La posmodernidad, la lumpenización y el marxismo cultural

La mirada de Ariel Peña a propósito de las movilizaciones que han tenido lugar en el país durante los últimos días

Por: Ariel Peña González
diciembre 02, 2019
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La posmodernidad, la lumpenización y el marxismo cultural
Foto: Nelson Cárdenas

Las movilizaciones en Colombia realizadas desde el 21 de noviembre tuvieron un acontecimiento especial el día 22, cuando una mujer conocida como Epa Colombia, cuyo nombre es Daneidy Barrera, hizo exaltación a la violencia destruyendo una estación de TransMilenio y ejecutando otros actos en contra del transporte público e instigando a delinquir en un vídeo que ella misma envió; esto demuestra cómo la lumpenización es parte de lo que llaman posmodernidad en donde el marxismo cultural hace presencia, porque ya la razón no existe y lo que vale es la emotividad, pues como diría Nietzsche: “No hay hechos, hay interpretaciones”.

Dentro de la posmodernidad, al no existir la razón, la verdad, la ética, la moral y la lógica, todo es permitido. Así que aquello que dice, hacer el bien y evitar el mal, y no hagáis a los demás lo que no quiere que te hagan a ti, para lo posmodernidad no tiene ningún valor. Lo que interesa es la descomposición social guiada por la motivación y en algunas ocasiones por el eclecticismo, por eso la mayoría de jóvenes que asisten a las diferentes movilizaciones en estos días en Colombia son manipulados por el marxismo cultural, pues la gran mayoría no sabe por qué protesta y acuden a lugares comunes para responder cuando se les pregunta.

La escuela de Fráncfort, que originó el marxismo cultural, es responsable de lo que se llama “insurrección molecular disipada”, que ha actuado en Chile, Colombia y Ecuador. Esta nace en 1923 con el patrocinio del multimillonario marxista judío Felix Weil, con el nombre de Instituto para la Investigación Social. Luego, en 1930 toma las riendas de la escuela de Fráncfort Max Horkheimer, quien específicamente plantea que la mejor manera de destruir la civilización occidental es el ataque sistemático a todos sus valores como son la familia, la propiedad, la religión, las libertades individuales, la democracia liberal y todo lo que tenga que ver con una vida ordenada y decente de los individuos. Posteriormente Theodoro W adorno, Erich Fromm y Herbert Marcuse, de la misma escuela, esbozaban que las diferencias sexuales son construcciones propias de la sociedad burguesa.

El que le pone la impronta sin ninguna vacilación al marxismo cultural es el comunista italiano Antonio Gramsci (1891-1937), quien plantea sin reato la irracionalidad y el comportamiento de los comunistas como una pandilla para la toma del poder del Estado por siempre, en donde hay que lumpenizar a las masas (tenemos el ejemplo de vándalos y terroristas) para volverlas más dúctiles a las elites comunistas, ya que la razón y la verdad son prejuicios burgueses que deben desaparecer de la sociedad como lo enseñó el déspota ruso de Lenin.

Con el socialismo del siglo XXI en Venezuela se dio una demostración del marxismo cultural cuando el difunto presidente Hugo Chávez propició la creación de bandas armadas o colectivos para defender la “revolución”, lo cual ocasionó que aumentara de manera exponencial el número de homicidios y que el vecino país se convirtiera en uno de los más violentos del mundo (con cifras de muertos peores que las de una nación en guerra, todo ello fue planificado por el régimen marxista para someter a la población mediante el miedo).

En la actualidad la hambruna que sufre Venezuela desde luego que es promovida por el gobierno, porque como decían los libertarios que enfrentaron a Marx en el siglo XIX: “ el Estado comunista reproduce y mantiene la miseria de las masas como condición necesaria de su existencia”. Esto es lo que sucede cuando los comunistas totalitarios se toman el poder, por eso así como se habla de la cultura de la muerte, el marxismo cultural no es solo muerte sino además envilecimiento, enajenación, adocenamiento y pérdida de valores para convertir a los seres humanos en zombis.

Un asunto claro es el libre desarrollo de la personalidad con la aceptación de la diferencia y otra muy distinta las estrategias políticas diseñadas desde hace varias décadas por el comunismo totalitario que con sus diferentes máscaras buscan esclavizar a nuestras naciones, primero culturalmente y luego política y económicamente. Por ello sin lugar a ninguna duda hay que afirmar que el marxismo cultural, la lumpenización, la escuela de Fráncfort y los ciclos que están utilizando en Colombia para conspirar en contra de la democracia (escalonamiento, el copamiento y la saturación) se encuentran en concomitancia y es posible que el gobierno colombiano no esté enterado.

Tratar como fuerzas reaccionarias a quienes se oponen a las intenciones del comunismo totalitario, es muy simplista y ridículo, pues la cosa tiene mucho de fondo, y de pronto en Colombia no se ha tenido la suficiente capacidad de discernimiento para conocer las intenciones de fuerzas exógenas que medran para aplicar sin cortapisas el relativismo moral. Que permite que grupos de personas actúen en contra de sus semejantes y de las instituciones, siendo eso una acción coordinada de las cuadrillas absolutistas del marxismo con miras a la toma del poder para siempre.

De ahí que las movilizaciones que se han realizado en Colombia desde el 21 de noviembre tienen mucho de justas, por la deuda social del Estado con la ciudadanía colombiana, pero que desafortunadamente la mamertería utiliza inescrupulosamente, ya que no le interesan las reivindicaciones sociales y económicas de la población sino cumplir con su proyecto político de terror para esclavizar al pueblo. Entonces posmodernidad, lumpenización y marxismo cultura van de la mano para asaltar la democracia en Colombia.

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