Opinión

La rebelión de las masas o la 'lucha de clases' en la política (I)

Hoy vemos la clase baja de los partidos alejándose de los directores, y a estos tras cualquier alianza para aparentar que el partido existe y sigue bajo su dirección

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septiembre 23, 2015
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Marx propuso que las relaciones de producción que aparecían en su época —la revolución industrial— conformaban dos clases sociales que eran necesariamente antagónicas, la dueña del Capital y la clase obrera que aportaba el Trabajo. Se volvió entonces central el concepto de 'lucha de clases' tanto para los analistas marxistas, como para crear la economía pura como una ciencia aséptica que desvincularía el mundo de los mercados del de los problemas sociales.

Lenin a su turno consideró el capitalismo como una fase o forma del imperialismo que llevaba a la explotación de las clases obreras de los países colonizados a través de las elites de los mismos y para bien de las elites de los imperios.

Mao trasladó el enfrentamiento a los sectores rurales y campesinos contra los sectores capitalistas ya industrializados.

En todos estos casos la noción de 'lucha de clases' correspondía a las diferentes funciones que cumplían determinados sectores dentro del sistema de producción correspondiente.

Es por así decirlo una definición específica de la 'Economía Política'.

Pero tanto como la economía pura, la ciencia política también evolucionó hasta convertirse en un campo del saber autónomo y especializado que estudia las relaciones entre el Estado y el ciudadano, y la dinámica de cómo estas se organizan.

Esta da la explicación histórica de que se fueron formando diferentes agrupaciones que representaban al mismo tiempo los intereses y el poder de diferentes sectores (guildas, gremios, sindicatos, etc.). Hoy en día se puede decir que en todas partes del mundo rige el modelo de partidos políticos para tramitar tanto las diferencias como los propósitos comunes que pueden existir en una sociedad. Con esos partidos políticos y de acuerdo a diferentes formas de contrato social o constituciones se conforman los Estados modernos.

A través de ellos se definen las relaciones de poder y se articulan la toma de decisiones que afectan a toda la comunidad. Se supone además que la democracia o el sistema democrático es el más avanzado en ese sentido (incluso para algunos sería el modelo ideal).

En el caso colombiano ha sucedido que desaparecieron los partidos políticos en el sentido estricto de que representen intereses de ciertas colectividades con objetivos comunes, con ideologías orientadoras de su acción, y con reglas del juego para funcionar en forma organizada.

La famosa y sobre todo pertinente frase del Dr. Daría Echandía de ¿el poder para qué? fue malentendida en su momento como un mensaje de desprendimiento, y tal vez por eso  pasó a ser más que olvidada, tergiversada para dar como respuesta ¡el poder para aprovecharlo y disfrutarlo en beneficio propio!

La idea de que el poder es para uso y goce personal, y no para servir y estar a la orden de quienes se representa, ha llevado a que la actividad política entre nosotros no busca ni servir ni representar intereses colectivos. El poder político es como el poder económico, para uno y no para atender intereses ajenos, punto.

Eso ha creado también una especie de enfrentamiento entre diferentes estamentos, pero no según la función que cumplen en la actividad económica sino en el papel que desempeñan en las estructuras del juego político: una 'lucha de clases' entre una elite distante y ajena —oligárquica, en el sentido etimológico de 'el poder para unos pocos'—  que explota a quienes supone representar, y que busca mantener incólume y seguir disfrutando el poder que ejercen; y los de abajo en rebelión, aspirando a que alguien proponga un verdadero cambio que les reconozca la función y los derechos que supuestamente tienen.

Así lo que hoy vemos es una revuelta de esa clase baja de los partidos distanciándose de los directores, y una desesperación de estos por hacer cualquier clase de alianza que les permita aparentar no solo que el partido existe sino que sigue bajo su dirección.  Y aunque esto sucede en todos los partidos, es más manifiesto en el liberalismo, donde de un lado unos usurpadores de su personería hoy proponen a Rafael Pardo como su candidato, desconociendo que en cabeza de él fue que acabaron con sus estatutos, su tradición, su ideología y su electorado; y del otro el liberalismo del pueblo, la gran masa de votantes que esperan unas propuestas de cambios económicos y políticos pero no conocen de esa Dirección nada diferente de un pago corruptor o corrompido que fortalece a su turno la estructura de corrupción de este modelo de manejo político.

Para estos últimos Clara López representa lo más próximo a lo que fue abandonado por esos anteriores directores, y si ella gana será más por la revuelta contra esos manejos que por los votos mismos del Polo.

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