Dos actores muy bien ranqueados, con más de cuarenta años de trayectoria en el arte de las tablas, asumen el reto de personificar sus propias vidas a partir de una corta vivencia en una noche del Carnaval de Pasto. Ellos son Salomón Gómez y Julio Eraso. En el teatro no son personajes: son ellos mismos, con sus propios nombres. Se desarrolla un diálogo en el cual se unen dos líneas dramáticas, trenzadas por un solo hilo: la violencia y la historia del teatro en Colombia. La historia colombiana se aborda desde el relato de las bananeras, desarrollado a partir de diferentes posturas de grandes maestros del teatro como Enrique Buenaventura y Santiago García.
La obra también tiene que ver con la creación colectiva del teatro de provincia. Expresa de manera sucinta las penurias que se tuvieron que vivir durante el gobierno de Uribe Vélez y las dificultades de mantener un grupo de teatro en la región. Es una obra con toques de humor y gracia, pero a la vez seria y profunda, porque aborda la violencia a través de la vivencia de los dos actores, que toman vida cada vez que se presentan en escena.
La narrativa y la puesta en escena de hechos tan crudos como la masacre de las bananeras llevan a pensar que son fruto de la fantasía. Para muchos resulta inconcebible que se hayan producido hechos de máxima crueldad, que parecen posibles solo en la narrativa ‘garciamarquiana’, pues quizá nunca se llegue a conocer la verdadera dimensión de lo ocurrido. Desde el teatro se logra visualizar cómo esos actos domestican la bestialidad humana. El teatro tiene la magia de llevar al público, con solo dos actores, el simbolismo de episodios oscuros de la historia nacional, como los ocurridos bajo la presidencia conservadora de Miguel Abadía Méndez, una figura sombría para el país por permitir que militares sofocaran una huelga obrera en el Magdalena.
El teatro puede darle vida a los episodios oscuros que ha tenido que vivir Colombia con un presidente tenebroso, que es mejor no nombrar, pues durante ese periodo se cometieron numerosas masacres que forman parte del terror sembrado por quienes se dejaron vencer por la codicia. Julio y Salomón, en su compromiso con el teatro social, asumen el reto de llevar a escena una de las épocas más violentas de Colombia, desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 hasta nuestros días, como evidencia de que la violencia no ha dado tregua y solo se ha transformado.
Despierta total admiración la capacidad creativa del Teatro La Candelaria de Bogotá al crear una obra que permite transversalizar la realidad colombiana con Guadalupe años sin cuenta, una puesta en escena que narra los episodios de la violencia partidista de mitad del siglo XX. Guadalupe Salcedo es presentado como un héroe que decide jugársela toda por la paz, pero las fuerzas del orden traicionan ese acuerdo y, sin mayores reparos, asesinan a una figura legendaria por su convicción y fidelidad a la palabra empeñada. La traición termina imponiéndose y lo asesinan en una calle de Bogotá. El Teatro La Candelaria asume así un compromiso social, al mejor estilo ‘brechtiano’, haciendo del teatro un espacio para la denuncia, un teatro que no se queda en el sainete, sino que invita a pensar, controvertir y dudar.
La Candelaria demuestra una maestría singular para construir este tipo de obras. Lo que se busca es crear un espectáculo que convoque a la memoria. Es la ruptura de la cuarta pared, la generación de una dialéctica en la que el público decide si está o no de acuerdo con lo que sucede en Colombia. Pero surge la pregunta: ¿por qué solo las bananeras, si ha habido tantas masacres, como la de Iquique o las cometidas por Sendero Luminoso? Bertolt Brecht buscaba revolucionar el teatro a través del teatro épico o dialéctico, con el objetivo de que no fuera solo entretenimiento. El otro teatro habla del destino: no tomo decisiones, me dejo llevar por la barca de mi destino.
El teatro épico busca que el público tome decisiones. Brecht advertía sobre el peligro de ser analfabetas políticos: hay que tomar posición, porque la decisión puede llevar a la vida o a la muerte. Julio y Salomón no son solo actores: son figuras sociales. Mientras el teatro dramático suele centrarse en asuntos privados, como el enamoramiento, este teatro se ocupa de lo colectivo. Todo teatro es político; el teatro no puede volverse anecdótico. El compromiso de Julio y ‘Salo’ es hacer un teatro que se preocupe por lo que sucede en la sociedad. Ambos han trasegado más de cuarenta años en este oficio.
La dirección de la obra está a cargo de Mario Miranda. Julio Eraso es docente; Salomón Gómez trabaja desde la literatura y los títeres; y Adrián Álvarez es el creador de las pistas musicales. Han sugerido que, como gestores del teatro, se impulsen propuestas orientadas al desarrollo de la humanidad en todos sus aspectos. Más allá de actuar, se trata de ser persona. Por eso se construyen y se reconocen como figuras sociales.
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