La oposición, en el centro

Sería más emocionante ver al centro obrando como coalición, con decoro, en lugar de verlos en desbandada saltando para colgársele a cualquiera que no nos represente

Por: Daniel Mauricio Vásquez Bustamante
mayo 27, 2022
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La oposición, en el centro
Foto: Cortesía

De la incomodidad que a una semana de la primera jornada electoral por la presidencia tiene al centro herido en su autoestima y sumido en la incertidumbre, personas que se consideran centristas y muchos expertos, periodistas y otros, culpan al candidato, a la coalición por sus desencuentros e incongruencias y a su estrategia de comunicación.

Todo se resume en que el candidato no emociona y para sustentarlo recurren -¡háganme el favor!- a la filosofía política, la doctrina ideológica, la historia de Colombia, las encuestas y hasta al algoritmo déspota, sacro e infalible.

Aquí surge una cuestión: si así es la cosa, sin escarbar en tanta teoría, queda confirmado que así como el país se merece la dirigencia que tiene, el centro tiene la coalición y el candidato que se merece.

Eso es lo que tenemos, nos une y representa. Fajardo siempre ha sido más pausado que apasionado, más reflexivo que provocador, más tímido que extrovertido, más sosegado que pendenciero, más académico que repentista, más conciliador que polémico.

No es de extremos. Así es. Así gobernó Medellín y Antioquia, y así estuvo cerca de despachar en la Casa de Nariño, dos veces, aspirando a vicepresidente y a presidente.

Cuando fue elegido gobernante y considerado para llevar los destinos del país, lo logró no por ser alguien irreverente o excitante, llegó por ser centrado, balanceado y objetivo, en últimas, ¡por ser un tibio!... algo que entonces fue una disrupción que conectó con la ciudadanía, que se emocionó y encantó por contar con una persona y un movimiento que, de bluyín y sin corbata, se le cruzaba en la calle para explicarle sus propuestas de gobierno —muy extraño en esos días, típico ahora— y que sintió gran simpatía por ese señor tan educado y amable, que les prometió invertir en educación y atacar a los corruptos, la promesa de todos hoy. Por eso, en su momento, lo eligieron y, dígase lo que se diga, acertaron.

El Fajardo de 2022 es ese mismo señor, el mismo candidato, con el mismo tono y la misma personalidad que le dieron votaciones históricas en 2003 y 2011.

Eso sí, este es un Fajardo más experimentado y curtido. Quizás la sorpresa no haga parte de su atractivo ahora, pero sus propuestas son las mejores y más rigurosas; transformadoras, no tajantes; realizables, no populistas.

Por eso no emocionan, porque no detonan el vértigo que provoca la idea de arrasar de un soplido con todo lo que impida vivir en una Colombia de fábula, como la de Los tres cochinitos.

Veamos: la educación siempre ha sido el corazón de las propuestas de Fajardo y de quienes lo apoyan. A cualquiera le gusta la educación y le parece clave para el progreso del país.

Lo que es raro porque no es vertiginosa, no permite cambios inmediatos, es un proceso y requiere tiempo para mostrar resultados importantes y sus subsecuentes transformaciones. Eso es esperanzador, sí, pero no emociona porque exige compromiso, disciplina y rigor, ir paso a paso.

De esto podemos dilucidar lo que el centro es y propone para el país, porque no cae en ligerezas, no genera falsas expectativas, no mete miedo, no actúa como quisiéramos y habla con más franqueza que los otros… ¡ah, la franqueza!

Eso que nos avergüenza e incomoda porque… ¡la verdad duele!; lo que no nos emociona porque nos confronta, a nosotros que somos tan impulsivos y que preferimos buscar atajos o apostarle al baloto para conseguir la solución definitiva a nuestras carencias porque, muy adentro, llevamos una corazonada casi como certeza -“¿y si me lo gano?”-; la sola idea nos marea de emoción, y sin embargo seguimos en el proceso de la vida, aún con esa ilusión palpitando: estudiamos, trabajamos, nos rebuscamos para conseguir poco a poco, por mérito, lo que necesitamos y queremos.

