La normalización de la violencia

"Se quiere hacer del reclamo social un motivo para confrontar violentamente al gobierno, bajo la consigna de victimizar un proceder que de antemano establece el terror"

Por: Jamal Said
mayo 07, 2021
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La normalización de la violencia

Los actos vandálicos que han azotado a Cali, en medio de las largas jornadas de protesta social, merecen su explicación. Para algunos, incluyendo a los miembros del gobierno, no pueden verse como el reflejo de una violencia espontánea –o una simple efervescencia colectiva que de un momento a otro se convierte en una bomba letal–, sino que son el resultado de algo sistemáticamente establecido. Plantean que desde que se iniciaron todas las protestas en contra de Iván Duque, o sea, desde el inicio de su mandato, se ha visto en todas ellas el mismo patrón de conducta: las manifestaciones violentas que afectan el orden público. En otras palabras, están convencidos de que a través de la protesta social, amparada en la constitución política, se camufla la dinamita del caos que impide que una ciudad esté tranquila durante un paro nocional.

Por eso se cree que estas manifestaciones destructivas primero inician con la convocatoria de un cese de actividades, para después pasar a lo que se ha visto en Cali y en Cundinamarca: enfrentamientos entre los supuestos manifestantes pacíficos y la policía, saqueos a los comercios, daños a la movilidad urbana y, últimamente, bloqueos a las carreteras que abastecen alimentariamente a todo el país. Cualquiera que reconozca estas acciones, que de por sí hablan de la mente maquiavélica de algún fuerte opositor del gobierno, puede recordar todo lo que se ha vivido desde el 2019 hasta la fecha, concluyendo que lo que se vive no se trata de una mera casualidad: es el resultado de un plan maestro para desestabilizar el buen funcionamiento del país, el cual, dicho sea de paso, tiene una brecha social que no se ha preocupado por reducir.

Es así que se normaliza la violencia, disfrazándola de protesta social o adjudicándole reclamos que ante la opinión pública pueden resultar justificados. Como en los últimos días la reforma tributaria atenta contra las finanzas de los que menos tienen, pues resulta lógico que las centrales obreras se hagan sentir, viendo cómo a sus arengas se une el espíritu desadaptado de los que sistemáticamente imponen el caos, para luego ver, cuando ya se ha enardecido la protesta, cómo se destruye el patrimonio público y privado. Bajo esa lógica, que a cualquier incauto puede confundir, si la policía hace algo para contrarrestar a los violentos, corre el riesgo de ser considerada una institución que viola los derechos humanos, aunque tengan que ser atacados por una horda de muchachos que cuando salen a la calle están dispuestos a matar. En este orden ideas, las acciones de la autoridad terminan reduciéndose a la inercia, a no poder recuperar el orden público temiendo ser acusada de criminal.

Como caleño lamento todo lo sucedido, pero debo decir sin rodeos que se quiere hacer del reclamo social un motivo para confrontar violentamente al gobierno, bajo la consigna de victimizar un proceder que de antemano establece el terror y daña el día a día de una sociedad que necesita trabajar. No quiere decir que con esta postura esté aprobando lo que hace el gobierno de Duque –porque no, el gobierno Uribe–, simplemente quiero que se entienda que la estrategia que se utiliza para confrontarlo le hace mucho más daño a la ciudadanía. Esta debe desabastecida, no puede trabajar, sufre el robo de sus negocios y todos los males que genera la parálisis que imponen los violentos. En conclusión, se la secuestra dentro una problemática que únicamente la hunde más, hasta el punto de que se la obliga, cuando se llena de osadía, a defender lo poco que tiene corriendo el riesgo de ser criminalizada.

La ñapa. Los líderes del paro, esos que están en Bogotá y que no salen de sus apartamentos, deberían darle la cara al país para no seguir sacrificando la vida de unos jóvenes incautos. Pero son tan cobardes que no son capaces de hacerle la guerra de frente al uribismo, con tal decirle al país lo que realmente buscan: persuadir políticamente a los ciudadanos que hoy perjudican con su accionar. Si a través de la protesta violenta quieren llegar al poder, pues está más que claro que son tan criminales como todos los entes violentos que este triste país ha parido. Son, sin temor a equivocarme, tan igual de malvados como los que hoy nos gobiernan.

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