La pelota siempre al diez

Maradona irrumpió en un momento donde el fútbol era cortinilla distractora para la manipulación de masas. Su virtud fue un canto de esperanza para los televidentes

Por: Samuel Astor Bahos
diciembre 07, 2020
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La pelota siempre al diez
Foto: Facebook @diegomaradona

Uno de los futbolistas más aclamados desde finales de los setenta ha muerto. El eterno 10, Maradona, una de esas personas que aparentemente pudo hacer de su vida lo que le dio la gana; el ídolo de argentina y de una gran afición futbolera al que le vieron hacer proezas en el 86, donde en un mismo partido se convirtió en mito tras anotar con la mano y en leyenda convirtiendo enseguida el gol del siglo. Un futbolista por el que pagarían sumas astronómicas los clubes de la época; tan acostumbrado a la ovación, a los campeonatos y las condecoraciones. Ídolo como pocos en la historia, aclamado por las multitudes y sostenido por la fuerza de las masas.

Tratar de dar una explicación sobre un ídolo popular empieza por saber que este juega un rol importante en los deseos de la gente y en la forma de lidiar con los temores inconfesados, pues según lo diría el psicoanálisis, el ídolo facilita la proyección de aspiraciones personales y por ende ofrece sentido de pertenencia a cualquier grupo; con Maradona varias generaciones asumieron gratificación en medio de la guerra, la dictadura y la desigualdad social, siendo su actuación una forma de satisfacer aspiraciones y desafiar las estructuras de poder. El héroe deportivo es objeto idealizado y por lo tanto una persona con rol social importante.

Por otra parte, el fútbol es un juego y el juego es un moderador del psiquismo, lo sabemos todos los que hemos sido niños; ahí está la pelota, el arquetipo de la perfección que rueda para hacer posible el milagro del gol. Maradona dio a la pasión del fútbol el aditamento de allegar el cielo a la tierra, porque la circunferencia es una forma psíquica de la divinidad que se toca con los pies, se toca con la parte del cuerpo que conecta con la tierra. Desde ahí el fútbol desentraña un secreto que mantiene unidas las multitudes aficionadas: es deporte donde lo divino se conecta con lo terreno a partir de dominios culturales como el trabajo en equipo, la cohesión, la identidad, la protección y el esfuerzo. Por esta causa el mundo convierte a Maradona en ídolo, porque juega fantásticamente con los pies, trata a la pelota con prodigio, realiza proezas impensadas y parece no tener fin la virtud que le condena a la amarga situación de idolatría.

Cuando la gente llora a Maradona no llora un muerto, no llora al deportista multimillonario sino a la visión grandiosa que recae sobre él por una sugestión nacida del amor que provocaron sus hazañas; su conducta con la que muchos se identificaron desde la admiración, y los hechos de una vida que, aunque se critiquen moralmente a causa de excesos, pueden entenderse como actos de deseo y emulación. El amor por el ídolo es hipnótico y centra el interés en una persona y nunca en las sombras que se extiendan más allá de ella, es amor dependiente de una voluntad guiadora que ilumina el sendero sobre todo en tiempos aciagos como los provocados por la guerra.

Maradona irrumpió con genialidad cuando el dominio de las masas vio en el fútbol un medio eficaz para distraer al mundo de las atrocidades cometidas por gobiernos y élites. Seguro fue algo así como los Beatles, Mario Moreno o Michael Jackson; sus peregrinaciones existenciales y deterioro personal engendraron el mito que hoy sabemos, el de la amarga situación de un futbolista que debió cargar con las frustraciones, tristezas y las ilusiones colectivas de un pueblo que le seguía por televisión. La situación amarga de ser idolatrado por la gente que se moviliza como horda de un mando occidental inclemente, mercantilista y desalmado, típica de espejismos represores de una cultura insensibilizada ante la histórica desgracia.

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