, N21 en Colombia, protestas en Hong Kong, Ecologistas en Reino Unido, etc.), alzándose en contra de las injusticias propias de un sistema económico neoliberal y un estilo hiperconsumista de vida que, además de atentar contra la dignidad de los sectores más vulnerables de la sociedad, desprecia la vida misma en términos generales (animales, fuentes de agua, naturaleza, etc.).

El “efecto mariposa” no era una teoría circunscrita a lo meramente meteorológico, ecológico o de física cuántica, sino que, como lo señalara ya hace más de 3 décadas el Nobel de Química Ilya Prigogine, era perfectamente aplicable a la economía y las relaciones humanas; así pues, el aleteo de una mariposa al otro extremo del mundo generó el caos, el crack, la crisis, no solo en este otro lado del mundo, sino que se expandió a nivel global, de tal suerte que se nos reveló abiertamente la interdependencia de todos los sistemas, y con ello, sus insalvables y siempre presentes debilidades, que llevan a entender y reconocer que todo lo que hagamos se nos devuelve como un boomerang; en términos políticos, y reinterpretando a Rousseau, todo lo que hagamos en pro o en contra del uno o del otro, de una u otra forma se nos retornará a manera de bienestar o de desgracia; es algo, si se quiere, místico y religioso el asunto.

Del antropocentrismo que pone al ser humano como ombligo del mundo, todopoderoso, Dios hecho carne, con capacidad de decidir la suerte de todo lo que se mueve en su entorno, orientado por la perversidad de unos cuantos que le manipulan según sus mezquinos intereses, nos vemos obligados a reconocernos como parte de un Todo, un cuerpo que requiere ser sanado y armonizado con su entorno si es que quiere seguir habitando esta hermosa tierra. La tierra, nuestra Pachamama, la Gaia en la concepción de un Deverux, es en sí misma vida en constante cambio y movimiento (de hecho, la vida es cambio y transformación), y seguramente sobrevivirá generando nueva vida sin nosotros estresándole, pisándole y depredándole.

En lo que corresponde propiamente al ser humano, los futurólogos, que no son pocos los que afloran por estos días, ya comenzaron sus vaticinios sobre lo que será el mundo de la pospandemia; para algunos, los menos, no pasará nada y todo seguirá igual, es decir, solo se tratará de sacudirnos el polvo, reacomodarnos y seguir como se venía, es decir, el virus solo representará un paréntesis en nuestras vidas; para otros, muchos más numerosos, se vendrá un cambio hacía un mundo más ecológico, protector del medioambiente, la naturaleza, con un ser humano reformado producto de la conciencia tomada sobre su situación, sería algo así como la implementación del tan deseado eco-socialismo, una aproximación a la utopía; en cambio para otros, que tampoco dejan de ser pocos, lo que se vendría es la agudización de los autoritarismos, los totalitarismos (Estados policivos), un neoconservadurismo, un neoneocolonialismo para los países que conforman eso que algunos aún llaman “tercer mundo”, que en lo económico y ecológico implicaría mayor concentración de riqueza, mayor depredación de los recursos naturales, es decir, mayor miseria; un paso más hacia la distopia.

Podrá haber lógicamente otras ecuaciones posibles para ese futuro que se avecina.

Estaríamos en todo caso ante la reconfiguración de los opuestos tradicionales: de un lado el Estado policía, totalitario y autoritario, intensificando el control social y a la parar el terror que le es propio, buscando recuperar las pérdidas financieras de los sectores especulativos de la economía que los dominan, a través de recortes salariales, reducción de prestaciones sociales, creando nuevos y mayores impuestos para la base social, etc., y que tendría como contrapeso y respuesta una población enardecida ante la “desnudez del príncipe” que, como tal, dejó en evidencia sus perversidades, su mezquindad, clasismo y exclusivismo, su vocación de poder más que de servicio, en contravía de lo que en público cacareaba, el bienestar general. De ser este el panorama, contrario a lo que muchos aseguran (que el pueblo entrará en sumisión por depresión), serán muchas las posibilidades de que la protesta social aumente en intensidad, pasando de las marchas, paros y ocasionales desordenes, hacía una desobediencia civil más sistematizada en muchos aspectos de la vida, y en el peor de los casos, si los Estados se hacen los sordos e intensifican la violencia hacía los inconformes, podrían dispararse los casos de terrorismo que, como insinuaba Jean Paul Sartre, es “la bomba atómica de los pobres”, es decir, se aceleraría el proceso de destrucción propia.