Así es, la vida no emociona siempre. Tiene breves episodios que nos sacuden y pueden llevarnos a la euforia, pero nos enseña que esos instantes no predominan y nos aterriza retándonos, día a día, a mejorar y a esforzarnos para alcanzar eso que nos hace ilusión.

Esa es la vida, si no nos entusiasmamos con lo que nos tocó en suerte no habrá manera de que algo en ella nos emocione. Así es, así es el centro, así es el candidato que tenemos y nos ganamos.

Pensemos: el centro tiene su fuerza política en el equilibrio, en reunir lo mejor de lo que se considera opuesto en política. Es capaz de dar soluciones a partir de las contradicciones y sin erradicar ideas porque, simplemente, disuenan de las suyas. Ve riqueza en la variedad y el colorido. No es blanco y negro. Es agridulce. Mezcla lo bueno y lo no tan bueno de todos los mundos.

Entonces, corresponde a sus comensales encontrarle el gusto a lo que nos sirve, que no es tan dulce como para provocar un coma ni tan picante como para producir hiperventilación, y tratar de convencer a los indecisos para que le den una oportunidad, aunque les parezca insípido.

Colombia está harta de la polarización. Hace tiempo vociferamos que no podemos seguir sometidos a las ofensas, engaños y resentimiento de los extremos que nos dividen; a ese juego que acentúan las encuestas y que los medios amplifican como verdad incuestionable que, sinceramente, no se entiende cómo emociona a las personas, cuando lo único nítido es que en ellas persiste el enfado y la decepción.

Ante tan deprimente panorama, el centro y su candidato no pueden descartarse como opción sería a la presidencia de Colombia porque, a pesar de lo que digan las encuestas, son posibilidad de un gobierno distinto, comprometido con mejorar y cuidar todo lo que representa bienestar y dignidad para la gente, despojado de los compromisos burocráticos de las campañas que puntean y sus revanchas.

Entonces, nos toca, a quienes nos consideramos de centro, emocionarnos y comprometernos con la ilusión de poner a nuestro candidato en la segunda vuelta. Nosotros somos los responsables de que eso pase el 29 de mayo.

Eso sí, si eso no ocurre, la Coalición Centro Esperanza también tendrá una oportunidad sin igual de darle un mensaje político sin precedentes al país, reafirmándose en su posición neutra votando en blanco, como acto de oposición real frente a la continuidad de un modelo de gobierno estancado y la promesa de un cambio que tiene en el desquite y las artimañas clientelistas sus mayores cualidades para llegar a la presidencia.

La Coalición Centro Esperanza y su candidato deben afirmarse como la opción política que este país necesita para mejorar, desde el momento en que se conozcan los resultados, protegiendo lo bueno que tenemos, exigiendo cambios necesarios, vigilando la materialización de las promesas más descabelladas y procurando evitar que sigan haciéndonos trampa y robándonos para mantener vivas las rémoras de la politiquería reencauchada y tradicional.

Así, el centro podrá verse como colectivo cohesionado y comprometido consolidándose como la oposición política que le urge a este país. Una oposición que se inspire en las ideas y el rigor, tal como en esta campaña, y se mantenga alejada de acusaciones sin fundamento y de la ponzoña que provoca no ostentar el poder.

Una oposición que se mueva por el interés real de cuidar a las personas y beneficiarlas a todas. Una responsabilidad que les impregnará de dignidad para verse como alternativa seria ante la ciudadanía, en el Congreso, en los municipios, en las calles y donde les sea posible.

Sería más que emocionante ver a quienes lideran el centro obrando así, como coalición por fin, enseñando que no se puede ganar siempre, con decoro, en lugar de verlos en desbandada saltando para colgársele a cualquiera de las campañas en disputa que no conectan con su ideario y que, desde luego, no representan a quienes creemos en el centro como opción de poder.

No ser elegidos por comprometidos, disciplinados, consecuentes, francos y respetuosos, jamás será una derrota.

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