La movida desesperada de Garzón para intentar salvar su vida

Seis meses antes sufrió un atentado y se propuso contactar a Carlos Castaño el jefe paramilitar que ordenaba los asesinatos desde la finca Las Tangas, pero el tiempo no le dio.

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agosto 13, 2019
La movida desesperada de Garzón para intentar salvar su vida

La vida a Jaime Garzón le cambió en enero de 1998. En esa fecha el periodista aceptó desempeñarse como Asesor de Paz del entonces gobernador de Cundinamarca Andrés González. Un cargo afín a sus convicciones desde su época de estudiante de Derecho en la Universidad Nacional a principios de la década del ochenta. Se propuso buscar rescatar cerca de las 912 secuestrados en poder de las Farc, la mayoría producto de las llamadas pescas milagrosas de Romaña en la carretera entre Bogotá y los Llanos, donde precisamente el 23 de marzo se dio la primera liberación: nueve secuestrados.

Sin saberlo, con su iniciativa Garzón firmó su sentencia de muerte. De regreso a Bogotá, a unos doscientos metros de la camioneta en la que iba, un puente explotó. Lo salvó la suerte: un camión se le atravesó y el vehículo donde iba se terminó estrellando. Salió magullado. Garzón mantuvo el episodio en reserva pero entendió el mensaje contra el que no pudo hacer nada hasta el fatal 13 de agosto de 1999.

Las llamadas con mensajes amenazantes no se hicieron esperar. Su rol no era entendido por sectores radicales que empezaban a armarse, lo tildaban hasta de cómplice con la guerrilla. En la finca de Las Tangas, en Córdoba, se oía las voces vociferantes contra Garzón del jefe paramilitar Carlos Castaño. Sus compañeros de mesa en Radionet, en CM&, notaban su tensión.

Garzón le advirtió su situación a las Fuerzas Militares con una carta al entonces Comandante de las Fuerzas Armadas Jorge Enrique Mora Rangel, en donde en uno de sus párrafos decía: “General, no busque enemigos entre los colombianos que arriesgamos la vida a diario para construir una patria digna, grande y en paz, como la que yo quiero y por la que lucha usted”. Esto comprobaría que Garzón estaba convencido de que hasta los altos mandos querían matarlo.

Sabía de dónde venían las órdenes y quiso poder contactar Carlos Castaño en Córdoba.

Estableció contacto con Luis Eduardo Cifuentes, alias El Águila, jefe de los paramilitares en Cundinamarca quien estaba preso en la cárcel Modelo de Bogotá. Fue decenas de veces a intentar comunicarse desde allá con Castaño por un teléfono satelital. Según el colectivo de abogados José Alvear, que lleva 20 años investigando la muerte de Jaime, había un plan para envenenarlo. Muchas veces Jaime se sentaba a hablar con los presos y aceptaba uno que otro trago de aguardiente. En la bebida estaba el veneno. Justo ese día Jaime recibió una llamada y salió a las volandas de la cárcel. En La Modelo pudo hablar con Castaño dos días antes de matarlo.

El paramilitar reconsideró la orden que ya estaba dada y le pidió que se mantuviera lejos de la calle mientras contactaba a los sicarios para desactivar el operativo. Pero Jaime, salió muy temprano el viernes 13 de agosto a su cita diaria en Radionet. Llegó el semáforo del cruce de la carrera 42B con calle 22E. Dos hombres en una moto se parquearon justo frente a su Cherokee negra y dispararon. El tiempo no le dio.

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