En contravía a ese proyecto neoliberal de avanzada, habría una gran posibilidad de que la lección se hubiese aprendido y las correcciones respectivas se comenzarán a tomar desde ya, en cabeza de los gobiernos de turno, sea cual fuere su tendencia ideológica, implicando en principio que se retrotrajeran a reordenar sus asuntos internos, sus economías, sus sistemas educativos, de salud, laborales y medioambientales, para replantear posteriormente la forma en que van a reasumir las relaciones con el resto del mundo, es decir, para reorientar la ineludible globalización ya asentada, como partes de un todo que somos, de tal forma que ese mundo no nos siga siendo ancho, ajeno y hostil.

Sea que las transformaciones se comiencen a adoptar ya, o sobrevengan como producto de los relevos en el poder propios de los procesos democráticos, o relevos generacionales o de otro tipo en otros sistemas de gobierno, estos implicarían el advenimiento de sociedades más justas y equitativas, que replanteen la relación con la naturaleza y la biodiversidad que esta encierra, entre otras cosas para evitar nuevos brotes de virus o bacterias cada vez más agresivos y letales. La solidaridad se proyectaría a una dimensión superior, ya que desbordaría el campo de lo meramente humano para abarcar la vida en todo su conjunto.

Aterrizando en un país como el nuestro, en una combinación que retome las enseñanzas de economistas como Keynes, Galbraith, Stiglitz, Piketty, o Max Neff, o como los nuestros, Daniel Valderrama, Luis Jorge Garay y Jorge Enrique Espitia, buscaríamos la forma de replantearnos dinámicas que permitan hallar nuestra vocación económica y productiva a partir de nuestras verdaderas riquezas (replanteando el concepto de riqueza), en las que prime el respeto por la naturaleza, el trabajador, los territorios y sus comunidades, admitiendo la posibilidad de múltiples y pequeñas variables de producción, en las que seguramente prevalezcan lo local, lo cooperativo, lo solidario y familiar, y no la mezquindad y la depredación de recursos a gran escala, tal como hoy día lo vivimos con la necro-política-económica del extractivismo minero y de hidrocarburos, la ganadería extensiva y los grandes cultivos de extensión para la exportación (pero también para la alimentación de ganado interno), que nos volvieron dependientes de los vaivenes de mercados internacionales, al tiempo que son generadores de violencia por la tenencia que requiere de la tierra, obligando desplazamientos masivos de personas y comunidades, llenando de sangre el campo con genocidios pero también con masacres por goteo, reduciendo las fuentes de agua, contaminando el aire y acabando con especies animales y vegetales, es decir, exterminando toda manifestación de vida.

Ello va de la mano, como todos los autores lo sugieren, de un replanteamiento del sistema tributario, en el que éste sea progresivo y efectivo, no meramente nominal, con una distribución de servicios y riqueza (incluyendo la tierra) acorde con las necesidades y capacidades de cada sector de la sociedad, procurando recortar las diferencias entre unos y otros (sin pretender igualar a todos) y facilitar así, de manera real, el ejercicio de las libertades para todos y cada uno de los individuos, y no solo para unos pocos.

La crisis económica a nivel mundial se veía venir (así lo presentían en Davos los propios “dueños del mundo”), vientos nos sacudían de un lado y de otro provenientes de oriente y occidente, ya sea por la guerra del petróleo y/o de los mercados internacionales y/o por la concientización creciente de un consumo responsable a nivel global, y como producto de esa crisis habríamos de entrar en un nuevo ciclo de recomposición del sector financiero, en el que seguramente habría de aparecer un nuevo Rey Midas en el horizonte, con traje nuevo y cuerpo viejo, para aplicarnos la ya conocidísima  lógica gatopardeana de “cambiarlo todo para que todo siga igual”, pero, y allí está el meollo del asunto, la pandemia, creada por el hombre o no, puesta en circulación intencionalmente o no, como “efecto mariposa” que supera tanto el ámbito espacial en el que surge como las intenciones conscientes o inconscientes de quien le pone en movimiento, frenó la maquinaria productiva y destructiva del planeta, y con ello abrió el abanico de posibilidades frente a ese nuevo orden mundial que los poderosos vaticinaban y del cual querían tomar control.

La situación tal y cual como está planteada nos abre por primera vez y de manera efectiva el espacio para incidir en transformaciones que procuren un verdadero bienestar general, ya veremos qué tan preparados estamos para ello.

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